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Narrativa

Koan del trece del ocho

'En vistas de nuestro mediopelismo congénito, solo con mucha imaginación puedo ver espíritus entre nosotros superiores así': un fragmento de 'Cities'.

Quito
Un empleado del Madame Toussauds de Nueva York limpia la imagen de Fidel Castro.
Un empleado del Madame Toussauds de Nueva York limpia la imagen de Fidel Castro. Getty Images

Son cada vez menos entre nosotros, ya residan o de paso, quienes se rehúsan a la sala de líderes repleta del Madame Tussauds. Columnas de vago aire ático circunvalan al Gandhi de cayado, al antepenúltimo Papa, un Mandela de animal print o un Fifo de mirada perpleja sostenido por un mal par de piernas.

Fatiga el estilo duro de este arte, box dummies, momios esperando un pescozón; pero estos son los sentimientos de aquellos que observan la cosa solo desde afuera. A muchos de nosotros, cara a cara al fin, nos captura un ahogo, una inminencia de vocear —intercalando ¡pingas!— ¡libertad!! o ¡abajo el comunismo! o ¡viva la Constitución del 40! y otras yerbas que la momentánea ficción de igualdad reclame.

Graves, el CVP de la sala, nos describe como si gritáramos en un hueco hondo para tantear sus dimensiones según el eco. Nuestro ápex emotivo radica en que no se nos ha enseñado a respetar un arte (el de cera), como se nos enseñó a respetar a la figura que inanima ella (otra vez la cera). No es secreto que aprendimos esa historia creyendo, bajo presión, que la inventábamos, por eso no hay poo ni pee que no le resbalen y nos es inconcebible que no solo soliviante, sino que también sea plañido y se lo gloríe. Por más que neguemos en redondo esas sinrazones, por más que sea una lata que debamos comprender primero para aniquilar. Para pongamos unos japos que visitan por primera vez la sala, solo Graves podría englobar siendo escueto los fines que persigue el modelado de esa cera olivo.

¿Arderá su cutis tan estoico como una vela?

Cuando a los discípulos de Rinzai los acucia un koan espinoso, se les anima a un alto de juicio y contemplación.  

En mi experiencia personal, cómo no, me asaltó también esa ira y con las ¡pingas! ya en la punta de la lengua, un coterráneo al que había pasado por alto (porque ante tal uno se ensimisma y pierde noción de donde se halla) se desfiguró de rencor a mi lado adelantándoseme. Su performance, cosa de cinco min, además de malograr el mío me hizo ver cera en la cera y sentir paz. Los sacrificios se agradecen y por eso aquí le agradezco.

Tras padecer esa visión que en su momento nadie vio, se reengancha uno a su actual tren de vida, a trechos de forzoso olvido. Era enero en mi experiencia personal, subí a la boca el cuello de mi camello y me asimiló el trasiego de la 42nd de tarde temprano. Iba pensando pasarle pestillo a toda esa peste en unas cuadras cuando, apelotonados dentro del Starbucks de la esquina, reconocí a los mismos japos con idéntica curiosidad respetuosa que en el Madame Tussauds. Y no sé si producto del viaje que siempre traigo presente a Nara o reflejo del cerumen anterior, recordé al gran Yoko Tetsuya.

Dado de baja del ejército y librado a su iniciativa, pacientemente premeditó y premeditó hasta alcanzar la realización, ese punto ausente de pensamientos, un ocho del siete del 22 en Nara.  

Del lenguaje corporal de Yamagami Yoko Tetsuya, dijo la NHK: nada que hiciera sospechar de una caries subliminar y que sencillamente no estaba satisfecho con el líder fue el móvil del magnicidio.

Dos balas tuvo Tetsuya y con tubos y gaffer se compuso un trabuco artesanal, la segunda atinó.  

Quizá no tú que lees ni yo que escribo, pero que hasta el veinticinco del once del 16 no existiera un nadie entre los millones que aún allá boquean sin pariente ni esperanza en el extranjero capaz de tal empatía, es descorazonador y nuestro koan más elusivo.  

Bambis a espuertas aquel sakura zensen que me tocó en Nara, imposible rehusar la alusión a Sarnath.  

En el Onsen Yahata una espalda anciana se relaja en tanto desaparece y hierve en termas su tren inferior.  

Del todo de ciprés y cedro, espaciar tres aplausos más un gong antes de poner pie en el Yoshino-jingu, que cohíbe.

A veces, cuadrilongas y en sitios inesperados, lápidas rematadas por techitos desde como un niño hasta como un arbusto.

A algunas esquinas del Parque de los Ciervos, a escasos pasos de la estación Yamato y arropado como por un cansancio por fieles, las últimas y apagadas palabras de Shinzo Abe. Desconozco su aspecto a inicios de julio, en marzo de tarde temprano como la vi yo al despertar de horas de tren, se abre y nimba un claro al salir de la Yamato.

Hay sujetos hechos deliberadamente para el crecimiento vegetal de un rencor, Yamagami Yoko Tetsuya por caso.  

En vistas de nuestro mediopelismo congénito, solo con mucha imaginación puedo ver espíritus entre nosotros superiores así. Predominan los propensos al olvido como facultad y no carencia, yo por caso, ídem empero a acostar en su pecho olivo la cara no sea que aún lata.

 


Abel Arcos nació en Guanabo en 1985. Ha publicado los libros de narrativa 9550, una posible interpretación del azul (Premio Franz Kafka, 2014) e Informe sobre el Estrecho de la Florida II (Editorial Casa Vacía, Richmond, Virginia, 2018). Ha escrito los guiones de, entre otros filmes, La obra del siglo, Agosto, La piscina, Los lobos del Este. Este fragmento pertenece al libro en preparación Cities

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