A Ekaterina Furtseva, la ministra de Cultura soviética, no le gustó nada lo que había visto aquella noche en el sagrado escenario del Bolshoi. El nuevo ballet, protagonizado por Maya Plisestkaya, no era lo que ella había aprobado como un proyecto que ratificaba la solidaridad entre su pueblo y el de Cuba, de dónde había venido aquel coreógrafo para crear una nueva versión de Carmen. Nada de los pasos clásicos, nada que recordara directamente a Don Quijote, por ejemplo, que es lo que la Furtseva esperaba de aquella producción.
La sensualidad, el erotismo de la coreografía, habían irritado en grado sumo a aquella funcionaria, quien llegó a considerar la pieza como un "atentado a una heroína del pueblo español". Y trató denodadamente de borrar aquella pieza "formalista" del repertorio, apenas salió del estreno. Por suerte no lo consiguió, aunque no pocos dolores de cabeza le costó a la gran bailarina, a su esposo Rodion Schedrin y a varios aliados, evitar que tal cosa sucediera. Hoy, Carmen Suite, la obra maestra de Alberto Alonso y que la Plisestkaya le había pedido expresamente, como un gesto de renovación y rebeldía, se sigue bailando en numerosos escenarios.
Ha pasado mucho desde aquel 1967, y para entender mucho de lo que había de frescura en esa Carmen, hay que añadir a esos nombres mencionados el de una mujer de talento excepcional, belleza rotunda, y capaz de inspirar gran parte de lo que ahora reconocemos cada vez que vuelve a iluminarse el escenario, y comienza una nueva representación de Carmen Suite.
Esa mujer es, por supuesto, Sonia Calero, la musa y esposa de Alberto Alonso, quien acaba de cumplir 90 años. Nacida en 1936, ya a los 14 años estaba bailando como profesional, gracias a sus magníficas dotes para la danza, tras pasar por el Conservatorio Municipal de La Habana. De los estudios de piano pasó al salón de barras y espejos, y ahí demostró, aquella adolescente de origen humilde, condiciones que la hicieron destacarse rápidamente. En la audición que le permitió entrar a ese ámbito, Alberto Alonso era parte del jurado de admisión. Sería el primer contacto con el coreógrafo al que terminaría uniéndose, en 1964, y la relación sentimental fue tan intensa como la que mantuvieron en términos creativos en varias etapas de su vida.
En 1950, cuando ocurre su debut e integra el Ballet de Pro Arte Musical y la compañía de Alberto Alonso, Sonia Calero vive en La Habana del esplendor de nuevos ritmos, como el mambo y el cha cha chá, y la televisión va ganando cada vez mayor presencia. En ese medio, tanto como en el cabaret y los centros nocturnos que no descansan en la capital, ella tendrá espacios donde exponer su talento, su elegancia, su belleza y su fotogenia, destacando rápidamente ante los espectadores.
En programas como Cabaret Regalías, de CMQ, será una presencia constante, acompañada por Luis Trápaga o Víctor Álvarez. Alberto Alonso la coloca al centro de coreografías como La rebambaramba, a partir de un guion de Alejo Carpentier, y en El solar, estampa de 1953 que luego crecería a un formato más ambicioso. Dominando como nadie su cola de rumbera, Sonia Calero se hizo reconocible y famosa. Los secretos de los bailes populares cubanos eran suyos, y con Alberto Alonso llegaría a tener esa comunicación tan provechosa entre sus respectivos talentos que hacen pensar en otras, como las de Bob Fosse y Gwen Verdon, que también resultaron decisivas en el aporte de un aire renovado y más interesante en Broadway por aquellas fechas.
Alberto Alonso era capaz de entender y ampliar el lenguaje del ballet clásico y encontrar nexos entre esas formas y lo popular, y encontró en Sonia Calero una intérprete ideal en ese sentido. La guagua, La mujer de Antonio, El muerto se fue de rumba, fueron otras de las estampas presentadas por ambos en ese periodo, donde quedaba clara ya la noción de una nueva manera de trasladar lo cubano, sin vulgaridad ni reducido a estereotipos, a nuevas búsquedas.
Para 1960, Sonia Calero está presentándose en la revista Pachanga en Tropicana, junto a las orquestas de Antonio María Romeu y Riverside, junto a Felo Bergaza, Esther Borja, Felipe Dulzaides y Los Armónicos. Alterna ese tipo de trabajo con su rol de profesora en la Escuela Nacional de Instructores, cuyas aulas estaban aún en los hoteles Comodoro y Copacabana. En 1964 ella misma dirige el show Canciones en la noche, en el Parisién, y en ese espectáculo se estrena una canción de Ela O'Farrill que será tan famosa como problemática: "Adiós, felicidad". Y en 1964, retomando la idea de aquella estampa de 1953, el Conjunto Experimental de Danza de La Habana, creado por Alberto Alonso, estrena El solar. Su dueto con la escoba, su gracia estilizada, su técnica impecable y la sensualidad natural de su presencia, añadieron a la coreografía un toque especial, que no dejó a nadie indiferente. En marzo de 1965, con el Teatro Musical de La Habana, se había estrenado Un día en el solar, tercera variante a partir de aquel concepto, y el éxito es rotundo. Las funciones en el Teatro Mella confirman lo que luego, por desgracia, no llegará con el mismo impacto a su versión cinematográfica, dirigida por Eduardo Manet. Pero en la película está Sonia Calero, espléndida a toda pantalla.
