La arquitectura vernácula religiosa constituye una de las expresiones más auténticas del vínculo entre espiritualidad, territorio y cultura. A diferencia de los grandes templos diseñados por arquitectos académicos, este tipo de obras surge de procesos colectivos y adaptativos. Esto le conecta profundamente con lo local y le convierte en registro de las condiciones de vida de una época determinada, evidenciando sus recursos materiales y humanos, principales intereses y conocimientos técnicos. De ahí que guarden un profundo valor antropológico y documental, posibilitando comprender cómo las comunidades han interpretado lo sagrado desde su realidad cotidiana.
El origen de varias iglesias que tenemos hoy en Cuba estuvo en una ermita o en una capilla campesina que dio servicio a una pequeña comunidad. Una vez que se consolidó la población y ganó en recursos materiales, se sustituyeron algunos de esos primeros templos por obras de mejor factura y complejidad constructiva. Es el caso de iglesias como la de San Francisco de Asís, junto al puerto de La Habana, que inició siendo de un templo uninave con paredes de cantería, ladrillo y techo de madera; y terminó en un edificio monumental de piedra, con tres naves, cúpula, bóvedas, una elaborada ornamentación barroca y la torre más alta de la capital.
En este proceso de modernización se han perdido las primeras obras, aunque algunas conservan amplia documentación histórica. No obstante, hay excepciones que perviven como vestigios valiosos de tiempos fundacionales. Es el caso de la Ermita de la Inmaculada Concepción y Santo Cristo del Potosí, de Guanabacoa. Una pequeña iglesia, cuyo valor no reside en la monumentalidad, sino en su capacidad para condensar las formas de vida, materiales, saberes constructivos y creencias del siglo XVII cubano.
La primera noticia que se tiene de su construcción en la Loma de la Cruz es de 1641, cuando se autorizó a Juana Recio, heredera de una de las primeras familias habaneras, a construir un templo de tabla y guano. Inaugurado en 1644, pronto fue reconstruido con muros de mampuesto y sillería, cubierto por un techo de armadura de madera y tejas. Aunque en lo adelante se reparó en varias ocasiones por daños ocasionados por huracanes, algunos autores marcan la fecha de 1675 como el momento en que se definió su diseño y estructura actual.
La Ermita del Potosí representa la tipología de la iglesia prebarroca cubana. Es un templo de una sola nave unida al presbiterio de la cabecera. Tiene apenas una puerta principal y dos laterales. Tanto al interior como al exterior es de una sencillez ornamental extrema, apenas destacan las tres portadas con un par de pilastras toscanas, el suelo de losas de barro y la armadura de madera de par y nudillo con tirantes pareados. Más allá de la forma semiortogonal que la cubierta adquiere en la cabecera, no tiene más elaboración ni decoración. Al exterior su alero es de tejaroz, el más sencillo y común de los empleados en La Habana primitiva.
Aunque estaba prevista, no llegó a incluir torre campanario, por lo que conservó la solución más práctica y discreta: una espadaña. En este caso está situada en una de las esquinas del templo, lo que define su imagen peculiar.
La Ermita del Potosí transmite por tanto la esencia de la sencillez prebarroca, y comparte los códigos de la arquitectura residencial del siglo XVII: mampuesto como sistema constructivo, simplicidad volumétrica, cubierta de armadura de madera y tejas, perfil bajo, y escasa ornamentación que solo enfatiza la portada y la carpintería pintada de azul.
En la década de 1850 tuvo una ampliación que le incorporó dos estancias laterales para sacristía y vivienda del capellán. Ambas le otorgan la apariencia actual de cruz latina. Asimismo, a partir de 1814 se desarrolló a su alrededor un cementerio, que con el tiempo la rodeó y aisló con su muro perimetral, convirtiéndola en capilla del camposanto.
Sobre el conjunto de edificaciones religiosas habaneras decía Emilio Roig que, salvo rarísimas excepciones como la Iglesia de la Merced, "en vano tratará el piadoso visitante o el curioso turista de encontrar algo que lo embargue de místico arrobamiento y eleve su espíritu a otras fantásticas regiones que suponga más puras y nobles que la del mísero planeta en que vive. Imposible. Nuestros templos son caserones, más o menos grandes, cerrados por cuatro paredes, con torres pequeñas, toscas y chatas, que parecen temerosas de elevarse al cielo o aferradas insistentemente en rastrear por el suelo. No han sido hechos por arquitectos sabios y adoradores de la belleza que al labrar la piedra o el mármol trataban de infundirle su fervor artístico, sino por rudos maestros de obras o simples albañiles, a tanto el metro cuadrado de construcción. No parecen fabricadas para orar, sino para cobrar".
Una opinión tan extrema, que busca subrayar las condiciones prácticas que dieron lugar a estas obras, tiene su expresión en obras tempranas como la Ermita del Potosí, la más antigua que se conserva en el país aún en servicio. Su singularidad radica por tanto en su sencillez, autenticidad e integridad, pues ha conservado los códigos técnicos, estéticos, espaciales y funcionales de la arquitectura religiosa del siglo XVII. Esto le valió la categoría de Monumento Nacional, en 1997.
Además, es una iglesia que se ha percibido muy vinculada a la comunidad guanabacoense. Una relación que inició con la historia del indio José Bichat, del que se cuenta colocó allí la imagen de Jesús de Nazareno con la cruz a cuestas que asoció el culto al Santo Cristo del Potosí; continuó con los pronunciamientos antiesclavistas de 1681 de los sacerdotes Francisco José de Jaca y Epifanio Morains; y se prolongó en las prácticas devocionales que hicieron del espacio un centro de reunión, refugio comunitario, depositario de la memoria colectiva, extendida más adelante en las funciones del cementerio.
La última restauración de este inmueble de alto valor patrimonial fue realizada entre 2003 y 2004, gracias a la organización católica alemana Adveniat. A pesar de su condición patrimonial, el Estado no provee los recursos para su mantenimiento ni responde ante los continuos reclamos sobre el lamentable estado en que permanece el cementerio, ni sobre los actos vandálicos y robos de que ha sido objeto el templo en los últimos tiempos.