El calor y la cola en la sala de espera del policlínico aumentan la tensión entre quienes aguardan ser atendidos. Entre ellos, María Elena Lovaina Cobas, una mujer de 64 años, abanica con un cartón doblado a su nieto de cuatro. La mirada del niño es vidriosa y su piel está cubierta de sudor frío, producto de los vómitos, diarreas y fiebres constantes.
"Está volado en fiebre y le duelen las articulaciones. Así lleva dos días", murmura la abuela, como si confesarlo le ayudara a saltarse la dilatada cola. Sin embargo, la tos y los quejidos de otros pacientes, muchos de ellos también niños, le advierten que no habrá compasión. Cada quien debe esperar su turno.
Finalmente, cuando los recibe un médico recién graduado y con ojeras que delataban continuas guardias de 24 horas, el diagnóstico es casi intuitivo, porque el lugar no dispone de reactivos para los análisis de sangre, el aparato de radiografía hace meses no funciona y los ultrasonidos solo se practican una mañana a la semana, a embarazadas con turno previo.
"Por ahí se dice que son tres, pero ahora mismo tenemos un brote de nueve virus. Es muy difícil de diagnosticar, pero esto parece chikungunya", cuenta la mujer que le explicó el médico. Fue el mismo criterio que repitió a la mayoría de pacientes.
La coexistencia de dengue, chikungunya, oropouche y zika ha creado una tormenta perfecta para el sistema de salud cubano, que además de reactivos y equipamiento médico para exámenes y diagnósticos, carece de medicinas para hacer frente al aumento de padecimientos virales que azotan a la población. A todo esto se añade ahora la grave crisis energética, que ha provocado un recorte de los servicios médicos.
En las recetas los doctores apenas pueden indicar lo básico para los enfermos: sales de rehidratación, paracetamol o dipirona, a sabiendas de que, por primarios que puedan resultar estos fármacos para cualquier tratamiento, difícilmente podrán ser encontrados en las farmacias estatales.
A María Elena el médico le dejó saber, bajando la voz, avergonzado de una realidad que no puede solucionar, que casi seguro tendría que comprar en el mercado negro las medicinas para su nieto. El precio de un blíster de paracetamol traído del extranjero por alguien (vía mulas) puede costar un tercio del salario mínimo mensual.
Cuando se trata de menores de edad, en los policlínicos los médicos recomiendan que sean llevados de manera directa al hospital, donde se concentran los pocos recursos que existen para atender a los enfermos.
A propósito del alarmante número de contagios de estas enfermedades, y las dificultades para ofrecer tratamiento, el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) orienta que los menores de dos años que lleguen al sistema de atención primaria con fiebre, dolores en articulaciones, vómitos o diarreas, se deben remitir e ingresar en un hospital.
Hospitales: harina del mismo costal
La directriz del MINSAP suele caer en saco vacío en hospitales como el Ángel Arturo Aballí, de Arroyo Naranjo, donde los menores que llegan a la consulta del cuerpo de guardia continúan recibiendo un diagnóstico muy escueto, acompañado de un trato desatento y hostil hacia la preocupación de los padres.
De acuerdo con Miriam Almanza Carreras, madre de un niño de 18 meses que pasó el chikungunya, "allí te espera un pediatra que supervisa a media docena de residentes y estudiantes, que son quienes consultan. Miran al niño por arribita, sin hacerle pruebas, y si tiene fiebre, vómitos o diarrea, te dicen que tiene el virus y lo mandan para la casa", ilustra.
Para que el niño sea ingresado, los médicos exigen que el paciente presente al menos diez vómitos o diarreas en menos de una hora, dice Almanza Carreras. "O sea, tu hijo tiene que llegar más muerto que vivo para que le den una cama y le pongan medicamentos".
A partir de una mala experiencia que también le tocó enfrentar en el Ángel Arturo Aballí, Sandra Guerra Cortés narra cómo la precariedad de las instalaciones hospitalarias y de los servicios que prestan, es utilizada por los médicos como chantaje contra los padres que insisten en una revisión más completa a sus hijos.
Por pedir un análisis de sangre la amenazaron con internar a su niño, como si quedar bajo los cuidados del lugar empeorara la situación. "Con un sarcasmo enorme me soltaron: '¿Quieres que le vaya bien? Entonces, no preguntes y vete'. Saben que los hospitales están en candela y lo usan para deshacerse de ti", señala Guerra.
Según Moraima Duque Laredo, en una misma tarde visitó los pediátricos de Centro Habana, Cerro, 10 de Octubre y Arroyo Naranjo, intentando en vano que le hicieran una radiografía de pulmón a su hijo para descartar que tuviera problemas respiratorios, y que en efecto contenía el "virus", como le venían diagnosticando.
A pesar de la crisis epidemiológica que vive La Habana, pudo comprobar que en estos hospitales infantiles los especialistas de radiología y ultrasonido nada más trabajan hasta el mediodía. Fuera de ese horario, los pacientes que acuden al cuerpo de guardia deben esperar al día siguiente, sin importar su urgencia de salud.
