Cuando en días pasados ocurrió una de las tantas crisis con la generación eléctrica en La Habana, el régimen creyó oportuno presentar en una Mesa Redonda al ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, en un esfuerzo por contener la ira de la población.
El ministro no pudo afirmar que se iban a acabar, ni siquiera disminuir los apagones, pero se comprometió a realizar un estudio para rotar los circuitos, es decir, que las horas con oscuridad estuvieran mejor repartidas por áreas de la ciudad, y también llegó a expresar que se haría una revisión de los actuales circuitos protegidos (a los que nunca les falta la corriente eléctrica) para ver si se podía excluir a algunos de esa privilegiada lista.
En efecto, durante aproximadamente una semana, los bloques que antes sufrían apagones de 12 o más horas vieron un ligero alivio al afrontar cortes eléctricos por seis o siete horas. Una señal de que se había aplicado la medida de rotar los circuitos apagados.
Sin embargo, y haciendo válida la máxima de que la alegría en casa del pobre dura poco, en breve se restablecieron los apagones maratónicos de 12 y hasta 15 horas. En ocasiones, los barrios periféricos de la capital reciben tres o cuatro horas de electricidad al día, que les sirven malamente para cargar los equipos eléctricos, y después sobreviene la oscuridad que dura hasta el día siguiente.
En la citada comparecencia televisiva, el ministro De la O Levy realizó una explicación acerca de los criterios que han prevalecido para seleccionar a los circuitos protegidos. Mencionó a los circuitos que abastecen de electricidad a los hospitales, casas de abuelos, fuentes de abasto de agua, círculos infantiles, y algunas instituciones que prestan servicios a la población, como las sucursales bancarias.
Sin embargo, como quiera que conocemos bien la manera de actuar de las entidades oficiales cubanas, albergamos la convicción de que, además de los circuitos antes mencionados, hay otros donde la corriente eléctrica no falta nunca. Claro que nos referimos a los barrios donde reside la nueva clase. O sea, la cúpula gubernamental y partidista.
Lo anterior es una de las acciones que más malestar causan en la población. Porque si los apagones fueran parejos para todos, sería más fácil entender todos los llamados a la resistencia que enarbolan las autoridades. Pero si constatamos que los apagones son generalmente para los cubanos de a pie, entonces la indignación de la ciudadanía va en aumento.
A todo lo anterior se une la reciente colocación de paneles solares en determinados lugares donde al régimen le conviene que haya electricidad, como las viviendas de elementos de probada afinidad con el Gobierno, como los héroes nacionales del trabajo y otras personas por el estilo.
Así se va creando en Cuba una evidente división en dos estamentos perfectamente definidos: los que tienen a su disposición casi todo el tiempo la corriente eléctrica, y aquellos que deben soportar los apagones de 12, 15 y hasta 20 horas diarias, con el agravante de la carencia de agua potable y la descomposición de los pocos alimentos con que cuentan en sus refrigeradores.
En los próximos días se puede complicar la situación de los desheredados de la corriente eléctrica cuando comience la Copa Mundial de Fútbol. La mayoría de la población deseará presenciar por la televisión los pormenores de esta cita deportiva, que aquí casi siempre incluye la trasmisión de todos los juegos del Mundial. Y para complacer a esos fanáticos del fútbol —muchos de ellos pertenecientes a la clase que detenta el poder— habrá que aumentar las horas de apagones que padece el cubano de a pie.
Todos aplaudirán los goles de Messi y de Kylian Mbappé, mientras que la prometida rotación de los apagones quedará en el olvido.