Una estudiante de cuarto año de Medicina en Villa Clara resume en una frase el estado actual de la universidad cubana: "No hay escuela, la cerraron. Estoy en el cuerpo de guardia de cirugía cubriendo en la enfermería". No es un caso aislado. Es, según coinciden alumnos, profesores y expertos, el síntoma más visible de un sistema de Educación Superior que ha dejado de funcionar con normalidad.
Desde enero, estudiantes de distintas provincias fueron enviados a sus casas sin recibir clases ni instrucciones claras de sus docentes o centros de estudio. Dos meses después, muchos siguen sin regresar a las aulas, en un escenario que contrasta con el discurso oficial de continuidad académica.
Cuba cuenta oficialmente con unas 50 universidades, más de 130 centros de educación superior y alrededor de 200.000 estudiantes matriculados, según cifras oficiales. Pero esa estructura formal contrasta con una realidad en la cual miles de jóvenes no reciben clases desde hace semanas.
Yailén*, estudiante de tercer año de Ingeniería Industrial en la provincia de Camagüey, describe una realidad similar a la de la estudiante de Medicina en Villa Clara: "La Universidad Ignacio Agramonte Loynaz hace un mes está cerrada y ni un día a la semana estamos yendo. Todo es por grupos de WhatsApp y, como nunca hay conexión, se ha vuelto prácticamente imposible recibir las clases, además de que no todo el mundo tiene saldo para conectarse a internet", expresa.
En el discurso oficial, "la universidad sigue funcionando"
En su comparecencia del viernes 13 de marzo, el gobernante Miguel Díaz-Canel admitió que las universidades operan en medio de apagones, falta de combustible, déficit alimentario y carencias tecnológicas, pero insistió en que el curso no se detendrá.
El gobernante atribuyó la crisis al "bloqueo energético" de Estados Unidos y defendió las "variantes de semipresencialidad" y la llamada "estrategia comunitaria" anunciada en febrero por el Ministerio de Educación Superior: profesores desplazándose a municipios, clases en centros locales y mayor "inserción territorial".
Díaz-Canel reconoció que "no todo ha salido bien", que hay territorios que han aplicado mejor que otros los cambios, y que eso ha generado "preocupaciones" a estudiantes, profesores y familias.
El 19 de marzo, el ministro de Educación Superior, Walter Baluja García, anunció modificaciones curriculares que incluyen la reducción de evaluaciones "a las imprescindibles". También, la posibilidad de convocar exámenes de suficiencia fuera de calendario y la realización de ejercicios de culminación de estudios tanto de forma presencial como virtual, según las condiciones de cada territorio, publicó el diario oficial Granma.
Las directrices oficiales contemplan asimismo reforzar el envío de estudiantes a entidades laborales en sus localidades para cumplir prácticas y "otras actividades docentes", y a ello se suma el énfasis en el "vínculo" con tareas económicas y sociales, así como en el trabajo político-ideológico dentro de la comunidad universitaria.
En nuevas "orientaciones" para la continuidad del proceso de formación de pregrado, publicadas el 19 de marzo, el Ministerio de Educación Superior insiste en avanzar hacia el cierre del curso académico con ajustes que, en la práctica, consolidan un modelo fragmentado y precario.
Según la narrativa oficial, la educación superior continúa como una "prioridad" y las dificultades serían "temporales", pero los testimonios recogidos dentro y fuera de las universidades dibujan un panorama contrario.
Un sistema fragmentado y sin aulas
En el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, donde estudian entre 1.000 y 2.000 estudiantes, según un ranking universitario internacional, la actividad docente está prácticamente desarticulada. "Está cerrado", resumió una fuente interna. Los estudiantes de provincia fueron enviados a sus territorios y solo reciben clases "si en esas provincias hay un licenciado". En caso contrario, han sido reubicados para "ayudar en las escuelas de arte".
Los alumnos de último año de Música deben improvisar sus recitales de graduación en sus lugares de origen antes de mayo, mientras en la capital cubana algunos profesores atienden a estudiantes "en sus casas o donde puedan coincidir".
La enseñanza grupal, en muchos casos, se reduce al envío de tareas por WhatsApp.
Un mensaje interno del profesorado confirma el nivel de improvisación: ajustes urgentes de horarios, clases dispersas, exámenes adelantados y hasta la posibilidad de eximir recitales de graduación.
Carmen*, estudiante de segundo año de Actuación en el ISA, lo confirma: "Damos clases solo un día por semana en un teatro, con prácticas presenciales y teóricas imposibles por WhatsApp ante la falta de conexión. Los becados regresaron a sus provincias y siguen igual, con un instructor una vez por semana", señala.
Estudiantes convertidos en mano de obra
La situación descrita por estudiantes de Medicina ilustra otro fenómeno: la utilización de universitarios como sustitutos de personal en medio de la crisis. Con las facultades cerradas, algunos han sido redirigidos a cubrir servicios en hospitales o consultorios, sin que ello forme parte de un programa académico estructurado.
Roger*, estudiante de quinto año de Medicina en Cienfuegos, cuenta que los últimos años de la carrera mantienen rotaciones y prácticas, mientras los años inferiores se incorporan a áreas de salud en sus zonas. "Pero las clases presenciales en aulas no se imparten", añade.
