Todo proceso urbanizador conlleva una profunda transformación del entorno natural. La intervención intensiva del espacio, extendida por siglos para crear y readecuar la infraestructura urbana a las necesidades de la vida y la industria, ha subordinado los elementos naturales a los nuevos usos y dinámicas, haciendo incluso a muchos desaparecer. De ahí que recuperar las percepciones de antiguos viajeros o habitantes sobre nuestro entorno familiar, puede parecer un ejercicio de ciencia ficción. Afortunadamente la historia recogida en pasajes, planos y fotografías antiguas posibilita comprender el camino transitado y fundamenta algunos aspectos del presente.
En 1902, Ramón Meza describía el paisaje de Jesús del Monte, hoy Diez de Octubre, de la siguiente manera: "Los prados roturados en extensos cuadros para el cultivo presentan todos los matices del verde; y los frecuentes valles, humedecidos por las cañadas, se ven ornados por grupos de palmeras, por el ramaje extenso y sombrío del árbol que da el bálsamo de Guatemala; limoneros, naranjales, cocoteros, el bambú y el macío señalan arroyuelos ocultos por la hojarasca y las charchas y cenagales".
Esta, como otras imágenes de la ciudad de inicios del XX, demuestra que tenía muchas más zonas rurales, pero también varios arroyos que, junto a los principales ríos, atravesaban fincas y urbanizaciones. De conjunto requirieron la temprana construcción de puentes, primero de madera y luego de mampostería, para comunicar ambas riberas, prolongar calles principales y vías férreas.
Ríos importantes como el Quibú, el Almendares, Luyanó, Martín Pérez y Cojímar, cuyos alrededores fueron intensamente urbanizados, han sido cruzados durante siglos por múltiples puentes, algunos de los cuales permanecen en uso hasta hoy. Destacan por su factura el Puente Alcoy (1849-1851) sobre el Luyanó, realizado en piedra por el ingeniero Francisco de Albear; y el Puente de Asbert (1908-1911) construido en hormigón armado sobre el Almendares, por los ingenieros norteamericanos Eugene Klapp y W. J. Douglas. Ambos deben su nombre a los gobernadores del momento: Federico Roncali, conde de Alcoy, y Ernesto Asbert Díaz.
Resulta interesante cómo los nombres de la red hidrográfica habanera y sus obras asociadas se han convertido en testigo de antiguos vecinos de la ciudad. Por ejemplo, el río Martín Pérez debe su nombre al capitán Martín Pérez de Aróstegui, quien tuvo junto a él una estancia. Luyanó, deriva de Uyanó que a su vez viene del apellido de uno de los primeros pobladores, Sebastián Viano, muerto en combate durante el ataque de Jacques de Sores, en 1555. El Almendares, llamado por los colonizadores La Chorrera, asumió este último nombre en honor al obispo Alonso Enríquez de Toledo Almendáriz, de quien se dice sanó al bañarse en sus aguas, entre 1610 y 1620.
De manera inversa, regiones enteras fueron nombradas por los ríos. Según Antonio Bachiller y Morales, Marianao proviene de la voz indígena Mayanabo, cuyo significado es tierra entre dos ríos; así como Cojímar es entrada de agua en tierra fértil. Otras zonas son Arroyo Naranjo y Arroyo Apolo, que en el siglo XVIII se nombraba Arroyo de Polo.
También está el barrio de Puentes Grandes, de cuyos primeros puentes hay noticias desde 1627. Eran dos estructuras de madera que cruzaban el río Almendares y su afluente el arroyo Mordazo. Comenzaron a ser llamados de esta forma rimbombante a partir de 1720 cuando al río se le construyeron otros puentes más pequeños. Los "grandes" fueron reconstruidos en varias ocasiones luego de ser destruidos por temporales y crecidas. Desde 1773 eran de mampostería, pero los definitivos corresponden a 1827.
Los cauces menores de la ciudad fueron los más afectados por el proceso urbanizador. Muchos permanecen canalizados bajo el asfalto, ajenos a la vista de las últimas generaciones de habaneros. Por ejemplo, los vecinos de El Cerro tenían por el norte el arroyo Chávez o del Matadero y por el sur el arroyo Agua Dulce, que desembocaban a ambos lados del Castillo de Atarés, en una zona de ciénagas y manglares, muy transformada en la segunda mitad de la República.
El arroyo Chávez —por Miguel de Chávez, administrador de Rentas Reales— tuvo su primer puente en 1735. Estaba ubicado en la intersección de Monte y Arroyo. En 1798, Miguel de Chávez lo reconstruyó en mampostería y desde entonces fue conocido por su apellido. En el siglo XIX, este arroyo fue cruzado también por el Puente de Villarín en la calle Infanta, y por otros dos de uso ferroviario, uno frente a la estación de Cristina y el otro al fondo de la Quinta Santovenia.
En esta zona resulta curioso que uno de los caminos más antiguos de la ciudad, definió su nombre de puente en puente. Me refiero a la antigua Calzada de Monte, llamada así hasta el Puente de Chávez, donde continuaba como Calzada del Horcón hasta el Puente Cotilla en la calle Palatino, donde cruzaba la Zanja Real. A partir de allí se llamó Calzada del Cerro, hasta los Puentes Grandes donde se convirtió en el Camino Real de Vuelta Abajo, hoy Avenida 51.
