Bien por oportunismo, bien por ignorancia (algunos son muy ignorantes), bien por trámite con lo que los rusos suelen llamar "los órganos" (organy), buena parte de los académicos cubanos asentados fuera de la Isla observan el castrismo desde los parámetros de las múltiples izquierdas en EEUU, Europa y América Latina, que a su vez observan el castrismo desde los mismos parámetros del castrismo.
Por ahí van. De congreso en congreso. De tertulia en tertulia. De programa en programa. Son la autoproclamada verdad de Cuba y el exilio, al cual diluyen entre los términos de "diáspora", "inmigración" o el ladino "comunidad cubana en el exterior". Entre ellos se administran becas y premios. Entre ellos definen el tono y la subvención de las publicaciones, la curaduría de las exposiciones, la repartición de las cátedras, las recomendaciones editoriales, el acceso a bibliotecas y bases de datos. Una tribu ferozmente endogámica que, como dicta la genética, ha acabado por engendrar la tara.
Ahora, están en pleno zafarrancho. Por primera vez desde 1959, un presidente norteamericano se ha empeñado de palabra y acción en que Cuba vuelva a ser un fiable aliado estratégico para las Américas y el próspero y perfectible hogar de todos sus hijos. A las buenas o a las malas. De remate, tenemos un secretario de Estado cubanoamericano. Criado en Miami. Elevado desde la más humilde escala municipal por el voto de los cubanos en democracia. Insisto: por el voto de los cubanos en democracia.
En seis meses, el cerco financiero y diplomático ha tronchado una transición de piñata putinista. Cerradas están las puertas del sueño americano que las administraciones demócratas de Barack Obama y Joe Biden abrieron a los testaferros y herederos de la elite. Audazmente, se le envían emisarios de confianza a Donald Trump. Con tal de seguir en el poder, proponen convertirnos en el más leal estado-factoría del imperio: un Vietnam de sones para turistas y cantos para millonarios. A fin de cuentas, ¿no lo dijo el Che?: "Crear dos, tres…" Ofrecen tierras, puertos, bases, cayos para el más espectacular de los Trump Resort. Pero no le muerden el anzuelo.
Eso no quiere decir que nuestros académicos recojan pita. Con un esprit de corps que sugiere la atención a una consigna o la cerrera uniformidad de un culto, se afanan por encontrar las fisuras en el razonamiento que apoya las presiones y amenazas de la Casa Blanca. "¡Libertad, no electricidad!", gritan en La Habana Vieja tras 60 horas de apagón. "¡Acaben de venir ya!", amanece pintado en los muros. "¿Y ustedes cuando vienen?", preguntan con lágrimas en la voz las abuelas del otro lado de la línea. Pero los profes, al parecer, con tal de que pierda Trump prefieren que gane el castrismo.
¿O se trata simplemente de que gane el castrismo? A una oportunidad única oponen la indeterminada deriva en la inercia. A la cura del mal oponen la relativización del mal. Los que nunca alzaron la voz por un preso político o una paliza a las Damas de Blanco, los que nunca repararon en los apagones provocados por las reventas de petróleo y el abandono de la infraestructura energética, los que van a La Habana a ser condecorados por el Ministerio de Cultura (en particular, por los mismos funcionarios que reparten gaznatones a los artistas) y a guasabear con los académicos oficiales y los cuadros del ICAP, de súbito se ponen el acartonado manto de una pretendida conciencia nacional para desmantelar el cerco a una dictadura que, por negar cualquier recurso legal de supervivencia ciudadana, criminalizó hasta el reclamo de que haya agua.
¿Cómo condenar la Enmienda Platt ante un pueblo que pide a gritos la entrada de los marines? ¿Cómo insistir en una soberanía que proteja a los ladrones de GAESA? ¿Cómo gimiquear sobre los supuestos males de una "restauración del orden neocolonial" frente a los espectaculares índices sociales y económicos de la Cuba de 1958? ¿Cómo esperar diálogo, transición y honestidad de la misma gente entronizada sobre el mayor presidio político de Occidente, la brutal represión totalitaria y el saqueo de la riqueza nacional? ¿Cómo decirle "gestores del orden" a los esbirros de la Seguridad del Estado? ¿Cómo escribir miles y miles de páginas por décadas y décadas renunciando a iluminar la realidad con las palabras justas?
