Cuando Grosz murió en un portal de la Savignyplatz, yo seguramente estaba mirando desde la cama, las manos cruzadas sobre el pecho y sobre mi camisa a cuadros grises, incómoda, demasiado estrecha, a una puta gorda quitándose las medias. Derramaba su cuerpo sobre una silla. Los ojos entintados de muchas malas noches. Parecía que los tuviera grandísimos, pero era mentira. Mientras terminaba de quitarse la ropa el pelo se movía persistente, chorreado, ciertamente tierno. Era paciente, como me gustan a mí. Y le gustaba (o simulaba muy bien) estar desnuda. Tenía unos muslos excesivos, lo que hacía creer que tenía menos culo del que poseía y unas tetas pequeñas e inquietas, aunque manoseadas. Yo miraba encantado a aquella mujerona de muequitas aniñadas como últimos restos de su batalla contra la tinta de tantas noches. Y Grosz, apenas a unos metros, se moría completamente borracho. Supe al otro día de su muerte, y supe cuál fue el instante en que murió en ese portal, el segundo en que no pudo contener tanta sombra dentro y llenó de oscuridad ese portal. Fue cuando la puta esperó, cubriéndose como podía con la última tela de que se despojaba, a que yo apagara el cigarrillo. Esperó. Yo aparté mis ojos de las cenizas. Y volví a mirarla. Y me dejó verla.
Orestes Hurtado nació en La Habana, en 1972. Ha publicado los libros de cuentos Cuentos de salir (Verbum, Madrid, 2009) y El placer y el sereno (Bokeh, Leiden, 2016), al cual pertenece este texto.
Orestes Hurtado leerá poemas y narraciones suyas este jueves 20 de marzo a las 7:00PM en Madrid, en la librería Arenales (Calle de Vallehermoso 110), presentado por Antonio José Ponte.