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Urbanismo

Miniaturas que distinguen lo grande: La Habana en maqueta

'La maqueta expone la envergadura del espacio construido, la transformación del espacio natural, la armonía o ruptura de determinadas estructuras y el desarrollo en diferentes épocas.'

Madrid
Maqueta de La Habana.
Maqueta de La Habana. Online Tours

"La Habana cuesta, pero vale", es una frase conocida del arquitecto cubano Mario Coyula que resume la riqueza constructiva de la capital y el gran reto que implica su gestión urbana. Para dimensionar ambos aspectos, fue gran defensor de la maqueta como herramienta interpretativa y como recurso para la gestión. Porque la maqueta facilita una vista general, siempre generosa, que permite entender el conjunto y concienciar sobre los múltiples elementos que conforman la trama y le otorgan valor, más allá de obras puntuales.

La maqueta, como herramienta visual, expone con claridad a cualquier público la envergadura del espacio construido, la transformación del espacio natural y el diálogo entre el objeto arquitectónico y el paisaje, la armonía o ruptura que causan determinadas estructuras y el desarrollo acaecido en diferentes épocas. Son múltiples las lecciones que pueden dictaminarse a partir de ella, porque además de evidenciar la distribución urbana, incluye los volúmenes arquitectónicos. Así define el perfil y el nivel de ocupación del territorio, junto a un sin número de detalles que ahondan información, más allá de la vista adorable y siempre sobrecogedora de percibir en diminuto el espacio que habitamos.

Coyula apuntaba que "lo que le dio a esta ciudad el valor que tiene; no eran 20, 30 o 100 edificios espectaculares, sino era una masa de decena de miles de edificaciones, una al lado de la otra, muy bien organizadas; con sus portales, sus fachadas, sus columnas… Eso es todavía, por fortuna, lo que de mucha calidad La Habana ha logrado salvar de La Habana". La maqueta tiene gran capacidad para mostrar eso, de ahí que sea un privilegio para la capital contar con dos obras de este tipo.

La primera se inauguró en 1995, y era entonces la segunda mayor del mundo, después de la de Nueva York (1964), aunque ese puesto lo compartía con la de Moscú (1986), en aquel momento de iguales dimensiones. Actualmente, es la sexta, luego de la construcción de las maquetas de ciudad de Shanghái (2000), Pekín (2004) y Chongqing (2005), en China.

La maqueta general de La Habana es por tanto una obra monumental de 144 metros cuadrados con una escala de 1:1.000. Se encuentra situada en un edificio construido expresamente para ella en la calle 28 no. 113 entre 1ra y 3ra, Miramar. Allí se exhibía en un amplio salón dotado con rampas y telescopios, por lo que podía observarse de cerca, desde lo alto y con aumento dirigido a cualquier punto de interés.

Además de su funcionalidad, tiene gran valor como objeto artístico y científico, al ser obra del equipo multidisciplinar compuesto por el maquetista y topógrafo Orlando Martorell, el maquetista y escultor Telmo García y la arquitecta Josefina Rebellón. Es una ciudad representada al detalle que, a su vez, constituye archivo de la evolución urbana habanera, en tanto los inmuebles están coloreados en relación con la etapa constructiva: de marrón la Colonia (siglos XVI-XIX), de ocre la República (1902-1958), y de marfil la Revolución (1959-fin de siglo). Asimismo, se actualizaba constantemente con la incorporación de las nuevas edificaciones señalizadas en blanco, color que también define los monumentos y cementerios en general.

Aunque siempre estuvo abierta al público como una atracción turística de carácter pedagógico, se comenzó a diseñar en 1988 como herramienta de gestión y planificación urbana para el Grupo de Desarrollo Integral de la Capital (GDIC), organismo asesor del Gobierno de la ciudad en materia de políticas urbanas. La maqueta ha sido entonces utilizada para estudiar y diagnosticar la ciudad, y para diseñar planes integrales estratégicos, sensibles al patrimonio heredado y al modelo tradicional consecuente con la escala humana.