"Hay mucha negligencia. Para los médicos todos los niños tienen el virus y se molestan si les pides una placa. Y si no vienes temprano ya todo está cerrado. Son hospitales y no tienen a nadie de guardia, como si la enfermedad tuviera horarios", acotó la mujer.
"Mamá, dele agua al niño"
Tras varios diagnósticos que no la convencieron, Alina Mestre Santoya durante tres días recorrió varios pediátricos en busca de la mejor atención para su hijo. Al Leonor Pérez, del municipio Boyeros, llegó de urgencia con el niño en medio de una crisis de vómitos, casi deshidratado.
En el cuerpo de guardia le dieron los primeros auxilios, lo reanimaron e ingresaron, algo que le había sido negado en los anteriores hospitales. Pensó que finalmente se encontraba en el sitio indicado. Nada más lejano de la realidad.
Dicho centro médico se encuentra destinado, fundamentalmente, para la recepción de pacientes con dengue, zika, oropouche y chikungunya. "Lo atendieron tan bien, con tanto cariño, que desde el primer momento que me dijeron que era el virus —chikungunya— quedé satisfecha", cuenta.
Hasta que pasaron los días y las fiebres aumentaron. "No tenían ni dipirona inyectable para bajar las fiebres, muchas veces los padres teníamos que comprar el medicamento en la calle" señala. Tras exigir nuevos exámenes, estos arrojaron que a su hijo lo afectaba una neumonía.
"No fuimos un caso aislado, hubo otro niño que llegó a tener líquido en los pulmones, porque supuestamente también tenía era el virus y no le atendieron la neumonía. Como no tienen medicamentos para la fiebre, tos o cualquier otra cosa, enseguida te dicen: 'mamá, dele agua al niño'. Como si el agua fuese medicina", comenta Mestre.
Asimismo, lamenta el hacinamiento que padecen los enfermos en los hospitales: "Tuvimos que continuar en una sala con niños que tenían dengue, chikungunya o cualquier otro de los virus que transmiten los mosquitos. Todas estaban llenas, incluso había camas en algunos pasillos. Vi madres que tuvieron que ingresarlas mientras cuidaban a sus hijos, porque se habían contagiado", concluye.
El hacinamiento, la otra epidemia
Lo que más golpea a las familias no es solo la falta de medicamentos o diagnósticos, sino el hacinamiento extremo que reina en los hospitales. Un fenómeno que, lejos de ser nuevo, alcanza niveles inéditos con el repunte de enfermedades respiratorias que ha traído el invierno.
Bajo condición de anonimato, una doctora del Hospital Pediátrico William Soler, ubicado en el municipio Boyeros, dijo que, junto a las virosis, los niños con cuadros agudos de neumonía componen el mayor porciento de ingresos no planificados.
"La causa del brote de neumonía se quiere mantener bajo la manga, cuando todos deberían saber que se trata de una cepa de Covid", puntualizó.
Según su testimonio, desde noviembre cada semana colapsan las capacidades de la sala de Respiratorio, por lo que muchos internamientos por este tipo de padecimientos tienen que ser ubicados en las salas de Misceláneas, Ortopedia o Gastro.
La sobrepoblación también afecta a la sala de terapia, donde se tienen que habilitar camas en los pasillos o sacar de esa área de máximos cuidados a pacientes que aún requieren la atención. "Suele pasar que esos niños que salen antes de tiempo retornan después con complicaciones. Es una situación muy difícil para los padres y para los médicos, que con otras condiciones pudiéramos hacer más", ilustró.
Enfermar en Cuba hoy no es solo contraer un virus, sino enfrentarse a un sistema debilitado, que obliga a las familias a improvisar soluciones, a endeudarse para comprar medicinas y recorrer hospitales en busca de un examen básico.
Significa caer en un laberinto de escasez, negligencia y hacinamiento. Uno del que cada día miles de cubanos intentan salir con lo único que les queda: fe en que la próxima fiebre no será la última.
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Este articulo no es inocuo. Y no por la intención del autor, sino porque es una anticipación de lo que va a ocurrir en Cuba y de como serán las subsiguientes publicaciones.
Y es que, de no aceptar cambiar, y de no producirse una acción militar como la Venezuela, la situación de Cuba se convertirá en una catástrofe humanitaria de la que se hablara todos los días en todo el mundo.
Yo apoyo casi todas las políticas de Trump, pero es obvio que por lo menos la mitad de los americanos, y una mayoría de las personas pensantes del resto del mundo, lo odian.
No entro en el análisis de por qué esto ocurre. Sería como decir, los trumpistas somos inteligentes y los no-trumpistas son unos idiotas, que no tienen vision política; pero decir eso, seria atraer el mismo odio que Trump atrae. Nada mas vean el reciente dictamen de la Corte Suprema de Justicia.
Es por eso, que Trump se vera atado para actuar militarmente en Cuba; pero dejar que el futuro lo decidan los esbirros cubanos, es triste.
Esta es la parte triste de la agonía del régimen: el sufrimiento de la gente. Que todo pase pronto.