Las artes decorativas del mundo entero han tenido representación en la casa cubana, que desde los siglos coloniales se afanó en servir su mesa y decorar ambientes con lo más selecto de la manufactura española, inglesa, francesa, china, etc. También el arte popular latinoamericano, principalmente mexicano, fue aprovechado desde lo funcional y lo decorativo. Sobre todo, las grandes fortunas cubanas pusieron gran empeño en poseer la cantidad y variedad de enseres que les sirvieran en su vida doméstica y social, y manifestara un poderoso vínculo con los estándares del antiguo continente.
Esto llevó al desarrollo de grandes colecciones, algunas de las cuales constituyen hoy los fondos de los museos nacionales. El aspecto más interesante en este caso, fue que la adquisición de esos objetos también implicó una conducta activa en el proceso creativo, con el encargo de artículos personalizados que han dejado una huella en las artes aplicadas y las manufacturas internacionales, de la cultura y la historia cubana.
Entre los primeros ejemplos reseñables están las vajillas personalizadas que las familias de la aristocracia nobiliaria encargaron a las más prestigiosas fábricas europeas donde, en elegantes o coloridos diseños neoclásicos y neorrococó, insertaron sus blasones. Vajillas enteras se elaboraron en fábricas parisinas, con privilegio de las porcelanas de Limoges y Sèvres. Entre las marcas inglesas más recurridas estuvieron: Worcester, Davenport, Alcocks, Crescent, Spode, Adams. De España, varias piezas son provenientes de la fábrica Pickman de la Cartuja de Sevilla, y de la Real Fábrica del Buen Retiro, en Madrid. Por supuesto, no faltaron encargos a la cuna de este arte, y algunas vajillas cubanas fueron hechas con porcelana china de Cantón o Guangzhou.
La cantidad de piezas dependía del número de comensales, estilo del servicio (a la francesa o la rusa) y tipos de reuniones sociales previstas. Esto hacía que una sola familia poseyera varios juegos adecuados para cada ocasión. Lo significativo era que estaban ornamentados con la heráldica familiar o el monograma que distinguía a su propietario. Estas marcas eran enviadas a las fábricas para su reproducción y se situaban al centro o en el borde de la pieza. Algunas de las matrices se conservan en los archivos de las fábricas europeas.
De este modo, ya fuese acompañado por un ribete de color o en medio de una decoración geométrica o fitomorfa, aparecían las iniciales del apellido ilustre o título nobiliario, el escudo familiar o ambos elementos combinados. También se estiló reproducir dos blasones familiares juntos, connotando su unión a través del matrimonio, y por tanto la alianza de ambas fortunas y distinciones.
Además de su uso práctico y decorativo, algunas piezas se fabricaron como regalo. Fue una práctica recurrente intercambiar y coleccionar vajilla de otras familias, fundamentalmente platos. Estas piezas se utilizaban para decorar la pared del comedor y así ilustraban la relevancia del linaje y sus contactos sociales.
Ha de tenerse en cuenta que, entre 1713 y 1897, se otorgaron 99 títulos nobiliarios en Cuba, lo que puede dar una medida del patrimonio legado desde la segunda mitad del siglo XVIII y la combinación de piezas que llegaron a confluir. El coleccionismo de estas obras se extendió todavía con fuerza a la primera mitad del siglo XX, cuando aún existían 38 títulos confirmados por sucesión en la Isla.
Además de la ornamentación heráldica, está el caso interesantísimo de la reproducción de vistas de Cuba. Vajillas completas se hicieron con distintas escenas costumbristas y paisajes cubanos ilustrados por grabadores del siglo XIX como Frédéric Mialhe, Hippolyte Garneray, Alexandre Moreau y Laureano Cuevas.
Casi instantáneamente, estos grabados publicados en álbumes-souvenir que recorrieron el mundo mostrando la esplendorosa y exótica Cuba, cumplieron igual cometido en la cerámica. En el nuevo soporte mantuvieron el pie de grabado que describe el paisaje o escena, lo que reafirma su interés referencial. Por lo general son piezas de decoración monocromática en siena, azul, rojo, violeta o verde.
En el centro histórico de La Habana se conservan varias fabricadas en loza sevillana de la Pickman. Asimismo, el Museo Nacional de Artes Decorativas, tiene algunos platos de loza de Staffordshine, comercializadas con el tema “spanish festivities”, que reproducen los grabados del Día de Reyes de Frédéric Mialhe.
Este tipo de loza tuvo una amplia difusión en Europa, por lo que múltiples piezas se encuentran hoy en museos, colecciones privadas y aparecen en lotes de importantes casas de subasta. El Museo de Bellas Artes de La Coruña, por ejemplo, posee una buena representación de este tipo de vajilla, que corresponde a la mejor etapa productiva y artística de la Real Fábrica de Sargadelos, de Lugo, elaborada entre 1845 y 1862. Solamente esta industria tuvo cincuenta puntos de venta en toda España.
A finales de la década de 1940, se retomó la producción de vajilla personalizada, en esta ocasión por parte de la afición beisbolera. Una vez más se estampó en la cerámica un trocito de orgullo identitario que dejó una amplia estela de enseres, sobre todo juegos de tazas de café con sus piezas complementarias. También se hicieron tazas de chocolate, platos, búcaros, jardineras y adornos variados; muchos fabricados en Japón y pintados a mano.
Independientemente de la forma del recipiente, mostraba siempre el logo y el color del equipo que representaba. De esta forma, las ilustraciones contenían la inicial y la mascota asociada al equipo de preferencia de la Liga Cubana de Béisbol Profesional. Fueron cuatro a los que se dedicaron vajillas y adornos-souvenir: Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao. Aunque tal vez no son estéticamente comparables con los ejemplos anteriores, la vista de aquellos leones, alacranes, elefantes y tigres debieron representar mucho para quienes les dedicaron un espacio en su hogar, y convidaron a amigos y enemigos en el deporte a un café ilustrado.
Excelente artículo... ¿No se creó una fábrica en la Isla de la Juventud o de Pinos? "A mal tiempo, buena cara", decía mi madre, cuando servía croquetas Cielito Lindo en los platos de Limoges que sobrevivían en casa.