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Historia

La cascarilla: una mirada diferente

En Cuba la cascarilla está asociada a la religión yoruba, aunque su presencia en el imaginario nacional excede el uso religioso.

Madrid
Cascarilla para uso religioso.
Cascarilla para uso religioso. MVTvirtual

En Cuba la cascarilla está asociada a la religión yoruba, por su uso como elemento de purificación y protección, presente en buena parte de los rituales. No obstante, su presencia en el imaginario cubano excede el uso religioso. Durante mucho tiempo jugó un papel esencial en la cosmética local, marcando pautas en los rituales de seducción y posicionamiento social.

En las colecciones de varios museos locales se conservan frascos de cerámica y vidrio que contuvieron los numerosos perfumes, afeites, ungüentos, arreboles, solimanes, almizcles, alcanfores y otras sustancias empleadas en la higiene personal, el cuidado de la piel y la belleza física. Aunque es un tema poco estudiado en el contexto cubano, como heredero del español, donde hasta las monjas se encendían con carmines, tuvieron un uso temprano en la Isla. Con un carácter artesanal primero y luego industrial, la cosmética cubana contó con el acento de productos y fórmulas nuevas que aprovecharon recursos locales y se adaptaron a las condiciones del clima.

Del siglo XVI se conoce, por ejemplo, lo apreciado que fue como perfume el ámbar gris, una sustancia extraída de los intestinos de las ballenas y cachalotes. Según el historiador Carlos Venegas estas se cazaban "en las costas de La Florida por hombres adiestrados en La Habana". Como perfume "se podía volatilizar sobre carbones encendidos y así expandir su peculiar aroma, o bien se combinaba con el jabón para perfumarlo; preparado en solución, o en polvos servía para lavar los dientes, y también se imaginaba un afrodisíaco". Producto precioso, aparece en cartas de dote "en pomos engarzados de perlas, o guarnecidos de oro, perlas y esmeraldas".

El maquillaje del rostro femenino fue a su vez una práctica recurrente y expandida a todas las clases sociales. Se conoce que de Europa llegaron productos muy variados. No obstante, también comenta la periodista Gina Picart que "con manteca de cacao, cera de abeja y esencias de jazmín, rosa, ilán-ilán o azahar, los farmacéuticos del patio, las esclavas domésticas y las simples mujeres del pueblo elaboraban ungüentos que suavizaban la piel y dejaban un aroma delicado". Según Picart, "a mediados del siglo XIX, existían en La Habana alrededor de 2.000 establecimientos dedicados a la venta de cosméticos y perfumes, una cifra que revela la inmensa importancia económica y cultural de este sector".

De este siglo es del que más información se ha registrado. Entonces la "tez pálida", "nívea", "perlada", descrita por los románticos, en buena medida tenía que ver con los polvos usados por las mujeres para marcar una apariencia que bastante tendría de cadavérica. Era la moda internacional. La base del maquillaje femenino estaba en acentuar la "palidez natural" en lo que quedaba descubierto (rostro, cuello, hombros), revitalizando de rosa las mejillas y los labios.

Picart describe que los labiales los preparaban las cubanas artesanalmente con una base de manteca de cerdo, cera de abejas o aceite vegetal, a la que daban color en dependencia de las posibilidades, con remolacha, vino tinto, almagre (arcilla con óxido de hierro) o cochinilla (Dactylopius coccus) un insecto nativo de la región.

Resulta interesante que, frente a los cosméticos europeos de base grasa, en Cuba fueron más habituales los polvos matificantes. Aquí es donde adquiere la cascarilla protagonismo. No obstante, se sabe que también se importó polvo de arroz y albayalde. Este último, conocido como "blanco de plomo", es muy tóxico y provocaba envenenamiento al absorberse e inhalarse. Asimismo, lo hacía en los labios y mejillas el cinabrio o bermellón, compuesto de sulfuro de mercurio.

