Las regulaciones urbanas están, claro está, para ordenar el desarrollo de las ciudades de un modo sostenible, funcional y estéticamente coherente. Su aplicación tiene incidencia directa en el paisaje urbano resultante, y en las dinámicas y calidad de vida de la población. Pero hay épocas que imponen rupturas con lo precedente y obligan a revisar que lo normado no se convierta en impedimento para el avance de nuevas y valiosas propuestas.
Muchas veces la práctica antecede la norma y, antes de que sea valorada su asimilación formal, nuevas propuestas se infiltran de modo más o menos sutil en el panorama citadino, obligando a que la ley las siga para aceptarlas o prohibirlas si no convienen.
Algo así sucedió en la primera mitad del siglo XX con los edificios altos de La Habana, donde la concesión o excepción para la construcción de unos —generalmente amparada en favores personales hacia los propietarios—, fue obligando la aceptación de otros. Hasta que el Decreto-Ley 407 de la Propiedad Horizontal, respaldó a partir de 1952 el crecimiento en altura del parque inmobiliario. Al mismo tiempo, el Decreto-Ley 750 de Fomento de Hipotecas Aseguradas, en 1953, posibilitó el financiamiento de la mayoría de los proyectos, multiplicando el número de viviendas y de posibles inversores.
El aumento de la población capitalina y la consecuente demanda de vivienda, impulsó desde la década de 1920 la construcción de edificios de apartamentos, en propiedad o de alquiler. Esta variante ofrecía un mejor aprovechamiento del uso del suelo, cuyo coste también estaba en continuo ascenso. Sin embargo, había límite para crecer. Las regulaciones vigentes de 1861, normaban un máximo de 21,07 metros para las construcciones situados en las vías principales o de primer orden, 19,19 para las de segundo orden, 18,31 para las de tercero y 14,51 para las de cuarto. Estas medidas totales correspondían al puntal autorizado para cada uno de los cuatro niveles permitidos, debiendo tener un edificio de una calle principal, por ejemplo, un máximo de seis metros en la planta baja, otros seis en la primera planta, 4,89 en la segunda y 4,18 en la tercera.
De esta imposición surgió una contravención ingeniosa que amplió el número de apartamentos en el mismo inmueble pero enmascarados. Me refiero a la incorporación del dúplex, una modalidad de distribución de vivienda que reduce los espacios de circulación e implica una optimización de la superficie construida, al emplear dos plantas conectadas por una escalera interior. El dúplex diferencia los ambientes, situando abajo las áreas sociales o comunes de uso diurno, y encima las habitaciones privadas de uso nocturno; lo que supuso además una modernización del espacio doméstico tradicional cubano.
Con su uso el arquitecto aprovechaba el alto puntal regulado en las ordenanzas, sobre todo para las vías principales, y lo subdividía aumentando el número de apartamentos por planta. Para disimularlo, el diseño de la fachada parecía mantener el máximo de pisos normado, cuando en realidad los entresuelos se duplicaban. Esta tipología de vivienda permitió hacer los proyectos económicamente accesibles, pues hasta la Ley de Propiedad Horizontal, cada apartamento no era entendido como una finca independiente y no se podía financiar como tal.
A partir de la década de 1940, se dieron variantes que combinaban viviendas tradicionales y dúplex en un mismo inmueble, y otras donde todo era dúplex. El arquitecto Ángel Manuel Álvarez Gómez realizó un estudio en La Habana donde identificó 27 edificaciones que incluyen dúplex, construidas entre 1942 y 1957.
El primer edificio construido con todos los apartamentos de este modo se hizo en 1944. Obra del arquitecto Manuel Ángel González del Valle, está situado en Marina no. 61 esquina a Hornos, en Centro Habana. Su nombre "Dúplex", reflejado en la marquesina de entrada, sin dudas funcionó en la promoción de esta modalidad de vivienda.
La introducción del dúplex coincidió con el desarrollo del Movimiento Moderno, por lo que todos los inmuebles de este tipo se identifican con dicha estética. El lenguaje racionalista supo trabajar con creatividad sus fachadas, sacando provecho de la distribución interna para desplegar recursos de diseño que los hacían doblemente atractivos. Jugó así a agrupar o segmentar las células dúplex en la composición exterior, en especial con el diseño de terrazas, balcones y ventanas.
Un ejemplo que afortunadamente sorteó la ley, fue el de la esquina de 23 y 26 (1950), del arquitecto Antonio Quintana. Ejemplo exquisito de modernidad, sostiene su torre apantallada solamente sobre cuatro columnas, quedando sus extremos suspendidos seis metros a ambos lados. Originalmente, su planta baja y la primera quedaban libres, dejando a vista el alarde estructural. Luego aparecen las secciones de tres plantas —que realmente son seis—, y encima del todo el penthouse con una amplia terraza que estiliza el volumen arquitectónico.
