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Ensayo

El cosquilleo narcisista

'Como parece estar de moda la literatura sobre lo que el mismo escritor está escribiendo, viene muy a cuento la satírica frase de Roland Barthes.'

Miami
Roland Barthes.
Roland Barthes. RFI

 

                                                                                                          Para Gerardo Fernández Fe

 

Fue Roland Barthes quien acuñó la mordaz, ingeniosa frase que cuelgo como título. El célebre estudioso de la retórica clásica logró caracterizar el fenómeno, resumir el virus. Ahora el cosquilleo narcisista, originalmente referido a sus colegas parisinos, se ha convertido en burla intemporal, a un costado de la revista Tel Quel, que leíamos en Cuba a partir de 1967, en sus últimos 15 años de existencia y a pesar de que la traducción literal de la popular expresión francesa sería Sin cambios. Cuando en realidad buscábamos cambios, en particular de la espesa estética marxista y el realismo socialista que nos imponían a los estudiantes universitarios, en traducciones del ruso realizadas por la Academia de Ciencias de la Unión Soviética; en los plúmbeos textos de marxistas cubanos como José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre y Juan Marinello, cuyas orejeras padecíamos por ser nuestros profesores.

Como parece estar de moda la literatura sobre lo que el mismo escritor está escribiendo, viene muy a cuento la satírica frase de Roland Barthes. En esta dirección no muy risueña  —dentro de la que se enzarza el cosquilleo narcisista— un amplio grupo de lectores especulamos que vivimos en una "época tautológica", caracterizada porque una rosa es una rosa, pero sin la belleza del énfasis expresivo.

Para nosotros una aburrida reiteración hace trivial buena parte de lo que se escribe. Hoy la literatura sobre la literatura indica, más que en épocas anteriores y sin catastrofismos ni histerias virulentas, que muchos autores —más bien escribanos—demuestran no tener nada que decir. O muy poquito. O simplemente sandeces y lamentos, lloriqueos mediáticos.

Al constatar que mucha escritura apenas logra la remisión a sí misma, también se observa —por elemental derivación lógica— un hiperbólico Yo-yo-mí como quebradiza confesión de titubeo. Avalancha que cae sobre todo entre autoproclamados poetas. Plaga que la facilidad para publicar ha vulgarizado como nunca antes por el globalizado planeta de coronavirus e internet. Al punto y aparte de que hay editores afirmando la existencia de más poetas que lectores de poemas.

Los escritores locuaces, dentro del masivo fenómeno, dan la verdadera o falsa impresión de tener una personalidad extrovertida y de que se deslizan por el cosquilleo narcisista; con la resbaladiza cáscara de melocotón que Roland Barthes lanzara desde sus cursos universitarios, quizás le comentase a su amigo Severo Sarduy. Aunque no depende del temperamento: se puede ser reservado, guardar bajo un espeso silencio informaciones y opiniones, y a la vez tener un galopante Narciso desbocado por los pastos cerebrales.  

Se sabe y se repite que los escritores que chapotean en lo autorreferencial son ridículos. No ejercen ninguna contención al ego, procuran hasta sacar cabeza en las fotos de grupo. No luchan por ser pudorosos. … Y muchos, hasta los menos burros, no se dan cuenta de su cosquilleo, de que se ofrecen como suculento manjar para el banquete de críticos lenguaraces.  

Es increíble cómo se autoengañan al creer que cualquier anécdota personal puede despertar interés, que sus vidas —casi todas tan habituales como las de cualquier comedor de pizzas— van a abrir curiosidades, enigmas fascinantes a desentrañar por un público embelesado.

Lo peor es que muchos de ellos saben que solo el modo en que se dice —el estilo— es el único que en literatura decide, aunque momentáneamente pueda ser de interés algún comestible achicharrado por la historia o por la trivialidad doméstica: el color de la caquita del hijo o el aburrido aniversario de la revolución cubana, recordar la natilla adornada con merengues por la abuela o el pomposo servilismo del Historiador de la Ciudad de La Habana, el primo machango que salió del closet con un clavel en la oreja o un decreto-ley represivo, la tajante tacañería del padre o la idiotez política de incontables influencers, bloggers y youtubers, ólogos y más ólogos… Tantos "especialistas" armados de insondables atrevimientos y productivas jugarretas, aplaudidos por masas de analfabetos funcionales.

Pero esto es poco, pasaría por un comprensible modo de subsistir. Cuando se desencadena de verdad la tormenta de somníferos es al escribir sobre el acto de escribir, el trabajo que les cuesta escribir, lo que se piensa cuando se va o se termina de escribir… Y así hasta doblar por la esquina hacia un terraplén que conduce a un basurero lleno de palabras apolismadas, podridas de tanto golpearse unas a otras; inanes, que huelen a crípticos lingüistas franceses, a políticos populistas tabasqueños o catalanes.

