La historia del mueble en Cuba cursa caminos similares a la del vestir. Pues no puede hablarse de una manera de hacer autóctona, pero sí capaz de reinterpretar modas extranjeras y adecuarlas al contexto caribeño con practicidad, belleza y confort. El arte mobiliario cubano sigue siendo uno de los temas menos abordados y plantea grandes retos por la escasa documentación que le acompaña, y los pocos ejemplos históricos que se conservan en instituciones públicas. A pesar de ello, existe una colección valiosa dispersa en varios museos del país que, de conjunto, posibilita una apreciación evolutiva del mueble en Cuba, con representantes singulares de cada tipología y estilo desarrollado.
El mueble es parte sustancial del espacio de vida y ofrece inestimable información sobre las costumbres de cada momento histórico, espacio y clase social, los recursos que tenían a disposición, las influencias o paradigmas perseguidos. Notar su uso y presencia ayuda a entender múltiples rituales cotidianos, desde los modos en que esos objetos acompañaron, complementaron o protagonizaron reuniones, despachos, dormitorios, etc.
Queda muy lejos en la memoria, y pocos saben que en el siglo XVI, por ejemplo, las damas cubanas de familias acaudaladas cultivaban la costumbre del estrado. Ese dato se conoce por registros de dotes como la de María Recia, casada en 1588 con Gonzalo Vaca, y entre cuyos bienes se contaban dos estrados. Estos eran espacios muy femeninos, donde sobre una tarima cubierta por alfombras y montones de cojines de terciopelo bordados, se sentaban o tumbaban la anfitriona y sus amigas para conversar y compartir un refrigerio.
Probablemente el estrado caribeño no incluyó el brasero tan útil en la Península, pero sí formó parte de una ceremonia social muy preciada, que denotaba además cierta connotación aristocrática por su elevado coste. Era el "laboratorio filosófico de la ética horizontal", según las filólogas españolas Carmen Urbita y Ana Garriga, en cuyo podcast Las hijas de Felipe, dedicaron un estupendo capítulo ("En el estrado: una ética barroca de la inclinación"), a descifrar este espacio donde el mueble obliga a la postura y esta condiciona el intercambio.
Más allá de buscar un recuento del tránsito acaecido por la industria del mueble en Cuba, lo importante es notar aquellos aspectos que le dieron singularidad y distinguieron su producción. Aunque los modelos siempre provinieron de fuera —primero de España y luego de otros países europeos y Estados Unidos—, desde temprano el mueble tuvo la marca de los materiales locales y de la mano de obra disponible en el Isla.
A diferencia de otros productos de obligada importación —como las telas—, los muebles no fueron un recurso priorizado en los primeros siglos. Su producción podía cubrirse con la abundante madera de buena calidad de los bosques cubanos, y con el cuero, dos rubros de los que la Isla era notable exportador. Asimismo, existían suficientes carpinteros de rivera que, llegados para fomentar la industria naviera, alternaron con el oficio de ebanista. De este modo, Cuba tenía la mano de obra y los recursos naturales necesarios para fabricar sus propios muebles a partir de modelos importados.
No obstante, el tipo de artesano involucrado hizo que, de manera general, los muebles cubanos fueran más sencillos que los europeos, contaran con una decoración más discreta y líneas más rectas. En ellos destacaba, sobre todo, la calidad del material: la madera de cedro y de caoba. Según la filóloga Lilia Martín Brito, los arcones fabricados en estas maderas eran conocidos en México como "cajas de cedro de La Habana", lo que constata el tráfico comercial entre las colonias y la marca identitaria cubana.
En el Museo de Arte Colonial de La Habana se exhibe un arca del siglo XVII, que manifiesta la sencillez de las fabricadas en Cuba. En los listados de herencias y dotes de estos siglos la descripción apunta también a la calidad del material sobre la decoración. En la propia dote de María Recia se hace referencia, junto a tocadores labrados en oro y plata, a tres cajas de cedro como toda garantía de calidad, y que por el uso de esta madera se infieren fabricadas en Cuba.
A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, se amplió el catálogo de muebles demandado por la sociedad cubana, así como los referentes estéticos, provenientes también de Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. Entonces, según la historiadora María Mercedes Fernández Martín, "junto a la monumentalidad, el logro de profundas y elaboradas tallas determinó que los muebles cubanos resultaran más exóticos, además de ser más resistentes […] A medida que avanzaba el siglo XVIII y la moda del rococó se hizo más popular, las cómodas de sacristía cubanas adquirieron diseños mucho más ricos, con las líneas curvas del frente continuándose en sus costados y con las patas adelantadas y terminadas en voluta. Ese tipo de mueble está documentado en Cuba desde la década de los años 30 del siglo XVIII".
Este hecho le hace afirmar el origen cubano de un diseño de cómoda que se ha defendido estadounidense, el llamado "frente de bloque americano". Según ella, dicho modelo se desarrolló después de que ebanistas de California viajaran a La Habana, en 1741, y quedaran impresionados con la cajonera de la sacristía de la Catedral.
En general, la cómoda fue un mueble bastante popular en la Cuba colonial. De mueble de sacristía se adaptó, en pequeña escala, al espacio doméstico. Su uso fue significativo en salones y dormitorios, y su costosa factura marcó la condición social de quien podía permitírsela.
Otro mueble de procedencia extranjera pero que tuvo amplia aceptación en Cuba, llegando a identificar una marca nacional, fue el taburete. Su uso se documenta en la Isla desde el siglo XVII. El Museo de Arte Colonial de La Habana conserva exponentes de este periodo. En España el taburete designa una especie de banqueta sencilla sin respaldar. En Cuba el vocablo pasó a nombrar una silla humilde, pero con respaldo. Aunque tuvo presencia en todo tipo de vivienda, con el tiempo se asoció al espacio rural y al campesinado. En el cuadro de Eduardo Abela, Guajiros (1938), se representa en primer plano como uno de los atributos fundamentales de este grupo social.
El taburete cubano emplea además los dos materiales tradicionales del mobiliario cubano: la madera y la "vaqueta de la tierra" o cuero, utilizado a veces sin curtir tanto en el asiento como en el respaldo. En el cuadro Patio interior en Santiago de Cuba de Joaquín Cuadras Blez, puede observarse también la preponderancia de estos materiales en el mobiliario neoclásico del siglo XIX, correspondiente a una familia adinerada.
El carácter práctico y confortable que siempre acompañó la fabricación de muebles en Cuba, propició la adaptación de los diseños ornamentales europeos. Es el caso de las rejillas en sustitución de la tapicería. Uno de los muebles más apreciados con ese sistema es el sillón o mecedora, sobre todo aquella sin brazos llamada comadrita. Después de la pérdida del estrado devolvió el placer del reposo reclinado, que hubiera complementado mejor a la protagonista del cuadro La siesta de Guillermo Collazo, quien descansa sobre una silla de mimbre, un tipo de mobiliario de importación estadounidense que también gozó de gran popularidad en Cuba.
Fascinating look into Cuban furniture heritage really interesting how craftsmanship and cultural history are reflected in everyday pieces like chests and dressers. Thanks for sharing this insight. fgcrtqk https://airbrush.com/ru/ima…
En la casa de mis abuelos había un juego de muebles en la sala, que según ellos llegaron a Cuba con la intervención americana. Eran dos sillas de madera trabajada, con rejilla en el respaldar alto y también rejilla en el asiento. Les acompañaban dos comadritas.