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Memorias

El Emilio Ichikawa que yo conocí

'Cuando Emilio Ichikawa y yo nos conocimos, lo primero que hicimos fue pelearnos. Fajarnos. Entrarnos a puñetazos. Literalmente.'

Montreal
Emilio Ichikawa
Emilio Ichikawa Rialta Magazine

Cuando Emilio Ichikawa y yo nos conocimos, lo primero que hicimos fue pelearnos. Fajarnos. Entrarnos a puñetazos. Literalmente.

Tenía 11 años y vivía en el poblado de Caimito, separado de Bauta a solo cinco kilómetros hacia el oeste por la carretera Central. Para niños y jóvenes caimitenses Bauta era una especie de tierra mítica. En Bauta había un Coppelia. A Bauta llegaban las películas antes que a Caimito. En Bauta había fiestas de pepillos (míticas también). En Bauta había pepillos con pelo largo y pantalones a la cadera y jevitas que vestían con ropas de afuera… De Bauta eran Los Magnéticos.

Para nosotros, no cinco, cientos de kilómetros más guajiros, Bauta era villa de adelanto. Adelanto no de La Habana, sino de El Vedado mismo.    

Por eso viajábamos al Pequeño Vedado —en aquellos días nadie osaba llamarlo por su antiguo nombre: Hoyo Colorao— a tomar helados o a ver películas que aún no llegaban a la aldea. En tren o por carretera. Durante una de esas excursiones mis amigos, que eran futbolistas, y yo comíamos helados en barquillo en el portal de una tienda.

Entonces apareció Emilio Ichikawa.

Ellos lo conocían de los partidos entre ambos equipos. No recuerdo cómo ni por qué nos fuimos a las manos. Fue una pelea rápida. Un breve intercambio de pescozones. Un revolcón por el suelo y ya. Enseguida nos separaron y nos hicieron estrecharnos la mano. Al menos por mi parte fue una justa sin deseos. Solo me llevó a la bronca uno de esos gestos de valor colectivo expresado en el hecho de no quedar mal delante de mis amigos.   

No recuerdo cómo ni por qué nos fuimos a los puños. Pero aún recuerdo que llevaba una camisa blanca de mangas largas y un pantalón beige.

Después, cuando lo vi en la Universidad de La Habana en la segunda mitad de la década del 80, lo reconocí de inmediato. No sé si él a mí. Nunca se lo pregunté.

Emilio era de los profesores más jóvenes de la facultad de Historia y Filosofía —un profesor cool se diría hoy en el lugar donde vivo—, graduado en Filosofía con una tesis sobre el robo de cerebros que los países del Primer Mundo perpetraban contra los mundos restantes. Gracia a su brillante paso por las aulas, y a la tesis de marras, tuvo la oportunidad de quedarse a enseñar, cosa que hizo en la Colina Universitaria por diez años, antes de marcharse a la Biblioteca Nacional en tiempos de Eliades Acosta, no Ochoa.      

Respecto a su tesis Emilio tomo la precaución —según me contó en una de nuestras caminatas habaneras a la caza de un transporte que nos devolviera al pueblo— de sustraerla de los anaqueles de la biblioteca de la Facultad, sitio donde archivaban los trabajos de diploma de los egresados. Jamás se me ocurrió, pero hubiese hecho lo mismo con la mía que era profusa en citas marxistas a lo largo y ancho de cada página. Adiós al robo de cerebros. Luego, cuando se fue a los Estados Unidos en calidad de becario para anclarse allá, las cosas habían cambiado tanto en el país que el Gobierno debió alegrarse de la "desaparición" de su cerebro de la vida cultural de Bauta y La Habana.

Emilio era un profesor muy querido. Era el único dómine que iba a los campamentos de verano a trabajar en las BET junto a los estudiantes. Y no solo iba, además jugaba fútbol, trabajaba, tenía novias estudiantes y era un gusto escardar surcos de tomate junto a él. Durante esas jornadas fue que nos hicimos amigos. Una amistad que duró hasta que se marchó definitivamente.

