Back to top
Opinión

'Granma' ha dicho la verdad

El diario oficial del régimen celebra como un logro lo que no es más que un epitafio anticipado.

Madrid
Miguel Díaz-Canel recibe instrucciones de Raúl Castro, 2016.
Miguel Díaz-Canel recibe instrucciones de Raúl Castro, 2016. AP

El periódico Granma ha dicho la verdad. Acostumbrados como estamos los cubanos a la gimnasia de la mentira oficial, muchos no hemos entendido a la primera tan inusitado acto de sinceridad. En un texto publicado recientemente, el órgano del Partido Comunista de Cuba ha proclamado: "Cada día de la Revolución es una victoria". Aunque hay tantas lecturas como lectores, para comprender el sentido real de tal afirmación, conviene hacerse dos preguntas: ¿qué es para ellos "la Revolución"? ¿Y qué consideran "una victoria"?

Las respuestas, en torno a las cuales no merece la pena demorarse demasiado por su simpleza, están a la vista: "la Revolución" son ellos mismos, la cúpula que habita el Turquino —que no el Olimpo— del poder; y "una victoria" no es otra cosa que seguir ahí, aferrados a la cada día más escuálida ubre nacional mientras sea posible y sin importar el costo.

La sinceridad de la frase, que podría confundirse con el triunfalismo al que nos han habituado, y la cercanía del cierre de año me llevaron a repasar, sin ánimo de ser exhaustivo, algunos de los acontecimientos recientes que permiten afirmar que, en efecto y tal como han reconocido, el régimen sobrevive al día.

2025 y las causas de la crisis que atraviesa Cuba

Como en años anteriores, 2025 ha estado marcado por un discurso oficial que externaliza casi por completo las causas de la crisis que atraviesa la Isla. El Gobierno no solo sigue responsabilizando al embargo estadounidense de la debacle económica, sino que ha llegado a sugerir en un medio bajo control del Partido Comunista, que la epidemia de chikungunya que ha enfermado a medio país podría deberse a una maniobra del "enemigo histórico". 

Más allá de lo cansino del recurso, el poder reconoce implícitamente que no controla el rumbo del país y que su destino depende de fuerzas externas que le son ajenas. Son como las tragedias griegas, donde el héroe se declara impotente ante una fatalidad dictada por los dioses. Sin embargo, a diferencia de los mitos clásicos, esos "dioses" no son abstracciones caprichosas, sino procesos geopolíticos concretos.

El último tercio de 2024 ofreció dos señales inequívocas de que el entorno externo comenzaba a cerrarse aún más para La Habana. Por un lado, la cancelación de acuerdos comerciales con China —incluida la compra de azúcar— puso de manifiesto el agotamiento de la paciencia de Pekín ante un socio que acumula deudas, incumple compromisos y se resiste a introducir reformas mínimamente funcionales. Por otro, la elección de Donald Trump como presidente de EEUU marcó el regreso de una política de confrontación abierta, con sanciones reforzadas y la reinstalación de Cuba en el perímetro de los países a aislar.

A este escenario se suma la prolongación de la guerra ruso-ucraniana, que ha obligado a Moscú a concentrar recursos, atención y capital político en su propio conflicto, lo que reduce su margen de maniobra para sostener aliados periféricos. Rusia sigue presente en Cuba, pero menos como benefactor estratégico que como actor pragmático que intercambia apoyos puntuales.

En Oriente Medio, los bombardeos israelíes contra objetivos iraníes y el posterior alto el fuego han debilitado a Teherán, otro socio del eje antioccidental. Las consecuencias económicas y militares de ese enfrentamiento han limitado la capacidad de Irán para proyectar apoyo más allá de su entorno inmediato.

En América Latina, el panorama tampoco resulta alentador para La Habana. Venezuela, durante años el principal sostén energético y financiero del régimen, atraviesa una situación crítica marcada por la inflación, el nerviosismo social y una presión externa creciente, lo que reduce drásticamente su capacidad de auxilio. Al mismo tiempo, la región experimenta un giro político hacia la derecha que, más allá de sus matices nacionales, ha enfriado la disposición de muchos gobiernos a ofrecer cualquier tipo de respaldo a la dictadura cubana.

Movimientos reveladores entre la elite gobernante en Cuba

Ese estrechamiento del margen externo ha coincidido, además, con movimientos reveladores en el interior de la elite gobernante en Cuba. Si algo ha demostrado 2025 es que, mientras el régimen se presentó como un bloque monolítico hacia afuera —una suerte de colegio de cardenales bien llevados— por dentro atraviesa un proceso de desgaste, reacomodo y purga que no puede ocultarse.