Fundamentales fueron los ríos de La Habana para el desarrollo de su industria, que con el paso de los años se convirtió en uno de sus principales agentes contaminantes. El sur, especialmente irrigado por diversos cauces, contaba en poco menos de 20 kilómetros cuadrados con el río Orengo, los arroyos Valiente, Mayito, Maboa y Agua Dulce, el río Luyanó y sus afluentes el río Hondo y el arroyo Pastrana. Este rico paisaje natural sustentaba su atractivo y utilidad como espacio de explotación agrícola y ganadera, y más tarde atrajo la promoción de muchos repartos residenciales.
Ellos también tuvieron puentes que hoy no se recuerdan, como los de Santos Suárez en Tamarindo y Diez de Octubre (Maboa) y en la calle Santos Suárez entre Diez de Octubre y Rabí (Mayito); el Puente de Pastrana sobre la Calzada de Luyanó después de Concha; y el de María Ayala, próximo a las calles Dolores y San Lázaro, en Lawton. El más conocido fue el Puente de Agua Dulce, en el cruce de Diez de Octubre y Vía Blanca. Sobre él dijo Eliseo Diego en un poema: "Porque de cierto un arroyuelo muy profundo pasaba/ entre las casas blancas, las tapias, las dolidas rejas,/ porque de cierto es muchas veces peligroso/ el cruce tan humilde, el ceniciento/ Paso de nuestras Aguas Dulces, el siempre atardecido".
Reconducidos bajo la urbe desaparecieron muchos de estos cauces. Pocos se aprovecharon para crear un diálogo amistoso con el habitante. Más allá de los parques (La Tropical, La Polar) y el bosque arrullado por el Almendares, y del Country Club que atraviesa el Quibú, las urbanizaciones colindantes al agua dieron su espalda a los ríos. Solo Altahabana destacó por integrar el arroyo Cotilla como elemento articulador de su zona de esparcimiento.
Frente al gran beneficio que ofrecieron a la industria, al ocio, la pesca y la transportación, la ciudad vertió sobre ellos todos sus desechos, ocasionando graves situaciones medioambientales y de cualificación del entorno, deviniendo en una tóxica relación heredada, mantenida y extendida a todos los ríos habaneros, que nos impide establecer un vínculo sano con ellos. Solo la historia ilustra el tránsito de la imagen idílica que Dulce María Loynaz dio del Almendares, a la que Frank Delgado del Quibú hizo canción: "A dónde va ese río/ con su causa y su desgracia/ y la mierda de la antigua aristocracia./ Su curso es un muestrario de grandes contradicciones/ ciudadelas y centros de convenciones./ Río Quibú./ Y alguien te trata de inmundo./ Río Quibú./ De sucio y poco profundo./ Río Quibú./ Orgullo del Tercer Mundo".
La contaminación de los ríos de La Habana, aunque la Revolución contribuyó muchísimo, no es un fenómeno creado por ella. Nunca hubo conciencia ambiental, ni se le dió ninguna importancia antes y después del desastre castrista. El río Almendares, por ejemplo, era limpio hasta que llegaba al cruce con la avenida de Rancho Boyeros, ahí empezaba a descargar sus deshechos la fábrica de helados San Bernardo (hoy Coppelia), continuando con las fábricas de pinturas Sherwin Williams y no recuerdo si la otra era Mobil Paints, después continuaba recibiendo los desechos de otras industrias pequeñas, hasta llegar a sus más grandes contaminadores, la Papelera Moderna en el Husillo y las cervecerías Polar y Tropical. A todo esto se le iba sumando, todas las aguas albañales de las urbanizaciones y repartos aledaños a sus afluentes, sin previo tratamiento.
Por tanto, este es uno de los pocos renglones en que todo el desastre no es exclusivo de la Revolución.
Recuerdo que hace cuarenta años atrás ya los ríos de toda Labana lo habían convertido en vertederos de toda clase de inmundicia, las “aguas” del río Luyanó era de color cobrizo, con un olor vómitivo, todavía el río Almendares conservaba un poco de carácter de río, el resto ya eran puras aguas albañales, la Bahía de Labana ya era la gran fosa que atesoraba toda la porquería que llegaba a ella, a la involución jamás le importó el medio ambiente, ni la limpieza de sus ríos y el manto freático, FC convirtió la isla en un basurero total.
Disfruto todos y cada uno de los artículos de Yaneli Leal, pero me abstengo de decirlo cada vez. Lo que más me gusta es su capacidad de abstracción. Lo que ella nos regala está muy por encima de la tierra donde descansan las obras arquitectónicas y la geografía a las que se refiere. Ella flota. En este excelente artículo nos regala esta fantasía:” Ríos importantes:..el Quibú, el Almendares, Luyanó, Martín Pérez y Cojímar”. ?
Se necesitan 100000 voluntarios, 1000 patanas, 15000 rastras y 7000 grúas para limpiar el campo de concentración repleto de basura y tóxicos.