Sí, fui amigo de un hombre difícil, complejo que podía ser tan oscuro e impredecible como generoso o solidario, y ambos, lo pienso hoy, fuimos leales a esa amistad que a veces pesaba como los trabajos y los días.  

No fue mi profesor, aunque mucho le agradezco. Según un amigo que fue su discípulo, Emilio tenía un don especial para poner constantemente, de manera muy sutil, en tela de juicio las verdades de la filosofía o algunas de ellas. Que sospecho, dado los tiempos que corrían, no eran otras que las del marxismo-leninismo. Estimulando la búsqueda de nuevos caminos o respuestas de acuerdo con las ansias de saber de sus educandos. Eso a la altura de la segunda mitad de los 80, en un centro docente donde campeaban el dogma y los segurosos a sus anchas, se agradecía.

Recuerden la película La vida de los otros. En la que un escritor de la antigua Alemania Oriental era espiado por un agente de la Stasi. Del filme siempre me llamó la atención no tanto la liturgia de su tarea, sino la logística utilizada para hacer su trabajo. Veías la monstruosa grabadora de cinta, la tosquedad de los audífonos y otros aparatos y te preguntabas: ¿cómo eran capaces de poseer un servicio de vigilancia y represión tan eficiente valiéndose de una tecnología tan burda o precaria?    

En cierta ocasión, como dato que ilustra el ambiente universitario ochentero, a uno de sus estudiantes-policías encargado de fisgonear e informar al Departamento de la Seguridad del Estado sobre la vida de los otros, su tosca grabadora comenzó, de manera accidental, a emitir un ruido que encendió las alarmas de toda el aula, mientras Emilio intentaba estimular en su conferencia el alcance del libre albedrío. No recuerdo cómo acabó el suceso, pero al menos Emilio continuó en la Universidad un tiempo más, y de paso el seguroso quedó desenmascarado. Grabadoras aparte, Cuba no era la RDA. La mayor prueba de ello es que el régimen totalitario a sobrevivido al de la antigua hermana república por más de 30 años. De eso tal vez charlarán el camarada Honecker y el comandante en jefe cada vez que se encuentren donde ustedes se imaginan.    

En plenos 90 me fui a vivir a Bauta. Mi residencia quedaba justo a dos cuadras de casa de Emilio. Así que, además de amigos, ahora éramos vecinos.

Su casa original, situada en la carretera que va hacia el Cayo La Rosa, hace tiempo dejó de existir. Encima el emprendedor "maceta", en el ramo del cerdo, que adquirió la propiedad, vaya Dios a saber cómo, construyó unos de esos búnkeres-hornos antihuracanes, defendido de los cacos por sólidas y amenazantes rejas de hierro rematadas con puntas de lanza. Emilio adoraba su casa de madera, pintada de verde, de cómodas y frescas habitaciones. La vivienda poseía un pequeño patio. En el borde, entre la terraza y el comienzo de la parcela, había un limonero criollo. Allí, en una mesa rústica, Emilio recibía a sus visitas.

En uno de los costados del patio yacían los restos de una caja fuerte. La caja había sido de su padre. Un inmigrante japonés, suicida. Un hombre sumamente trabajador antes de ejercer la violencia contra sí. De él Emilio recordaba un valioso consejo: "Sé barbero o zapatero, y siempre tendrás trabajo, aunque venga una guerra". Una sabia enseñanza que habla mucho del padre que tuvo. Esa sugerencia, junto a la que Kurt Vonnegut recibió del suyo y que rezaba: "Nunca te metas nada peligroso en los oídos", las atesoro como lo más excelso que un padre puede enseñarle a un hijo.

El entorno desangelado y polvoriento del barrio, donde empieza la carretera del Cayo, el cruce de esta con la línea del tren y otros detalles han quedado descritos para la posteridad en las primeras páginas de la novela Tuyo es el reino, de Abilio Estévez. Preámbulo que Emilio no se cansaba de citarme, lúcido o ebrio. Sí, porque siempre había dos Emilio. O tres.