A partir de 1952 no hizo falta continuar enmascarando la cantidad de pisos, por lo que la libertad compositiva que alcanzaron los edificios dúplex fue mayor. La tipología se incorporó a los edificios altos, especialmente en los pisos superiores, y se asumió como el modelo de apartamento mejor cotizado después del penthouse. Además de las excelentes visuales, ambos disponían de mayor superficie, pues en los edificios modernos el apartamento simple podía tener entre 100 y 200 metros cuadrados, mientras que el dúplex alcanzaba de 180 a 200 metros cuadrados, y el penthouse de 200 a 460 metros cuadrados. Su estatus diferenciado llegaba incluso a priorizar para el propietario del penthouse y del dúplex, las plazas de garaje disponibles en el nivel soterrado.
Del dúplex clandestino al dúplex cotizado, han quedado ejemplos excepcionales que visten la ciudad con excelentes diseños arquitectónicos y una concepción de vivienda de alta calidad estética y funcional, como son el edificio de Calzada y 8 (1950) de Max y Enrique Borges; el de 17 y 2 (1951), de Carlos Artaud; el de 21 entre 2 y 4 (1951), de Carlos Uhrbach; y el Naroca, en Línea y Paseo (1955), de Darío Rojo, entre otros.
Afortunadamente, la conveniencia de su propuesta distributiva pudo ser asimilada. Así, de recurso práctico para optimizar la superficie construida manipulando lo regulado, pasó a ser propuesta de alto estándar en el diseño interior e inspiración para la concepción volumétrica y estética de las fachadas modernas.
excelente articulo, como siempre... "casino deportivo"... pudiera ser Luis Sáenz Duplace? Quintana como buen Arquitecto se quedaba con el credito... Alberto Beale, Manuel A. Rubio y Augusto Pérez Beato tambien participaron ...
Y con la Revolú llegaron los “artesanos del espacio” y sus duplex-barbacoas, que permitieron alojar en La Habana a medio millón de heroicos orientales
En el edificio de 23 y 26, el error fue haber permitido posteriormente, el cierre de una parte del piso inferior para hacer una cafetería, quitándole parte del encanto que se logró, como dice Yaneli, del alarde estructural. Agradecería a Yaneli si tiene el dato del ingeniero estructural que participó en el diseño,
Los ingenieros estructurales no eran famosos en edificios, la fama era para los arquitectos.
Recuerdo el edificio que se sostenia en una columna central por los los 2 primeros pisos, area que se usaba como parqueo. La susodicha cafeteria originalmente sera un restarante chino, y los comentarios de la epoca (ya con la desgracia comunista andando) era que se iba a caer.
No creo que aporte mucho estructuralmente al edificio este "invento miliciano".
Tiene mucha razón Cacique el ingeniero estructural casi siempre está subordinado al diseño del arquitecto, más en el caso de edificios. Mi pregunta a Yaneli es una curiosidad muy particular, pues yo soy ingeniero estructural y en algún momento en mi época de estudiante, algún profesor hizo referencia al edificio y tengo una vaga idea que mencionó al ingeniero Manuel Babe Ruano, como su diseñador estructural, pero no recuerdo exactamente. Si al edificio que haces referencia es el mismo de 23 y 26, el soporte eran 4 columnas no 1 y el restaurante chino estaba en el segundo piso y se llamaba Yangtse, la cafetería a la que me refiero estaba en el primer piso, que era usada como Coppelita y la fachada hacia la calle 23 era en cristal mayormente, pero aún así rompió con el concepto visual que quería lograr el arquitecto Quintana. Gracias.
Los ingenieros estructurales cubanos sentaron catedra. Posiblemente la obra maestra fue el Puente Bacunayagua (en la Via Blanca) considerado por muchos años la estructura de concreto mas alta del mundo.
Otra mas de su giro: sabe que el cimiento del Hotel Habana Hilton es un circulo de vigas fundida en el diente perro?
El puente de Bacunayagua fue diseñado por la oficina de los ingenieros y al menos uno de ellos también arquitecto Vila-Saenz que no esperaron mucho para irse del país y gran peso del diseño cayó sobre el ingeniero José “Pimpo”Hernández quien era estudiante en ese entonces y fue captado tempranamente por la firma, pues ya despuntaba como un genio.
El detalle de la cimentación del Havana Hilton no lo conocía. Muchas gracias.
Excelente artículo de Yaneli Leal. El edificio de 26 y 23 es un hito en la arquitectura de su tipo en Cuba. Quintana, como se sabe, nos honró con su talento. Fue José Rodríguez Feo, que ocuparía el ático --famoso por los artistas y escritores que lo visitaron-- quien encargó a Quintana su novedoso diseño. Contrasta con tanto inmueble gris o kitsch de la época.