Difícil comprender de buena fe que, a estas alturas, la compasión, la decencia o, en todo caso, la discreción debida ante la prolongada tragedia nacional no mueva a moderar las hipócritas y maniqueas reservas de salón (que si Sumner Wells, que si la teoría de la fruta madura, que si Martí a Mercado) y dejar de hablar la lengua muerta de una ambigüedad equivalente al colaboracionismo, en tanto refuerza la autojustificación histórica de la dictadura bajo la espuria apariencia de una opinión independiente.
En fecha tan lejana como 1951, en God and Man at Yale, William F. Buckley Jr. escribió: "La universidad moderna se ha convertido en el monasterio de una nueva fe, donde la herejía contra la ortodoxia política dominante es castigada con mayor severidad que la incompetencia académica". Esta obra precoz, que es el punto de partida de un nuevo pensamiento conservador en EEUU, lleva por subtítulo "Las supersticiones de la libertad académica".
El castrismo —perogrullada decirlo— es un pilar de ese cuerpo supersticioso. Sus símbolos, sus canciones, su literatura, su retórica y hasta sus crímenes refuerzan el sentido de pertenencia, el control social y la preeminencia mediática y académica de una izquierda que tras la caída del Muro de Berlín comenzó a desarticular el legado de tolerancia, alternancia y responsabilidad de la socialdemocracia de la postguerra y hoy se siente liberada de todo prurito ante la contradicción filosófica y la viabilidad económica, toda restricción ante costumbres y tradiciones, todo simulacro ético y toda perspectiva racionalista, al extremo de favorecer las trampas del gran capital, ingeniar el reemplazo demográfico (algo que Stalin resolvía manu militari), pedir el exterminio de los judíos y asegurar que el buenazo del tío Paco puede salir preñado.
A esa gran familia revolucionaria pertenece nuestro sensible profesorado. Es lógico, pues, que compartan el desasosiego de la elite castrista, la angustia de fin de época propia de las clases que pierden el poder. Al compartir, en lo esencial, los códigos y marcos especulativos de la estéril academia oficialista, constituyen una aberración moral: lejos de ser los antagonistas de una inteligencia comprometida con la dictadura, son sus valedores y cofrades. Los de allá garantizan a los de acá el acceso a los archivos, fuentes y testimonios vedados a profesionales independientes de la Isla y el exilio. Los de acá ofrecen a los de allá invitaciones a congresos, colaboraciones (mejor si pagadas), contactos, becas, tribunas para condenar el embargo y cumplir la habitual cartilla a fin de no defraudar las expectativas del compañero que te atiende. Por no darse conflicto, ni siquiera se dan las ocasionales divergencias entre especialistas de un determinado campo.
Al cambio de época corresponde el cambio de lenguaje. En pocos meses, para sorpresa de todos, las temáticas que les servían de comodines a esas dos alas del mismo pájaro castrista se han estrellado contra la realidad. Contra Trump y Rubio. Contra el exilio. Contra esos desdentados y famélicos compatriotas que hurgan en los latones de basura de nuestras ciudades. Minuto a minuto se les hace más difícil seguir posicionados en los márgenes, sostener los discursos que permiten sentarse a la mesa del altermundismo, neotercermundismo, giro decolonial, Sur Global (¡el aquelarre epistemológico!) sin entrar en una acusatoria contradicción con esta hora cubana.
No es que se hayan cruzado de brazos. Ajenos al menor sonrojo, sus declaraciones a la prensa, sus cínicos informes con ortografía woke, sus artículos y citas en The New York Times y El País (por mencionar los dos medios a la vanguardia de la complacencia) transpiran continuidad. Dicho en plata: les asusta que aquello se caiga. Por lo menos, no quieren que se les caiga encima y de hoy para mañana, bajo el escrutinio de una libre academia en la Isla y en el debate de una sociedad abierta, sus cátedras y cogiocas pierdan su fraudulenta función referencial, su sacerdotal excepcionalismo, y sus libros y sus papers pasen a los archivos de la insustancialidad.