La desaparición física de una figura como Ricardo Cabrisas, negociador de la deuda con el Club de París y puente durante décadas con múltiples actores internacionales, simboliza el ocaso de una generación que conservaba experiencia, redes y cierto pragmatismo. Su muerte no ha sido compensada ni parece que vaya a serlo, por cuadros de igual peso, sino por una burocracia menos preparada, menos autónoma y más dependiente del control vertical del Partido y de los aparatos de seguridad. Como su sustituto en la cartera de Comercio Exterior, Óscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino nieto de Fidel y Raúl Castro, quien ha sido incorporado hace muy poco como diputado a la Asamblea Nacional, apunta un curioso movimiento que puede señalar a una continuidad dinástica.

En paralelo, las purgas por "corrupción" han alcanzado a figuras de primer nivel, lo que revela fisuras profundas en la elite gobernante. La destitución de Jorge Luis Perdomo Di-Lella en el último tercio de 2024 y, sobre todo, la caída estrepitosa de Alejandro Gil, tutorado de tesis doctoral de Miguel Díaz-Canel y uno de los arquitectos de las reformas fallidas desde su puesto de ministro de Economía y Planificación, señalan ajustes internos, mecanismos de disciplinamiento y, no menos importante, intentos de personalizar responsabilidades que son esencialmente sistémicas.

A estas purgas se han sumado en los últimos días algunos "movimientos de cuadros", entre los cuales la destitución del presidente del Tribunal Supremo Popular, Rubén Remigio Ferro, ha acaparado la mayor parte de los titulares. Con mucha menos atención mediática, pero de mayor relevancia a mi juicio, es la solicitud de renuncia de Homero Acosta, secretario del Consejo de Estado y figura de confianza de Raúl Castro, a quien no pocos hemos identificado como una suerte de Torcuato Fernández-Miranda cubano: un hombre con el conocimiento y la discreción política necesarios para conducir, llegado el momento, una transición desde dentro del propio entramado del régimen.

Mientras "arriba" se producen estos ajustes, "abajo" la realidad material es cada vez más áspera. A lo largo de 2025 se han multiplicado las protestas, espontáneas, fragmentadas y sin liderazgo visible, pero persistentes. Entre ellas destacan las manifestaciones estudiantiles de hace algunos meses —aunque parece que sucedieron hace décadas—, que rompieron un tabú largamente cultivado por el régimen de una juventud "revolucionaria" y dócil. Que el malestar haya alcanzado universidades es una señal de que el contrato social se ha roto.

La crisis energética es una condición permanente, al punto que el propio Gobierno reconoce que continuarán los apagones en 2026, aunque con una "ligera mejoría". En el plano económico, el panorama es desolador. Un estudio independiente muestra una paradoja que lo retrata: mientras una parte del sector privado confía en su propia capacidad de adaptación, la mayoría no cree en la recuperación de la economía nacional. 

En Cuba se sobrevive a pesar del Estado/Gobierno. El llamado proyecto de la Continuidad fracasó de manera estrepitosa: su promesa política se ancló en una Constitución que ha sido incumplida de forma sistemática; su apuesta económica hundió al país aún más en el pozo de la pobreza; y su recambio generacional colocó en posiciones de poder a cuadros carentes de competencia y carisma, cosecha corrupta de la "política de cuadros". El país funciona hoy como una suma de estrategias individuales de escape, no como un proyecto colectivo mínimamente coherente. Y eso, como sabemos, es todo menos sostenible.

Hace algunos días comenté en una entrevista que el régimen cubano se asemeja a los edificios ruinosos del Malecón: corroídos por el salitre y el abandono, siguen en pie por inercia milagrosa, agrietados, como muertos en vida. Hasta que un día la estructura cede y el edificio colapsa. Lo verdaderamente trágico es que cuando cae, casi siempre termina hiriendo o matando a alguien. El derrumbe del régimen ha causado un daño profundo y sostenido, no solo a millones de cubanos en lo individual, sino a la nación como proyecto común.

Sobrevivir un día más, como celebra Granma, es el único objetivo posible de un poder que apenas administra el deterioro. En ese sentido, la frase funciona como epitafio anticipado. Ningún sistema puede sostenerse indefinidamente sobre la negación, la escasez y el sacrificio sistemático de una sociedad entera para garantizar la supervivencia de una elite. Las victorias que se cuentan por días no anuncian permanencia, sino colapso.

Necesitamos tu ayuda: apoya a DIARIO DE CUBA

Más información

Sin comentarios

Necesita crear una cuenta de usuario o iniciar sesión para comentar.