No hace falta ser un psiquiatra vienés para inferir que suele tratarse de gente vanidosa, engreída. La fatuidad no solo los hace ridículos sino tan risibles como grotescos. Recuerdo a un maduro poeta argentino, de Mar del Plata, que contrató un fotógrafo en Madrid para la presentación de su libro de poemas. Las instrucciones fueron precisas: ninguna foto de costado porque se le vería mucho la barriga, ni de arriba porque le clareaba el pelo en la cocorotina, ni mirando para el piso para que no lo acusaran de pesimista… Y así como quince indicaciones, cada una más hollywoodense, hasta la hilarante: "No cobras si me tiras un primer plano". Lo peor vino después, cuando cada poema que leyó estuvo acompañado de un ditirambo, de una detallada descripción de qué lo inspiró, de cómo lo escribió.

Casi siempre estos especímenes "autorreferenciales" son fáciles víctimas del Poder. Su vanidad los vuelve frágiles. En La Habana de los 90, desolada por la ausencia de la ayuda que hasta entonces llegaba del "campo socialista" —entre croquetas de averigua, apagones cada noche y más represiones—, los caleseros culturales del Caballo —uno de los apodos de Fidel Castro— organizaron un maratón de lisonjas y apologías a ciertos —e inciertos— escritores disgustados con la crisis diaria. La celebración pública de sus cumpleaños, calzada con discursos, medallas y diplomas, harían sonrojarse a un negro mozambiqueño, a un oliváceo nepalés.

Pronto aparecieron infinidad de textos donde el cosquilleo narcisista casi convierte en héroes a cualquier repentista que le hubiera dado por improvisar una temblorosa décima a la resistencia del pueblo, del que el vate formaba parte destacada. Y de nuevo apareció el mismo rasgo, la misma ridiculez: creerse que sus viditas humildes y sumisas habían escalado las Cumbres borrascosas como nuevas Emily Bronte.

Por supuesto, según se espera, las asociaciones de bombos mutuos de inmediato hicieron sus acostumbradas cosechas. En las redes mediáticas cayeron unos cuantos adoradores de sus ombligos abombados con grotescas hernias académicas y no pocas úlceras trascendentales. Dignos de ser entrevistados por periodistas ignotos, ávidos de abandonar su anónimo correr, ilusionados con que el trampolín de algún escritor que haya obtenido uno de los tantos premios del torrente anual, también los promueva a ellos hacia un lago de lisonjas.

En estas semanas de aislamiento, varias entrevistas realizadas en revistas digitales a escritores cubanos, tienen en sus respuestas un grotesco homenaje al cosquilleo narcisista. El autor de El placer del texto debe estar revolviéndose en su tumba, mientras susurra nuevas advertencias contra el lenguaje egocéntrico, vacuo.

Yo a veces contraigo —como cualquiera— el ridículo virus. Pero cuando garabateo algo sobre cómo escribo o sobre el axis de mi escritura, suelo teclear enseguida el delete. Corro al espejo a sacarme la lengua y saludar al conejo de Alicia en el País de las Maravillas, a que Lewis Carroll me espante las moscas ególatras, clausure el cosquilleo narcisista.

3 comentarios

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Frase de Roland Barthes en Lo Neutro.
Curso del Collège de France, 1978.
Siglo XXI Editores, México, 2004.
Pag. 107. Le neutre: notes de cours au
Collège de France, 1977-1978
Seuil, Paris, 2002. p. 89.
Y gracias a los dos anónimos comentaristas. Yo no sería tan generoso de mi tiempo con ellos.

Profile picture for user Matias Pérez

Pobre Pepe siempre a la caza de egos para poner el suyo sobre la mesa. Qué manera de preocuparse este pobre hombre del ego de escritores cubanos como si fuera jefe de un peloton de la escuela al campo. Apliquemosle su propia frase: "No hace falta ser un psiquiatra vienés para inferir que suele tratarse de gente vanidosa, engreída.".
Ademas de que ni se entera que fuera del atrasado mundo hispanoamericano, nadie le da bola a Barthes, su caida en el olvido es estrepitosa...menos para los argentinos.
Presidente del CDR del gremio de escritores cubanos ( si es que existen aun mas alla del solar) Pepé corre a dar pellizcos a diestra y siniestra porque lo tienen en las gradas, o peor, sentado en su banco de jubilado.

Profile picture for user NARCO

NO tomarás el nombre de Barthes en vano. No ofenderás las páginas de un diario con sencilleces. Callarás cuando no tengas nada relevante que decir. Rehuirás el adjetivo cargante. No dedicarás tu bodrio a un escritor serio.