Para mí el patio de Emilio era tan particular como el de la canción infantil. ¿La razón? El autor de La escritura y el límite solía limpiarlo para que mi hijo jugara en él. Eso es tanto…

Por esa fecha fue que Emilio tomó la crucial decisión de abandonar la Universidad. Me lo confesó un día en que viajábamos en una guagua que rendía viaje desde la Avenida Carlos III, en La Habana, hasta el pueblo que en algún momento había sido mi suerte de Pequeño Vedado. Quince años en el mismo sitio era demasiado. Todo un milagro para alguien tan incómodo y voluble.

Fue en su etapa de especialista en la Biblioteca Nacional que se convirtió en unos de los colaboradores estrella de Habáname, revista de la que fui editor, propiedad del Centro Provincial del Libro y la Literatura de la extinta provincia La Habana. En las páginas de esa publicación aparecieron sus artículos "De la ingenuidad", "Elogio de la frivolidad (una posible lectura de Cabeza rapada, de Wendy Guerra)" y "Tiro de esquina", una entrevista a Emilio realizada por Habáname.

"Elogio de la frivolidad" no se escribió en vano. En ese texto el cineasta Pavel Giroud encontró el espíritu filosófico que sustentaba su obra realizada hasta aquel momento. Aún el cineasta no había realizado La edad de la peseta ni Omertá y su obra estaba más cerca del diseño y la publicidad que del cine, y ese mismo espíritu frívolo y lúdico era el que daba soporte expresivo a sus primeros videoclips. La guajira publicación se extendía más allá de la tierra colorá, marca indeleble de una provincia fantasma condenada a desaparecer por voluntad real. O sea, de Raúl Castro.

En "Tiro de esquina", Emilio hablaba de su paso por la Universidad, de la Biblioteca Nacional, de sus lecturas filosóficas y no, de escritores cubanos y no, de su polémica con Manuel Lagarde en las páginas de El Caimán Barbudo y, por hablar, hablaba hasta de fútbol. El día después de haberle entregado el cuestionario me llamó por teléfono para decirme que no había podido dormir, y si alguna vez escribiera su biografía, o memorias, esas preguntas serían su guía. No sé si alguna vez volvió a pensar en la insomne llamada. Supongo que no.

Entonces Emilio tenía 38 años.

Ya lo saben, Emilio era futbolista. De eso sabía bastante, y al más universal de los deportes aplicaba sus sistemas de pensamiento y conocimiento adquiridos, moldeados, en campos distintos y siempre me sorprendía con salidas como: "El fútbol me dio amigos fieles, novias bonitas y noción de equipo". O: "las selecciones reflejan las virtudes de sus pueblos: el sentido común de los países ingleses, el ritmo y la música de Brasil, la profundidad alemana y en la selección cubana veo desorden y poca elegancia porque no se han recogido las virtudes de nuestra cultura. ¿Cómo bailan tan bien y juegan de manera tan arrítmica?".  

Sí, en lo del fútbol y los amigos fieles tenía razón. Sus antiguos compañeros de equipo en las provinciales, cúmbilas de interbarrios, lo adoraban. Gente muy disímil. Algunos solían ser idóneos compañeros de trago. La galería la integraban pendencieros, macetas, pícaros y hasta un hombre que la casualidad y la mariconá infinita del castrismo han convertido en preso de conciencia: Manuel Díaz, más conocido por su alias y su fanatismo por la canarinha, de quien se ha hablado en las páginas de DDC. Ellos se referían a Emilio en variaciones asiáticas sugeridas por su apellido: El Chino, El Samurái o simplemente El Ichi.

Eso es Bauta. Hoyo Colorao. La patria más chica. Y a su manera, siempre informal, le dio por poner a Hoyo Colorao en lo más alto de la cultura cubana. Emulando en acción al padre Ángel Gaztelu, quien se había traído al pueblo al grupo Orígenes durante sus años de servicio parroquial en la villa. En su casa, bajo el limonero, conocí a Abilio Estévez, al diplomático Ion de la Riva, al escritor Jaime Sarusky. Y en la biblioteca municipal Antonio Maceo, Reinaldo Montero, el autor de Misiones (récord Guinness de literatura cubana en número de caracteres) hizo el lanzamiento de La escritura y el límite. Sus palabras, de muy alto perfil sobre el libro pasaron de insufribles. Gracias a esta imposible misión de Montero, los pobres pueblerinos, entre los que me encontraba, nunca nos enteramos de qué iba el libro de Emilio. Por suerte ya había comprado un ejemplar.

