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Narrativa

Hipoxia

'Si no había mucha profundidad, podía nadar cerca del fondo a lo largo de más de cien metros, porque era capaz de retener la respiración sin excesivo esfuerzo durante cinco minutos y más.'

La Habana
Buzo.
Buzo. ISLAMALTA

Recuerdo bien que, durante su adolescencia, Pepe Fadul se iba con frecuencia a bucear con nosotros a diferentes lugares de la costa y solía hacer inmersiones mucho más hondas que cualquiera. Si no había mucha profundidad, podía nadar cerca del fondo a lo largo de más de cien metros, porque era capaz de retener la respiración sin excesivo esfuerzo durante cinco minutos y más. En varias ocasiones tratamos de animarlo para que se convirtiera en apneísta, pero él odiaba todo deporte, todo eso de citius altius fortius, y consideraba que esas competencias no eran más que la guerra por otros medios. Luego terminó dejando de hacer buceo a pulmón, como la mayoría de nosotros.

Recuerdo también que, a los veinticinco años, ya se había graduado y había recorrido casi todo el país como hidrogeólogo, estudiando diversos tipos de terreno para una empresa agrónoma; se había casado, sin hijos; había abandonado la profesión para probar suerte como joyero, sin éxito; se había divorciado y, decidido a escapar del país, había intentado irse en balsa o en bote seis veces, sin poder llegar nunca más allá de las diez o quince millas, y, como fue capturado en tres ocasiones, tuvo que pasar varios años preso por tentativa de salida ilegal del país.

A pesar de que no pensaba en otra cosa, su obsesión de fuga no respondía a ningún plan concreto. Pepe Fadul no quería irse a ningún país específico ni tenía familiares en el extranjero que pudieran ayudarlo. No tenía la menor idea de si sus estudios de Geología le podrían servir allá para trabajar en alguna especialidad afín. Solo quería irse y todo lo demás era secundario, aun a riesgo de perder la vida en el intento. Finalmente lo logró: la balsa en que se hizo al mar con tres amigos fue rescatada por un yate de lujo que los llevó hasta la costa de la Florida. A partir de entonces, todas las noticias que nos llegaban de él eran muy vagas y hasta contradictorias.

Nadie sabe en qué trabajó realmente, si trabajó, aunque posiblemente había encontrado algo relacionado con su especialidad. Lo extraño es que, de alguna manera extraña, volvió a su antigua afición al buceo. Al menos eso pensamos cuando supimos que estaba empeñado en alargar radicalmente el tiempo que una persona puede retener la respiración. Parece que partía de la suposición de que, si uno puede resistir varios meses sin ingerir alimentos bebiendo agua y, aun, varias semanas sin alimento ni agua, ¿por qué no puede vivir sino unos pocos minutos sin respirar aire?

Después alguien que vino de California nos contó en qué había terminado Pepe Fadul. La verdad es que todo parecía demasiado exagerado para tratarse de él. Sin embargo, no había manera de comprobar hasta qué punto aquello era cierto. Incluso la persona que nos habló de él nos decía lo que alguien le había contado. En fin, en sus pretensiones buscando la máxima resistencia a la falta de oxígeno había practicado algo que se conoce como "hipoxia controlada", que utilizan algunos deportistas para aumentar su capacidad. Sin duda alguna, Pepe Fadul abusaba del método, o lo hacía mal, porque muchas veces se le veía con la piel azulada y un aspecto exangüe.

Entonces se fue al desierto de Mojave, en el sur de California. Lo último que se sabe es que sostuvo cierta relación con un viejo músico y pintor llamado Don Van Vliet, que tenía su casa en el desierto y padecía de esclerosis múltiple. Pepe Fadul andaba solo. Se dice que buscaba zonas donde la arena fuera bastante fina y de buen espesor, se sumergía y nadaba muchos metros hasta reaparecer en otro sitio, como las serpientes del desierto que procuran así escapar de las altas temperaturas. Pero él, se dice, hizo inmersiones profundas en la arena, encontró refugios en lo más hondo donde había una temperatura agradable y cierta humedad. La última vez que lo vieron ir a sumergirse ni siquiera llevaba, como otras veces, una botella de agua.


Ernesto Santana nació en Puerto Padre, en 1958. Ha publicado varios libros de cuentos y las novelas Ave y nada (Premio Alejo Carpentier, Letras Cubanas, La Habana, 2002) y  El carnaval y los muertos (Premio Franz Kafka, Agite/Fra, Praga, 2010).

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