Se decía que la maqueta era el corazón del enfoque promovido por sus directores, los arquitectos Gina Rey y Mario Coyula. Ellos subrayaban la importancia de regenerar la ciudad heredada de manera integral y participativa. Algo entonces novedoso: la consulta ciudadana, era parte esencial de su modelo de planeamiento, que buscaba sustentarse en la visión y prioridades de la comunidad. Ello se comprueba en los Talleres de Transformación Integral del Barrio que desarrollaron allí durante muchos años, y en la labor de sensibilización y corresponsabilidad ciudadana que favorecieron las charlas mensuales "La Habana que va conmigo".

Coyula destacaba lo útil que había sido la maqueta para demostrar la viabilidad o riesgos de los proyectos del Gobierno, y redirigirlos hacia mejores propuestas: "Así pudieron detenerse algunas intervenciones fatales, como la enorme torre de 42 pisos en la Plaza de la Revolución, que se tragaba al obelisco de José Martí y desbalanceaba la Plaza. La alternativa que les propusimos fue descomponer el programa en varios edificios más bajos de 12 o 13 plantas. Eso redistribuía el impacto, ayudaba a mejorar la definición espacial de una plaza que siempre pareció un potrero, y hubiera permitido ir explotando los edificios a medida que se iban construyendo".

El rascacielos al que hace referencia, era la sede del Comité Estatal de Colaboración Económica que, con la desaparición del campo socialista, no tuvo lugar. Hoy sería interesante ver qué habría pensado el arquitecto de la gran torre hotelera de K, situada en la maqueta desde 2018 como avance del proyecto.

"Otro éxito apoyado en la maqueta fue cuando se consiguió detener un programa para construir torres en terrenos vacíos a lo largo de Paseo. Mi argumento era: ¿Por qué quieren Paseo? Porque es una calle muy bonita. ¿Y por qué es bonita? Porque casi no hay edificios altos". Este es otro ejemplo que contaba para demostrar la funcionalidad de la maqueta en la toma de decisiones en materia urbana, cuando el GDIC era escuchado.

La segunda maqueta que tiene La Habana, representa el área de su centro histórico fundacional, además de los municipios de Regla y Casablanca para completar el perímetro de la bahía. También fue encargada a Orlando Martorell por la Oficina del Historiador de la Ciudad, e inaugurada en 1999. Hasta hace pocos años ocupó el antiguo almacén de la farmacia Taquechel en la calle Mercaderes 114, entre Obispo y Obrapía. Con una escala de 1:500, tiene 48 metros cuadrados de superficie.

Esta obra, de mayor elaboración en los detalles, muestra aspectos variados del pavimento, el mobiliario urbano y las edificaciones, así como la variedad colorida de las fachadas. La pieza se complementaba con un sistema de iluminación y sonido que simulaba diferentes momentos del día y sonidos característicos del entorno urbano. Esto posibilitaba una observación consciente e inmersiva de los cambios que provoca el movimiento de luces y sombras entre el alba, el mediodía y el anochecer, y los ambientes y sonidos que le acompañan, como el icónico del cañonazo. Era una aproximación a la ciudad desde la miniatura para percibir su grandeza.

Es lamentable que, teniendo estas dos obras, se hayan abandonado y ya no sean de acceso público. Solo se conoce que la de La Habana Vieja está en restauración y se reubicará en otra sede del centro histórico. En el edificio de Mercaderes 114 se instala el proyecto FutuLab, que incluye una maqueta virtual que servirá para análisis urbanos, aprovechando las facilidades tecnológicas de los nuevos tiempos. No obstante, por sus valores artísticos, científicos, pedagógicos, culturales e históricos amerita revalorizar esos pequeños trozos de ciudad que la ilustran de una manera peculiar y permiten proyectar los sueños de su futuro.

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