La cascarilla, utilizada en España pero más en Cuba, fue descrita por Esteban Pichardo en su Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas como: "la cáscara del huevo perfectamente molida con agua hasta formar una pasta fina y blanca, la cual usa el bello sexo para limpiar y blanquear la tez. Sirve también como medicinal secante en lugar de magnesia para la acedía. Llaman 'cascarilla de caracol' la que se hace de la concha de este, que es más brillante y apreciada que la otra. También se trae de Mérida".

Además de maquillaje, servía como secante para la piel y fotoprotector. Al mismo tiempo, excedía su uso cosmético para funcionar como representación pública de género, clase y raza. La piel blanca, en el contexto cubano, era un signo social que debía intensificarse. Las mujeres blancas se "encascarillaban" para enfatizar su blancura, mientras que las mulatas lo hacían para aproximarse al ideal. Estas últimas fueron objeto de crítica de algunos moralistas del siglo XIX, por intentar con esta práctica aproximarse al estatus social con estrategias de seducción. De este modo, el cosmético estaba al centro de una jerarquía racial y podía tener significados distintos dependiendo de quién lo utilizara.

Parece que muy celosas fueron las cubanas con el uso diario de la cascarilla. Virginia Felicia Auber de Moya lo sugiere así en una estampa costumbrista que recoge el libro Los cubanos pintados por sí mismos: "La otra mañana tuvo la insolencia de aparecerse aquí a las siete, para sorprenderme sin cascarilla", puso en voz de una joven.

La misma autora dedica, en 1860, un artículo en la revista femenina Álbum cubano de lo bueno y lo bello, a criticar la cascarilla que considera espanta a los hombres, oculta las emociones y las vergüenzas, daña y envejece la piel. Según ella, alguna "belleza agostada" debió inventar "la fatal costumbre de convertir la cara de carne y hueso en cara de cascarilla".

Para Auber de Moya, "decir en efecto ¡te amo! con unos labios de falso coral, despojaba a la pasión de su verdad y su embeleso; hablar de los combates del alma con una faz imperturbable que no podía sonrosearse ni palidecer, trocaba en parodia el más tierno idilio. […] Y ¿qué emoción puede expresar un rostro cubierto por la pintura inflexible, que como todo lo inanimado no anuncia la vida?".

Por su parte Emilio Roig, recordando a cronistas del siglo XIX, narró en Social que durante los bailes "con la agitación y el movimiento, la cascarilla iba pasando lentamente del rostro de las damas a las casacas de los galanes, que, al terminarse la danza, quedaban completamente blanqueados". Por tanto, para tener éxito en los bailes, "se necesitaba no solo ser buena bailadora, sino blanquear a sus compañeros lo menos posible".

Felicia Auber de Moya ofrece numerosos ejemplos de los momentos engorrosos provocados por la cascarilla, como cuando al sudar en un baile el rostro comienza a ofrecer un "extraño aspecto", o el peligro de emocionarse en una ópera pues las lágrimas arruinaban la homogeneidad empolvada. Lleva la autora la situación al ridículo diciendo que en vez de llorar reían para "sofocar su enternecimiento" y preservar el maquillaje, aunque parecieran desquiciadas. También alerta de esos polvos que les hacen toser cuando se desprenden al bailar o que pueden con una caricia inocente manchar el hombro de un caballero que no es su prometido, alimentando malentendidos. Alerta además del daño que causa en la piel, arrugándola. Para Auber de Moya, con los afeites de la época más de una cubana ha "enfermado el cutis y perdido la dentadura", o cuanto menos perdido la tersura de la piel.

El uso cosmético de la cascarilla en Cuba se pierde en las primeras décadas del siglo XX, cuando la Isla expande su comercio internacional y desarrolla la industria local de polvos faciales con marcas como Gravi, Crusellas y Agustín Reyes, que ofrecen nuevas posibilidades científica y estéticamente más amables a la mujer cubana.

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1 comentario

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Profile picture for user Pedro Benitez

En lo que a religión respecta, puede ser que la cascarilla sea un sustituto para efun; una arcilla de caolín blanca.