Así como la elite castrista demanda un espacio de gracia, un pasito a pasito, un mírame pero no me toques, que le permita robarse el cambio, los profes necesitan la extensión (quizás con algunos retoques pour être élégant) del farisaico hilo argumental que legitima a Fidel, achaca los fracasos al "bloqueo", nos retrata como eternas víctimas de los americanos, niega el derecho a la contrarrevolución y ningunea moral y culturalmente al exilio. Pueden renunciar, si no queda otro remedio, al socialismo real, pero no a la construcción del socialismo imaginario. De otro modo, no hay chamba. Adiós Harvard. Adiós Columbia, Princeton y Universidad de Miami. Adiós Pulitzer. Adiós Beca Guggenheim. Adiós casas editoras y conferencias. Adiós Beca Cintas. Adiós amigos de la prensa liberal en los cuatro confines del planeta. Adiós Colegio de México.
Para ponerle un poco de metatranca al asunto: si el referente opera en tanto transmite una información veraz sobre el contexto, estamos obligados a admitir que sus izquierdísimas eminencias han hecho carrera y obra dándonos gato por liebre. Como si dijéramos que el congelador, en vez de hielo, produce puntillas, su lenguaje evita deliberadamente la precisa conexión de la palabra con el objeto. Al fallar la nominación, falla el análisis. Crean vacío, no significado. El vacío en que el discurso castrista se institucionaliza, enmascara y reproduce, tanto en la nación como el extranjero, pues no puede enfrentarse de manera efectiva aquello que no ha sido correctamente nombrado.
A días del fin de la ocupación nazi, en su ensayo "Sobre una filosofía de la expresión" (Poésie 44, enero 1944) Albert Camus (a quien ahora el wokismo francés considera un intelectual de extrema derecha) dijo que si nombramos mal un objeto estamos acrecentando la desgracia del mundo (Mal nommer un object, c’est ajouter au malheur de ce monde.) Camus comentaba las ideas de su amigo Brice Parain sobre los eufemismos, las medias verdades y las manipulaciones de la intelectualidad colaboracionista. Más tarde Parain extendería la crítica a la izquierda prosoviética. Ambos fueron pioneros en destacar, junto con George Orwell, que el lenguaje empleado de manera engañosa, oblicua o inconcreta promueve la confusión totalitaria y agrava el sufrimiento de la sociedad.
Hace mucho que a los cubanos no nos tocan buenos tiempos. Más de uno había aceptado, no sin disculpa, la irrevocable, casi metafísica continuidad del castrismo, el arraigo de una mafia revolucionaria capaz de perpetuarse, como Vietnam y China, en el dogma revolucionario y el dinero. En Fidel y Wall Street. Sin embargo, dicho con sentimental llaneza, desde el rescoldo de un aguante que los años han convertido en caricatura del aguante, tenemos una esperanza en el umbral. Frágil, complejísima, radical. Pero suficiente para mover pensamientos y acciones.
La dictadura perdió, finalmente, el dominio del lenguaje. A más de medio siglo de adoctrinamiento, el cubano de a pie ha superado a la brava y en solitario la barrera de la ambigüedad y está llamando a las cosas por sus nombres. (La criolla y corrosiva aposición explicativa que describe a Díaz-Canel es un ejemplo, tan vulgar como certero). Emerge el salvífico, subversivo discurso de lo concreto. Palabras decantadas en el miedo y el hambre, con la precisión y la fuerza paradigmática del teorema. De esa escuela tienen que empezar a aprender estos académicos.
No me canso de admirar la agudeza de Andrés Reynaldo y su excelencia tanto en forma como en contenido. Gracias por este incisivo y sagaz artículo sobre la “intelertualidá” actual.
¡¡Un millón de gracias!! He disfrutado tanto leyendo este artículo, que cualquier mancha en mi mente sobre la evolución de Andres Reynaldo, tiende a desaparecer. No es que haya encontrado la poesía en su prosa, como ocurría casi 20 anos atrás. Probablemente la inmersión en estos complejos temas politicos, discrimina la poesía. Pero la claridad del mensaje, el regalo de instrucción que me aporta este artículo, supera cualquier mancha, real o subjetiva. Y es que la valentía para abordar el tema, y la claridad de su análisis, lo hace brillar.
Hace poco me preguntaba en un comentario sobre otro artículo de Andres Reynaldo, quien había cambiado más en estos 20 anos, si él o yo? Afortunadamente, parece que el cambio dentro de nuestras mentes, principios, instintos y sabiduría no ha sido significativo. Seguimos en resonancia, gracias a Dios.