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Crítica

El Marabú Crocante

'La inflación de elogios en reseñas y entrevistas solo se iguala con la de premios y menciones. Casi no hay modo de escapar.'

Miami
Fotograma de 'La locura del dólar' de Frank Capra.
Fotograma de 'La locura del dólar' de Frank Capra. Telecinco

La inflación de elogios en reseñas y entrevistas solo se iguala con la de premios y menciones. Casi no hay modo de escapar. Muy pocas maneras de sobrevivir. Darse cuenta del bluf ha dejado de ser una sorpresa para convertirse en rutina. Raro es el fin de semana donde uno no tiene que rascarse. Reír para que el hígado no sufra mucho ante el oleaje circense con vientos de galerna verbosa.

Una novela de Periquita Pérez ha sido galardonada con El Marabú Crocante, otorgado por la municipalidad de Espina Embutida; una película sobre el trágico amor entre la cacique Pozo Profundo y el indio Mocho Fino, se exhibe con el anuncio de que obtuvo La Lupa Prodigiosa en el prestigioso festival de cine disyuntivo que anualmente se celebra en el teatro Consuelito; el concurso internacional de poemas al mamey colorado, tras un jugoso debate del jurado, fue conferido a la autora Fruta del Caney… Y así. Día a día. Semana tras semana. Cuando no es el diploma La Jutía Parda es el adjetivo "genial", entregados sin una partícula de recato.

Pero al dorso de la caricatura: ¿alguien se atrevería a negar la avalancha de premios, la avalancha de elogios, la avalancha que te nubla la vista y te predispone en contra de los currículos? ¿Quiénes se tragan la publicidad a pulso, a capela, a párrafo francés? ¿O masticar la cara de sorpresa, colocada cuando se te ocurre decir que no conoces al autor, a lo mejor hasta promovido con rareza justiciera?

Ah, querido, usted no pasa de ser un insolente que pretende aguar la fiesta. Una fiesta crujiente en cualquier latitud, con cualquier disfraz, para cualquier actividad artística y cultural. No hay fiesta donde los pesimistas o elitistas o escépticos no quieran que la orquesta calle, que los músicos se vayan para sus casas con las partituras estrujadas. Negar los estímulos es negar la vida misma… Hasta un idiota sonríe agradecido cuando le dan el Diploma del Resignado Honor. Premio por haber estado sentado diez minutos seguidos en el quicio de su casa, oyendo décimas del actual Ministro de Cultura de Cuba.

Un chiste con moraleja implícita cuenta de un fervoroso católico que en el confesionario le pidió perdón a Dios, a través de un cura algo pícaro, por haber logrado tener relaciones sexuales con la novia. Y cuando el interesado sacerdote le preguntó cómo había logrado seducirla, le contó tres veces que "Alabandola". Hasta  que el cura al fin entendió, furioso, y le replicó que ese gerundio era esdrújulo y llevaba acento ortográfico, tilde; que había sido "Alabándola". Premios, recensiones, medallas, lanzamientos y diplomas también cumplen muchas veces la misma función manipuladora que un "alabandola" bien administrado: alabándolos como si fueran votantes o talleristas, niños malcriados o multiculturalistas, mujeres celosas o inéditas, maridos tacaños o figurines mediáticos…

Recuerdo a un mediocre profesor de literatura de la Universidad de los Andes, en la empinada Mérida de Venezuela, que presumía en sus viajes habaneros de escribir versos casi inmortales. Cuando le preguntaban  "¿Cómo anda, poeta?", parecía recibir al Espíritu Santo, a Chávez —para colmo es chavista-madurista— que hacían justicia al llamarle poeta. Lo mismo me pasó con un chileno —de los que combatió a Pinochet desde su trinchera canadiense— que aún castiga a los asistentes a un destartalado Festival Internacional de Poesía que se celebra en Cuba…

No hay tregua. No descansan. No hay mucho que hacer… Sin embargo, se percibe cierto consenso en los que leen artículos como este y concuerdan en la inflación de escritores, sobre todo de poetas; en la inflación de premios, sobre todo en los medios; en la hinchazón de currículos, sobre todo en las notas de contracubierta y en las universidades. Allá los que se tragan la píldora.

Aunque lo  peor —digno de Aristófanes— es cuando la persona agraciada con El Marabú Crocante se toma en serio el juego, cree que de verdad le han dado boleto para la función de posteridad. Porque lo único crocante —crujiente como las almendras acabadas de tostar, como un croissant recién sacado a la venta en una boulangerie cercana al Odéon—  es la certeza de lo efímero, que Cioran incluyó en su Breviario de podredumbre.

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1 comentario

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Las últimas cuatro o cinco aportaciones del señor Prats a este espacio dedicado a la literatura, la narrativa y el pensamiento, son realmente lamentables. No entiendo por qué De Leer las publica. ¿Alguna vez el señor Prats fue un crítico respetado en Cuba? NO tengo ni idea, pues no me encontraba en la Isla. Lo que he leído de él en este espacio es de una mediocridad espantosa y de una bobería desmoralizante. Que doble el lomo y se ponga a hacer crítica verdadera, y no más descargas.