En la biblioteca, cortesía del embajador de la cultura cubana en Hoyo Colorao, Wendy Guerra se presentó ante los niños del pueblo, una performance a puro "naricita fría". De esa visita recuerdo a Ernán López-Nussa sentado muy cerca de un viejo piano Mockba, más desecho que instrumento musical, y me imaginaba que "el vikingo del latin jazz" se estaría diciendo: "¡Dios, mío, que no me pidan que le ponga mis manos encima!". Cada vez que escucho su versión, en tiempo de danzón, de "Tin Tin Deo" me viene a la memoria ese día en que estuvimos reunidos los niños de Bauta, Emilio, la escritora de Cabeza rapada, el músico y quien escribe.

Emilio era nuestro embajador en La Habana, y el hecho de estar conectado con la UNEAC y la Casa de las Américas le permitía esos lujos. Por esos días en algún evento de escritores en la capital un funcionario pasado de tragos gritaba a voz de cuello: "¡Si ellos tienen a Fukuyama (en referencia al adalid intelectual del neoliberalismo), nosotros tenemos a Ichikawa!"   

En la iglesia de Bauta aún se pueden admirar las únicas piezas religiosas realizadas por Mariano Rodríguez y donadas al padre Gaztelu, en calidad de promotor cultural, no de misionero católico. Algo similar impulsó a Emilio a ofrecer su casa a modo de salón en el que los artistas del pueblo exhibieran sus cuadros y murales colectivos. En una de las paredes de la sala había un lienzo de Ezequiel Sánchez y un retrato de dos cabezas de bueyes enyuntados, de Álvaro Pérez, titulado "Miliciano y Comandante".     

Bastó una tarde para que los pintores Adrián Infante, Ezequiel Sánchez, Karoll Pérez y el artista gráfico Alen Lauzán realizaron un pequeño mural en la única pared de mampostería que había en el portal. El mural recogía en un empastado expresionista de tonos fríos el estilo de cada uno de sus ejecutores.

Cuando el constructor del búnker antihuracanes adquirió la casa, fui a visitarlo. A mi pregunta de que si él conocía al anterior dueño, me respondió que no, pero alguien le había dicho que "allí vivía un quedao en el Yuma que le decían El Chino". Después, en muela funcionario del patrimonio municipal, cosa que no era, le conté del mural, de lo que significaba para la vida artística del pueblo porque recogía el quehacer de los mejores creadores del municipio. El nuevo dueño me dijo que no había problema que, aunque él pensaba hacer "algunos arreglitos", respetaría el mural. Eso me dijo mientras, dubitativo, le miraba la gruesa cadena de oro que colgaba de su cuello.

Al mes siguiente el búnker comenzaba a erigirse sobre las ruinas de la casa del tipo al que le decían El Chino, y el mural, por supuesto, no estaba.      

Quizás el padre Gaztelu nunca lo hubiese hecho. Hablo de algo en que Emilio lo superó con creces: recibir en su casa durante días a varios atalayas, nombre de cruzada de los Testigos de Jehová. ¿De qué hablaban? De Dios por supuesto. Además, Emilio les ofrecía café mientras charlaban y aquellos tomaban por su atajo favorito: el creacionismo, la maldición de recibir sangre ajena. Supongo que fue demasiado. Un día simplemente los echó.

Y por echar de su casa, en la que podía ser el anfitrión más exquisito, echó hasta a la Policía.

Emilio tenía una pequeña bicicleta plegable, made in Vietnam. Una tarde poco antes del anochecer alguien entró a su casa y se hizo de la bicicleta. La víctima llamó a la Policía. Emilio los recibió, nada de café, y les contó los detalles del hurto. Quizás fue el retrato de Miliciano y Comandante. O la cantidad de libros. No sé. Demasiada sospecha. Pero la actitud de la PNR no se hizo esperar. ¿Cómo era posible que en plena tarde alguien entrara a robarle en su casa? De esa pregunta pasaron del objeto robado al sujeto demandante. Ahí comenzó la diatriba. La lógica del cuerpo represivo era más contundente que la de todo el conocimiento filosófico atesorado por Emilio en sus años de estudio: solo a un gusano comemierda y con el pelo largo le robaban en su propia casa a esa hora. Ante el naufragio de sus sofisticados argumentos el sujeto del robo fue directo y, como a los atalayas, también los corrió de su casa.