Con escenas de esa obra se integran al Gran Music Hall de Cuba y pasan por París y Moscú, y allí es donde la madre de Maya Plisetskaya descubre lo que tal vez su hija necesitaba para desempolvar el repertorio del Bolshoi, como se cuenta en las memorias de la gran bailarina. Ese era el lenguaje que ella quería para su Carmen, y en Sonia Calero estaban las claves de todo lo que el personaje necesitaba. En el intermedio de la función, cuando Plisestkaya abordó a Alberto Alonso para unirlo a su proyecto, le decía: "Como ella, como ella", señalando a la musa y esposa del coreógrafo, según lo ha contado la propia Sonia. Poco imaginaban el efecto que iba a tener esa Carmen Suite tras su estreno en 1967, año en el que también estrena Alicia Alonso esa excepcional coreografía, convirtiéndola en uno de sus roles más aplaudidos.
Pero Sonia Calero siempre supo mantener a distancia el mito de Alicia, con la cual no estaba dispuesta a rivalizar: "Alberto vio en mí la cosa cubana, y me ayudó a desarrollarme en eso, que era lo que yo hacía mejor. Yo no podía competir con Alicia Alonso… y ni quería competir. Alicia Alonso era una estrella. Lo que yo quería era bailar y Alberto desarrolló eso que yo tenía, que era la cosa cubana y la rumba. Y puedo decir que he paseado la rumba por todo el mundo", reveló hace algunos años en una entrevista que concedió a Orlando Taquechel en su residencia de Miami, con la seguridad de quien puede ser admirada como una reina por derecho propio.
Prueba de ello fue el estreno de El güije, coreografía que Alberto crea expresamente para ella en el mismo año del estreno de Carmen Suite, y que será una excelente muestra de la madurez de Sonia Calero, quien consigue elogios deslumbrantes del crítico Arnold Haskell, el mismo que acuñara el término de "las cuatro joyas". De ella dijo Haskell: "Sonia es una paradoja soberbia; orgullosa e impúdica, primitiva y clásica, atrayente a todos y a la vez, tan infinitamente sutil que ella siempre es un misterio".
Integrada en 1966 al Ballet Nacional de Cuba, interpretó papeles como la Madre de Giselle, junto a la Alonso, en numerosas ocasiones. También apareció en obras como Conjugación, Edipo Rey o La audición, y en 1986 se le brindó una gala de homenaje por toda su trayectoria en el Gran Teatro de La Habana. La recuerdo especialmente bailando sobre los acordes de Entre dos aguas, la pieza de Paco de Lucía, uniendo como nadie la gracia de lo cubano y lo español a paso de rumba elegante, en un video que la televisión cubana transmitía de vez en vez. Esa es la imagen que muchos aún guardamos de Sonia Calero, quien seguiría unida a Alberto Alonso hasta el fallecimiento del genial coreógrafo, en 2007.
En la década del 90 ambos se habían radicado en México y luego pasaron a Estados Unidos. El documental Dance in my Heart, dirigido por Ricardo Acosta, no solo es un tributo a la gran trayectoria de Alberto Alonso, sino un reflejo vívido de lo que, desde el amor hacia el baile, los unió en la vida y en la escena. En ese documental, vemos a Alberto Alonso de regreso a Moscú, para el reestreno de la Carmen Suite que protagonizó Svetlana Zakharova, en el mismo teatro del cual saliera Ekaterina Furtseva como una tromba, dispuesta a borrar esa coreografía de la historia del Bolshoi. Ya sabemos quién tuvo al respecto la última palabra.
En esa historia, y en otras muchas de la danza cubana, es imprescindible mencionar a Sonia Calero. Cuando en Cuba celebramos el centenario de Alberto Alonso, envió palabras de agradecimiento a quienes les mencionamos y evocamos. En 1965, tras haber estrenado Un día en el solar, él dijo de ella a La Gaceta de Cuba: "¿Sabe usted? Pocos conocen lo que vale esta mujer. Es fuerte, entera, modesta". Y ella, en la misma entrevista, afirmó de Alberto: "Yo era su alumna. Pero siempre le quería. Siempre lo he querido, yo creo. En definitiva yo estoy hecha por él. No sé cómo decirle. Él tiene un talento. Y además estoy enamorada de él, figúrese".
En Miami, donde apareció en galas invitada por Meme Solís y otros colegas, siguió ganando aplausos y siendo reconocida como lo que es: una de nuestras artistas más queridas y una de nuestras mejores bailarinas. Su mito perdura, como su belleza y el respeto que logró ganarse, hasta el presente. Vale felicitarla, recordando otra de las frases que le dedicó Arnold Haskell, y que la revista Cuba en el ballet reprodujo en 1986 con motivo de aquel homenaje en el hoy cerrado Gran Teatro de La Habana: "Cuando yo recuerde esta bella isla bañada por el sol con sus mujeres garbosas, será en Sonia en quien piense. Ella pertenece al grupo verdaderamente de las grandes". Toda su vida sirve de prueba a semejante afirmación.
Aún la recuerdo. Paradigma de la rumba y la gracia de la mujer cubana. Desde entonces no ha aparecido nadie que la haya igualado.
Gran artista cubana de las que ya no hay, ahora todo es chusmería y bochinche.
Furtseva obligó a cambiar el vestuario, Carmen tuvo que taparse con una especie de sayita porque las mallas originales le parecieron escandalosas. Aunque la coreografía fue creada para Plisetskaya Alicia no iba a quedarse comiéndose los mocos y decidió bailarla también (sin sayita) para demostrar que ella era "la más". Ambas bailarinas competían por ver quién se desintegraba primero sobre el escenario.
La vi bailar con todo su talento desplegado al son de la rumba cubana ! ¡A quitarse el sombrero!
Muchas gracias al autor por este bonito recuento sobre Sonia Calero.