Protestas y ruptura de la confianza
El deterioro del sistema ha comenzado a generar respuestas inéditas. El 9 de marzo, una treintena de estudiantes realizó una sentada en la escalinata de la Universidad de La Habana para exigir la suspensión del semestre ante la falta de condiciones mínimas.
"Ninguno de nosotros quería levantarse temprano hoy en la oscuridad… pero no había otra manera", dijo una estudiante citada por EFE. Los reclamos apuntaban a problemas básicos: apagones, falta de transporte, conectividad limitada y ausencia de condiciones para estudiar.
Días después, más de 40 universitarios reiteraron sus quejas ante el ministro de Educación Superior sin obtener respuestas concretas, de acuerdo con otro reporte de la agencia española. También cuestionaron a la oficialista Federación Estudiantil Universitaria (FEU), a la que no consideran representativa.
"Voy un día a la semana a recibir una conferencia en la sede de mi municipio, allí los profesores nos mandan trabajos prácticos y nos preguntan dudas. El resto lo hacemos por videollamada grupal, ya sea los trabajos en equipo o algún repaso con algún profesor, que suelen durar media hora. La semana pasada hubo que recargar los datos móviles a un profesor porque no tenía saldo", relató Aldo, estudiante de segundo año de Cultura Física, de La Habana.
El relato oficial frente al vacío real
Mientras las autoridades hablan de "coordinación con los municipios" y "alternativas académicas en las localidades", los hechos apuntan a un cierre de facto del sistema: estudiantes en casa sin clases durante semanas, universidades sin actividad regular, profesores improvisando espacios y métodos, evaluaciones y graduaciones adaptadas sin garantías.
Lo que el Gobierno presenta como "flexibilización" es descrito por quienes lo viven como paralización.
Para Omara Ruiz Urquiola, directora del Observatorio de Libertad Académica (OLA), lo que ocurre va más allá de una contingencia. "El impacto estructural es la devaluación cualitativa generalizada, más profunda y difícilmente reversible en las zonas rurales", advierte. A su juicio, esto tendrá una "incalculable incidencia negativa en el mediano y largo plazo", al comprometer la formación del capital humano del país.
Ruiz Urquiola, también historiadora del arte y profesora auxiliar con más de 20 años en la docencia en la Isla, es aún más contundente al evaluar el estado actual del sistema: "Tocó fondo. Lleva décadas de estancamiento y retroceso, y estas medidas han representado la estocada de muerte", asegura.
Las denuncias que recibe el OLA apuntan a un colapso total: "Ni en las sedes municipales se está cumpliendo con el programa docente. No hay corriente para usar una computadora, la carga de los teléfonos no alcanza y descargar archivos es casi imposible", sostiene Ruiz Urquiola.
El problema no es solo tecnológico, también es económico: "El combustible para las plantas eléctricas es carísimo, hasta 4.000 pesos el litro en el mercado informal", recuerda.
En ese contexto, sostiene, la idea de educación a distancia es inviable sin infraestructura y profundiza las desigualdades.
Una generación entre la resistencia y el abandono
Pese a las limitaciones, Ruiz Urquiola destaca el carácter de las protestas estudiantiles recientes: "Son acciones con alto carácter reflexivo, con la madurez de quien entiende que la escuela es un ensayo de ciudadanía", dice.
Sin embargo, advierte que el deterioro educativo en Cuba tiene un trasfondo político: "El funcionariado educativo no lo es en realidad; es un comisariado político que responde a lo extradocente en detrimento de lo esencial", comenta.
A su juicio, la educación ha dejado de ser prioridad real para el Estado: "Es un escenario para naturalizar la cooptación de derechos, conducir a la apatía ciudadana y a la desmovilización", afirma.
Un sistema que existe más en el discurso que en la práctica
Para el historiador e investigador del OLA Leonardo Fernández Otaño, el problema no es coyuntural sino estructural. Advierte que las medidas actuales no responden a una situación de normalidad, sino a una acumulación de crisis que ha deteriorado el proceso docente. A su juicio, lo que se presenta como "semipresencialidad" en realidad somete a los estudiantes a una educación prácticamente virtual "sin tener las condiciones ideales".
El investigador también subraya que este deterioro ocurre en un entorno donde la autonomía universitaria es limitada y donde persisten prácticas de censura. OLA ha documentado numerosos casos de profesores y estudiantes sancionados o marginados por sus posturas, lo que condiciona el ambiente académico y restringe el debate crítico dentro de las instituciones.
Además, Fernández Otaño advierte sobre la carga ideológica en la enseñanza que, a su juicio, desplaza criterios de calidad académica y limita el acceso a oportunidades basadas en el mérito. En ese contexto, considera esencial garantizar "el respeto a los derechos y a los principios de la autonomía universitaria", así como promover una educación "alejada de la ideología" y centrada en estándares internacionales.
En su valoración final, es categórico: la educación superior en Cuba no puede sostener estándares mínimos de calidad en el contexto actual. "Hablamos de una enseñanza totalmente colapsada", resume, en un país donde la crisis se ha extendido a todos los ámbitos.
*Algunos de los nombres en este reportaje fueron cambiados para proteger a los entrevistados.
La crisis en la educación terciaria compromete la Cuba de las próximas décadas, con independencia de cualquier cambio político.