Después me llamó para contarme.

También había un Emilio que publicaba fuera de Cuba..., y, además, viajaba.

Lo primero, y más notorio, que publicó Emilio en el extranjero fue un artículo en un importante diario mexicano a mediados de los 90 en plena crisis de los balseros. La tesis del texto era que la mayoría de la gente que se iba de Cuba lo hacía por aburrimiento. El artículo, a toda página, estaba ilustrado por un caricaturista mexicano. Eran dibujos de gente escapando en estrictas cámaras de vehículos infladas.

La cosa no hubiese pasado de ahí si no se tratase de Emilio. Por la publicación el autor recibió una suma de 300 dólares, una cifra de ensueño para la década. 300 dólares de felicidad.

Pero con mi vecino siempre había más.

No sé a qué cartomántico, sacerdote de Ifá o moralista acudió. Lo cierto fue que el vocero del más allá, o de la perfección que fuese, fue tajante: "Emilio, ese dinero no te pertenece". Y allá fue él que tanto sabía del aburrimiento nacional a convertir la suma en productos de aseo para el vecindario.     

Y había otro Emilio, el de los viajes.

Su primera salida fue a México. Aparte de no gustarle el país, de allá vino con un chiste: ¡Qué buen trabajo había hecho el Gobierno con los vendedores de tacos en la Plaza del Zócalo! Era lo que hubiese dicho un funcionario cubano de visita en lugar de Emilio. Un funcionario que jamás entendería que la prosperidad solo se alcanzaba a través de la total eclosión del espíritu de empresa. Gracioso, ¿verdad?

Su incursión por España fue sin dudas más fructífera. Una novia española, un libro de poemas, un nuevo amigo y un paquete de té de cáscara de manzana secas no eran cualquier botín.

Cuaderno del Mediterráneo fue motivado por una incursión en la que solo había capturado un pequeño chicharro. La calidad del cuaderno superaba con creces a la corrida pesquera. Emilio no se limitaba a vivir como un poeta sin proponérselo ni serlo a derechas, sino que también escribía poesía. Por mucho tiempo tuve en Cuba una copia del libro. Escribir poesía a veces es un asunto muy privado, y hasta dónde sé creo que nunca lo publicó. Ojalá esté equivocado.

Antonio Escohotado, pensador y prolífico autor, era su nuevo amigo. De vuelta a Bauta Emilio leía con fruición la Historia elemental de las drogas, un resumen de la magna obra Historia general de las drogas. Emocionado, y algo ebrio, me relataba sus conversaciones con el filósofo, llegando a imitar su voz justo en el momento en que este le exponía su tesis sobre lo que para él constituía "la unidad española".

La novia la vi en una ocasión. Era una mujer bonita que le había prometido, solemne, que si algo llegara a sucederle en Cuba, y era encarcelado por sus opiniones en contra del Gobierno, se encadenaría frente a la embajada cubana en Madrid hasta que liberaran a su novio. Bondage público en protesta. Para ti, papi.

La amistad con Escohotado duró poco. Bastó que el pensador hiciera ciertas declaraciones en favor del régimen de Fidel Castro en activo en aquella época.    

Sometido a la aguda capacidad de Emilio para la autodestrucción y más allá, el noviazgo fue tan intenso como de corta duración. No sé por qué ni cuándo se separaron.

El té de manzana lo bebí varias veces. Bajo el limonero que les contaba.

Su próximo derrotero fue Miami. De su primer viaje guardo una anécdota y una reflexión.

