La arquitectura tiene la virtud de servir de vehículo para perpetuar proyectos faraónicos que, independientemente de su propósito, por su alarde técnico y recursos empleados se convierten en marca de la capacidad "constructiva" de un gobierno. De ahí que no pocos han pretendido llevar a efecto obras de impacto, convertidas en propaganda perpetua, pues su capacidad de impresionar es atemporal.
Después de la amplísima labor constructiva de la Cuba republicana, la más amplia hasta hoy en la historia del país, el Gobierno de Fidel Castro acometió desde la década de 1960 un amplio plan de obras industriales que reforzaron la sólida infraestructura fabril expropiada al llegar al poder. Hasta finales de la década de 1980 se hicieron cientos de estructuras vinculadas a la industria agropecuaria, pesquera, metalúrgica, mecánica, electrónica, química, de materiales de construcción, etc. También se trabajó en el desarrollo de la infraestructura vial y energética.
Uno de los proyectos de gran impacto fue la construcción de embalses. El salto numérico de los 13 que existían en 1959, a las 226 presas y más de 1.000 micropresas construidas posteriormente, define el esfuerzo acometido en la empresa. Algunas relevantes son: la Carlos Manuel de Céspedes (1968), en Santiago de Cuba; Alacranes (1972), en Villa Clara; Zaza (1973), en Sancti Spíritus; Jimaguayú (1974), en Camagüey; La Yaya (1973), en Guantánamo; Moa (1988), en Holguín; y Cauto el Paso (1991), en Granma.
Este proyecto faraónico vinculado al abastecimiento de ciudades y regadíos, estuvo motivado por la vulnerabilidad física del país, constatada en las sequías de 1961 y 1962, y en los destrozos causados a la economía agraria por el huracán Flora en 1963, así como las más de 1.000 muertes provocadas por las inundaciones de dicho fenómeno atmosférico. A partir de entonces, se decidió regular el agua como recurso natural y también como elemento de seguridad nacional. Todo ello fue contenido de un plan estratégico denominado Voluntad Hidráulica, que gestionó el recién fundado Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH). Esta política también favoreció el desarrollo de la energía hidráulica, siendo la Central Hidroeléctrica Robustiano León o Hanabanilla (1952-1963), la más relevante.
La transformación de la geografía hídrica cubana durante la segunda mitad del siglo XX ha sido considerada una de las estrategias de infraestructura civil más centralizadas y de mayor escala del Caribe. De los 46,4 millones de metros cúbicos que tenía Cuba como capacidad de reserva en 1959, llegó a poseer 9.061,51 millones, pudiendo proveer a un millón de hectáreas de tierra cultivada frente a las 160.000 anteriores.
El diseño de esta infraestructura implicó además la rectificación de más de 1.000 kilómetros de cauces de ríos y la obra de más de 1.300 diques para proteger los cultivos. Sin atender al impacto medioambiental y el propio sostenimiento de la agricultura a largo plazo, todas ellas se celebraron como garantes del desarrollo agrícola del país —fundamentales para cultivos como el arroz y los cítricos—, así como para la industria acuícola.
Sin embargo, bajo el lema "Ni una gota de agua al mar", la Voluntad Hidráulica transformó sustancialmente el funcionamiento natural de las cuencas hidrográficas, alterando la salud de los ríos y del manto freático, su relación con la tierra y con el ecosistema costero. Para que se tenga una idea de la dimensión que alcanzó en algunas zonas, solo la cuenca del río Zaza tiene tres grandes embalses —uno de ellos el mayor del país con una capacidad de almacenamiento de 1.020 millones de metros cúbicos— y 41 micropresas.
Por otra parte, cuando en la década de 1980 se puso interés en explotar turísticamente la paradisíaca cayería norte cubana, se inició otro proyecto con afanes de grandeza traducido en la construcción de pedraplenes que comunicasen la Isla con los cayos y estos entre sí. El primer tramo, concluido en 1988, unió Ciego de Ávila con Cayo Coco.
La vía, de 24,3 kilómetros de largo por 16 metros de ancho, debió salvar una profundidad de entre 1,5 y 5,0 metros. A lo largo se le hicieron 22 puentes de 20 metros cada uno, que se han mostrado ineficaces para balancear la irrupción que implicó la colocación de esta especie de dique en el entorno natural.
A partir de entonces se avanzó hacia el este, comunicando Cayo Coco con Cayo Romano, y este último con Cayo Paredón Grande. Poco después se comunicó el oeste enlazando Cayo Coco con Cayo Guillermo. La consigna política que acompañó el proyecto y que tuvo continuidad en otros pedraplenes construidos en la costa norte del país fue: "Aquí hay que echar piedras sin mirar para adelante". Esta sentencia señala el voluntarismo con que fue acometido, por encima de cualquier otra razón que previera el impacto futuro de lo que se estaba haciendo.
Como tantos otros proyectos de obras públicas cubanas, faltaba el sostén que otorga el análisis mesurado que, más allá del objetivo primario, entiende el alcance de la obra vinculando aspectos diversos que deben gestionarse también en el mediano y largo plazo. Tan agresivos fueron para el entorno natural los pedraplenes como la construcción intensiva en los cayos, que degradó el paisaje natural terrestre y las lagunas estuarias, así como la vida de la fauna y la flora local.
Según resume el geógrafo Eudel Cepero: "Las consecuencias no se hicieron esperar en la Bahía de Los Perros, cortada en dos por un inmenso 'dique-pedraplen': variaron la salinidad, densidad, temperatura y el oxígeno disuelto en el agua, desapareciendo el 83% de las especies marinas comerciales lo cual eliminó prácticamente la actividad pesquera en el tradicional puerto de Punta Alegre, al registrarse en 1990 uno de los más bajos niveles de captura de su historia con 854.8 toneladas. Algo similar pasó con los manglares, de las aproximadamente 10.000 hectáreas solo el 47% sobrevivió mientras que el 95% del mangle rojo murió, al tiempo que se reducía en más de un 60% las zonas propicias para el hábitat del flamenco y la corúa".
En el próximo artículo ahondaremos en las consecuencias que sobre el patrimonio natural tuvieron estas obras mesiánicas que, desde su propio concepto político, negaron el sostenimiento y balance ecológico y medioambiental del archipiélago cubano.
La construcción masiva de represas, en un principio, no era una mala inversión, pero como todos los planes sin estudios exhaustivos y serios del Cagandante, no solo ignoraron el impacto ecológico, sino el propio estudio necesario para su construcción. Uno de los ejemplos más claros fue la construcción de la presa Paso Seco al sureste de La Habana, sin concluir los estudios de suelos necesarios, dando como resultado la construcción de una cortina mucho mayor que la necesaria dado que mucha agua de la que sería retenida, se filtraba hacia el manto freatico, que al menos, enriquecía la cuenca de Vento, pero esto se supo después y se quiso presentar como un gran logro, pero nunca se pudo justificar el costo innecesario de tan elevada cortina, que solo fue alcanzado su nivel durante el paso del huracán Frederic, un fenómeno de probabilidad de ocurrencia de uno en doscientos años.
Los pedraplenes, a pesar de ser otro invento de Fidel Castro, recuerdo cómo en algunos artículos de la prensa fueron señalados los daños al medioambiente, a las especies marinas en esas zonas. Signo de lo descabellada que fue esa "obra faraónica", como acertadamente la califica la autora.