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Arquitectura

Dos museos para la casa cubana (I)

La Habana cuenta con dos museos cuyo diseño ofrece una experiencia inmersiva, un viaje hacia la realidad doméstica de tiempos pasados.

Madrid
Interior de la Casa de la Obrapía, La Habana Vieja.
Interior de la Casa de la Obrapía, La Habana Vieja. Online Tours

En los libros está, lógicamente, la historia de la casa cubana. Sin embargo, no hay mejor manera de conocer su evolución que visitando los magníficos ejemplos de distintas épocas que se conservan en la ciudad. 

Afortunadamente, La Habana cuenta con dos museos cuyo diseño ofrece una experiencia inmersiva, un viaje hacia la realidad doméstica de tiempos pasados. No se trata de espacios donde puede contemplarse límpido el diseño arquitectónico, comprender sus elementos estructurales, ornamentales y espaciales sin más; ni tampoco del clásico museo de artes decorativas, contenedor de una fastuosa colección de mobiliario y objetos de refinado diseño en vitrinas. Se trata de inmuebles conservados en óptimo estado, cuyas estancias han sido ambientadas como si aún mantuvieran su original vida casera.

Esta percepción del conjunto es difícil de envolver en un texto, por eso resulta inigualable la posibilidad de experimentarlo con los propios ojos. Para el visitante acucioso, estos museos son la oportunidad perfecta de notar las dimensiones, el ambiente que envuelve cada estancia habilitada, el paso ceremonioso entre una y otra, la calidez de un rincón, la frescura del patio, lo práctico y útil de cada elemento contemplado en su sitio, en conexión con su funcionalidad. Son por tanto un privilegio estos museos, y la mejor manera de entender la vida doméstica del pasado.  

El primero de ellos, inaugurado en 1983, luego de dos años de intensa restauración, es la Casa de la Obrapía. A través de ella puede entenderse, de manera general, cómo eran las viviendas de la clase alta cubana durante la Colonia. Lo ideal sería tener un museo para cada uno de los siglos que componen este periodo, pues tienen características muy diferenciadas. Sin embargo, en su evolución la Casa de la Obrapía transitó por las principales etapas arquitectónicas de la ciudad, de las cuales quedan vestigios en su diseño y estructura.

Ubicada en Obrapía 158 esquina a Mercaderes, esta casa debió construirse en las primeras décadas del siglo XVII, siendo entonces de las pocas residencias de mampostería de dos plantas. En 1648, fue comprada por Martín Calvo de la Puerta y Arrieta, alcalde de La Habana, quien sería muy conocido en lo adelante por dedicar los ingresos de alquiler de una parte de la casa a la dote de mujeres huérfanas o pobres. Esta obra social u obra pía marcó socialmente la vivienda, dando nombre a la calle donde se encuentra que hasta entonces se llamaba de la Carnicería.

Una década después Calvo de la Puerta, compró la propiedad vecina y las unificó en una sola vivienda. Para ello adaptó algunos espacios, entre los que se considera la reforma del gran patio rodeado por una arcada baja de piedra. No obstante, la diferencia entre ambas propiedades aún se percibe en la disposición de los vanos de la fachada. De estos primeros tiempos prebarrocos, la casa conserva sus muros; los aleros de tejaroz hechos de teja muslera, es decir que tuvieron como molde el muslo del artesano; y la galería de la planta superior del traspatio de pies derechos de madera y cubierta de madera y tejas.

Sin embargo, la reforma más significativa que convirtió la casa en uno de los íconos barrocos habaneros se hizo hacia 1780. Encargada por otro propietario, Gabriel M. Castellón de Cárdenas y Santa Cruz, fue obra de Antonio Fernández Trevejos, ingeniero militar cubano que, contemporáneamente hizo los palacios de Gobierno de la Plaza de Armas. En esta época, sus arcos de zaguán y la escalera fueron embellecidos con las hermosas molduras y siluetas barrocas, así como el resto de decoraciones que visten la galería del patio. Muy especialmente denota la portada escultórica, única en la ciudad que se eleva a todos los niveles de la fachada. La corona el escudo nobiliario del entonces propietario, Marqués de Cárdenas y Monte Hermoso, que se fabula haya sido esculpido en Cádiz.

Visitar el actual museo es adentrarse en uno de los más rimbombantes edificios barrocos de la capital. Es disfrutar de su monumental escalera de piedra, de las balaustradas de madera, de la pintura mural de los zócalos, de las amplias estancias, del patio con su pozo que conduce al aljibe, del comedor situado en la zona más fresca de la casa entre el patio y el traspatio; este último claramente destinado a las labores del servicio. Es percibir también la diferencia entre las puertas que dan a la galería en ambas plantas, más pequeñas las de abajo pues conducían a la zona de negocio y alquiler, más grandes las de arriba que daban a las habitaciones familiares. Es conocer una vivienda peculiar que tiene sus habitaciones de esclavos en la última planta y no en el entresuelo, aunque por sus funciones, a pesar de estar en el nivel superior, mantuvieron las dimensiones típicas del mezzanine.

Tiene la casa también trasformaciones del siglo XIX. En fachada están los guardapolvos sobre las ventanas del piso noble, las barandas de hierro de los balcones, las ventanas de persianería francesa y lucetas de colores. En el interior están los pisos de mármol de las habitaciones y los falsos techos que esconden el artesonado de madera. De este periodo es también la ambientación de las estancias, de modo que el museo muestra el último periodo de esplendor de la vivienda.

La planta baja, que originalmente era para negocios, acoge hoy exposiciones temporales, espacios de conferencias y actividades culturales. La planta alta, que era la familiar, se muestra como si estuviera habitada a partir de la disposición natural de las principales estancias: el salón, el comedor, el dormitorio y la capilla. Así también aparecen otras auxiliares como la empleada para leer, fumar o hacer labores, identificada por los utensilios dedicados a estos fines.

Resulta realmente enriquecedor poder asomarse a ellas y encontrar, por ejemplo, el gran salón vestido con lujosos adornos, esculturas, consolas, porcelanas europeas, lámparas coloniales con piezas de bacará, y los muebles de medallón con respaldo de rejilla que distinguieron la moda cubana del modelo europeo. El comedor y su habitación auxiliar están habilitados con vajilla, manteles y servilletas bordadas, y las paredes decoradas con platos grabados con escudos y anagramas como certificación de la red social de la familia. También existe una habitación con piezas de China, adquiridas por las familias ricas como decoración exótica que llegaba en los galeones de Manila.

El dormitorio contiene el ajuar habitual además de las piezas de aseo, ya que para entonces no existía el baño como habitación independiente. Es una lástima que la cocina no esté recreada con objetos; no obstante, sí tiene el museo una muestra de los más de 2.500 fragmentos cerámicos hallados en su caballeriza. Este espacio, que debía ser antes un vertedero, conservaba tiestos de mayólica española (XVI-XVII), mexicana vidriada y no vidriada (XVII) y porcelana oriental (XVII-XVIII) que se utilizaron y vendieron en la ciudad.

Además de este acercamiento extraordinario a la arquitectura doméstica colonial, el Museo Casa de la Obrapía acoge talleres e iniciativas sociales como el Programa Sociocultural de Atención a Mujeres en situaciones de vulnerabilidad, iniciado en 2021; que de algún modo recuerda el carácter por el que siglos atrás se inmortalizó la vivienda.

En el siguiente artículo descubriremos otro sitio ideal para el estudio de la vivienda cubana de inicios de la República.

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