La anécdota implica a unos viejos combatientes, de los que transitaron de la lucha armada contra Batista al anticastrismo violento en un santiamén. Estos guerrilleros, adscritos a la vieja escuela del sabotaje, según Emilio, en cierta ocasión se empeñaron en instruirlo en algo más sustancial que hablar mal del Gobierno. O sea, la forma más eficiente de quemar cañaverales. A lo que Emilio respondió, si quemo los cañaverales que hay cerca de mi casa, de paso se queman los corrales de puercos de los vecinos. Aparte, de que quemar caña se encargaba el propio Gobierno, previo aviso en gesto condescendiente con cerdos y aldeanos.  

Miami es el laboratorio donde se está gestando la Cuba futura. Más o menos así me dijo a mi pregunta de qué le había parecido la ciudad. Aún hoy, cada vez que voy, sigo pensando en sus palabras.

En 1999 no podía comprender del todo lo que Emilio quería decirme. Hoy sería incapaz de pensar: ¡Dios, líbrame de esa Cuba! Solo deseo que si es lo que nos aguarda, que llegue, por la vía que sea. Cuanto antes mejor.

Y hubo un Emilio más sombrío… complicado y complejo a partes iguales, capaz de actuar de la manera más sorpresiva posible.  

Imaginen por un segundo al padre Gaztelu acudiendo a la primera oficina más cercana del Partido Ortodoxo, del PRC (auténtico) o del PAU. Lo más comprometido que hizo el cura-poeta fue visitar prisiones como miembro de la Misión San Vicente de Paul.

En esa cruzada Emilio, desmesurado, en hybris, superó otra vez al sacerdote.  

Por increíble que parezca, en aquellos años desquiciados, se dirigió al primer secretario del Partido de Bauta. Sus peticiones eran dos: convertirse en miembro del Partido Comunista de Cuba y que le ofrecieran una cátedra para enseñar historia y filosofía a nivel de secundaria y preuniversitario.

Imaginen el quebradero de cabeza que para el pobre secretario significaría tener al Chino de la carretera del Cayo en sus filas. Puesto a pensar, rareza entre las funciones de los primeros, segundos y terceros secretarios, este tomó ?si se mira desde el punto de vista del centralismo democrático pilar que rige el funcionamiento interno del partido? quizás la única decisión sabia en su carrera política: "No, Emilio Ichikawa, usted no es bienvenido".  

Cualquiera pensaría que el comportamiento de Emilio era inconsecuente. Pero desde su cosmovisión del mundo su proceder era dialéctico. Si existía un debate sobre Cuba dentro y fuera de la Isla él no se lo quería perder y en ese momento juzgó que el locus de enunciación ideal no era otro que el Partido Comunista de Cuba. De restaurarlo a su carril habitual se encargó el funcionario.

La petitoria de disponer de una cátedra tuvo igual respuesta. Su ofrenda altruista naufragaba en el buró del primer secretario. Un acto similar lo ejecutó el escritor Enrique del Risco cuando, poseído por el mismo espíritu de Emilio, se recluyó en un politécnico con el idéntico fin mostrarles la luz de los diferentes derroteros de la historia que escapaban a los libros hagiográficos impresos por el MINED. Enrique Del Risco tuvo éxito donde Emilio fracasó. El autor de "Letras en las paredes" y Nuestra hambre en La Habana se mantuvo enseñando en un politécnico por algún tiempo. La nobleza de su cruzada se desmoronó amargamente: allí no había nada que hacer. A aquellos jóvenes no les interesaba ni una historia ni la otra. El cantante de moda del momento, El General, relata prolijamente Enrique en Nuestra hambre…, suplía de conocimientos a una juventud enardecida por otras fiebres a golpe de "Tu pum pum mami, mami no me va a matar".

A Emilio le hubiese bastado marcar el cero siete desde Bauta y consultar a Enrique, pero ese no era él. Emilio, el fustigador de Escohotado, quería participar.

Gracias a sus conexiones, e impresionante currículo, mi vecino obtuvo una beca de estudios en los Estados Unidos.

Antes de abandonar la aldea Emilio quiso dejarme su casa. Una quimera dada la complicación que entrañaba materializar tal deseo aventurándose en un mundo donde campeaban la corrupción y las trampas. El solo hecho de haberlo pensado se lo agradezco aún hoy.

