Se cuenta que en 1748 el cultivo del café comenzó en Cuba por la región occidental, y que en 1787 se encontraba expandido por todo el país. Sin embargo, su auge productivo estuvo determinado por la inmigración francesa procedente de Haití, a partir de 1803. Portadores de la experiencia y los recursos necesarios, y estableciendo poderosos lazos con la oligarquía cubana, en poco tiempo construyeron un número importante de cafetales cuya producción colocó a Cuba entre los primeros exportadores a nivel mundial. En ese momento de esplendor cafetalero, el mayor número de plantaciones se concentraba en Occidente (58,39%), seguido de Oriente (35,07%) y Centro (6,53).
La región de Matanzas, mucho más conocida y estudiada por su producción azucarera, tenía 321 plantaciones de café en 1834. Esta actividad industrial tuvo buena conducción a través de su puerto, considerado en 1827 el tercer exportador de este rubro en Cuba. No obstante, las plantaciones en llano tuvieron una vida breve. En la segunda mitad del siglo, se evidencia el paulatino abandono de la actividad pues, en 1866, solo quedaban 58 cafetales activos en Matanzas.
A pesar de ello, permanecen los vestigios de una actividad industrial que contribuyó al desarrollo económico de la región y marcó modos distintivos de procesar el café. Actualmente, los arqueólogos cubanos buscan saldar la deuda informativa que existe con este patrimonio industrial, dirigiendo notables esfuerzos a su estudio y catalogación. En este proceso se involucran también otras disciplinas, para ofrecer una mirada combinada entre historia, arquitectura y arqueología, y llegar a un conocimiento más profundo y certero sobre bienes patrimoniales que han quedado en el olvido y por ello son en extremo vulnerables.
En 2024, expertos de la Universidad de Syracuse (EEUU) y de la Sociedad Espeleológica de Cuba publicaron un interesante informe sobre las prospecciones realizadas en las ruinas arqueológicas del cafetal San Agustín, de Matanzas. Este constituye un ejemplo temprano de la actividad cafetalera en la localidad y uno de los pocos que se conservan.
Gracias al testimonio de los vecinos pudo ser identificado, ya que no le acompaña información documental de valor en mapas y planos de la época. Se considera que estuvo activo antes de 1840, momento en el cual se utilizaba solo como vivienda. Actualmente, mantiene ocho estructuras constructivas que incluyen lo que pudo ser la casa de vivienda o de administración, el barracón, un pozo y espacios de producción como secaderos, almacenes y una alberca. Esta última, en bastante buen estado de conservación, es uno de los elementos más valiosos, pues certifica el empleo del método húmedo en la cosecha del café de esta plantación.
El método húmedo en Cuba era más característico en las zonas de montaña, lo que convierte a San Agustín en un ejemplo singular. El proceso consiste en sacar los granos del fruto previamente al secado, dejándolos reposar en agua de 24 a 48 horas. Esto fermenta la cereza rompiendo la piel y liberando los granos, los cuales quedan rodeados por su última capa o pergamino. Así se extienden al sol por cinco días y más tarde se muelen para obtener el grano verde. A diferencia del método seco, que solo incluye estos dos últimos pasos, el húmedo resulta más complejo y costoso, pero según los expertos, ofrece "notas más afrutadas y una acidez orgánica más valorada". Para ello el cafetal San Agustín utilizaba una alberca de 195 metros cúbicos y otra estructura contigua que probablemente haya sido un tanque de fermentación.
El sitio está hoy sin uso, solo cuidado por el Grupo Guamacaro del Comité Espeleológico de Matanzas, quien realiza labores de limpieza, imprescindibles para preservar y estudiar las estructuras, y concientiza a la comunidad sobre los valores patrimoniales del antiguo cafetal. Esto ha permitido reducir el intenso expolio al que estaba sometido y que afectó gravemente sus construcciones y los contextos arqueológicos sub-superficiales.
El uso de detectores de metales en el expolio del cafetal provocó el derrumbe de algunos muros y dejó agujeros en otros, poniendo en riesgo su integridad y conservación. También se removieron algunos pisos originales. Los arqueólogos alertan que, lamentablemente, es una práctica habitual en ruinas de plantaciones, fortificaciones y campos de batalla, a donde se dirigen los buscadores de oro y de artefactos comercializables como antigüedades en las redes sociales.
La documentación de estos espacios patrimoniales no solo resulta fundamental, sino que es, además, el primer paso para llamar la atención sobre su debido uso y cuidado. Sobre el pasado industrial colonial queda mucho por investigar. En Matanzas se ha excavado en plantaciones, cuevas-refugio de cimarrones, en el ingenio Triunvirato y en el cafetal La Dionisia (1820-22). Este último, mantiene las estructuras del batey y de los principales locales habitacionales, productivos y de almacenamiento, y ha sido muy estudiado desde 1980. A diferencia del de San Agustín, funciona como espacio turístico de la corporación Gaviota, y alerta sobre otro fenómeno igual de dañino que el expolio: la rehabilitación y gestión inadecuada de los bienes culturales.
La restauración del cafetal La Dionisia no contó con personal especializado, por lo que, entre tantas cosas: se sustituyó la cubierta de madera original de la casa de vivienda, se reconstruyó de manera improcedente la torre campanario —creando un falso histórico y dañando huellas arqueológicas— y se fabricó un restaurante. Esta obra nueva afecta además el muro de los barracones hacia donde su cubierta hace agua, provocando, según el arqueólogo Odlanyer Hernández, "daños irreparables al entorno de la finca y sobre todo al potencial arqueológico con que cuenta la antigua plantación".
Bien gestionado, pudiera ser un excelente museo de sitio que represente el desarrollo de esta antigua actividad industrial, sin embargo, el espacio no aboga en su visita por destacar los valores históricos, arqueológicos, arquitectónicos y ecológicos del cafetal, ni siquiera incluye materiales o utensilios que demuestren aspectos de su vida y evolución. Para ello su entidad gestora debería entenderlo como un espacio excepcional y velar, desde el propio proyecto ejecutivo y posterior uso, porque no distorsione o tergiverse sus realidades históricas y arqueológicas.
Muy ilustrativo de una industria venida a menos... Felicitaciones a Yaneli Leal por sus excelente crónicas dominicales. Me gustaría una sobre el barracón, a través del excelente estudio de Juan Pérez de la Riva.
Cuba es pobre en el campo de la arqueología, al menos en comparación con países de Centroamérica. Lástima, si los Mayas hubiesen habitado la isla la historia sería muy diferente, aunque me imagino que gracias al socialismo las ruinas de templos, palacios y pirámides de esa civilización hubieran sido transformadas en cagaderos y llega-y-pones.