En nuestra última conversación le pregunté si pensaba quedarse, pues su exigua familia se había asentado hacía poco tiempo en Miami. Tenía seis meses, que era el tiempo de duración de la beca, para pensarlo.

Después Emilio emprendió el viaje hacia la Cuba del futuro.  

En sus primeros tiempos en Estados Unidos me llamó varias veces para proponerme estrambóticos negocios que giraban en torno a la compra y venta de libros valiosos.

Seis meses pasados de nuestra despedida Emilio comenzó a hacer declaraciones desde Radio Martí. Se había quedado. Hablaba en la radio enemiga de muchas cosas y de mucha gente. Nunca de nosotros, los de Hoyo Colorao. No lo hacía no porque fuéramos insignificantes, sino porque nos quería, me dijo alguien.

Ahora, además de a Fukuyama, ellos también tenían a Emilio. Enseguida la maquinaria de destrucción de reputaciones echó a andar. "Emilio Ichikawa o el que no salte es yanqui", se titulaba un artículo en contra suya que apareció en la prensa. No conocía al firmante. Ni siquiera recuerdo su nombre.

En aquel tiempo aún faltaba para que tomara la decisión de irme yo también. Pero sospechaba que jamás volveríamos a vernos.

En abril de 2009 me encontraba en Kingston, Ontario, y desde allá lo llamé. Fue una conversación agradable y muy cariñosa. Emilio estaba muy satisfecho con sus avances en la Cuba del futuro. Si él "pitaba" en el Congreso, tenían que escucharlo. El Chino de la carreta del Cayo a "pitazos" en aquel recinto.   

Al año siguiente logré marcharme de manera definitiva. Nunca más volvimos a hablar.

De Emilio solo tenía noticias a través de amigos comunes. Que tenía un blog y andaba en bronca con medio mundo. Que había escrito algunos libros, incluso, en uno de ellos me mencionaba. Que se había retirado de todo y que tenía un modesto empleo que le gustaba. Que había abrazado la causa de Donald Trump con inusitado fervor. Que estaba alcoholizado. Hasta que un día me dijeron que estaba mal, muy mal…

Después Emilio se marchó de la Cuba del futuro y de su lugar en la tierra.

Retrocedo en el tiempo. Estamos sentados en el patio bajo el limonero, hablamos de fútbol casi seguro. Me vuelve a prestar El color del verano o Dulces guerreros cubanos, quizás Yo que he servido al rey de Inglaterra. Aún somos jóvenes. Emilio y yo.

Lo olvidaba. Emilio tenía un perro. Se llamaba Tabú.

 

Montreal, febrero/mayo de 2023


Francisco García González nació en Caimito, en 1963. Sus últimos libros publicados son los libros de cuentos La cosa humana (Oriente, Santiago de Cuba, 2010), Todos los cuentos de amor (Letras Cubanas, La Habana, 2010), la novela Antes de la aurora (Linkgua, Miami, 2012) y el libro de cuentos Nostalgia represiva (Casa Vacía, Virginia, 2020).

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4 comentarios

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Alguna vez le di botella en la universidad y conversamos muchísimo. Al final, poco antes de enterarme de su muerte, estábamos gestionando con Aduana Vieja, para la colección Obra Selecta, la publicación de una antología crítica de sus ensayos. Buen tipo. Buenos recuerdos de García González...

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segui su obra siempre, tambien sus blogs, muy inteligente, gran sentido del humor, lamente mucho su muerte, buen escrito Francisco , gracias

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Mis amigos y yo desde este lado del mundo, Canadá, seguimos por mucho tiempo el blog de Ichikawa que mencionas. La irreverencia, la polémica pero sobre todo la buena escritura hacian de su blog un lugar obligado para nosotros, de entre los muchos blogs que componían la blogosfera cubana de esos años. Me parece que el suyo fue de los primeros en desaparecer cuando las redes sociales comenzaron a desplazarlos. Después le leíamos esporadicamente en varios lugares y le perdimos la pista por un tiempo hasta que supimos de su muerte. Sin dudas un privilegio haberlo conicido y sus dudas también un orgullo para nuestra "lejana Bauta". Excelente Memoria Franky!