Escapar del hambre y la pobreza de Cuba se convirtió en la obsesión de Yania, de 27 años, y de Inés, de 32, quienes vivían en el oriente de la Isla. Yania es madre de una niña de cuatro años, e Inés de una de nueve. Las dos dejaron a sus hijas con las abuelas para intentar empezar una nueva vida en Surinam, y con la esperanza de reunirse pronto con sus pequeñas. Para ambas, el viaje acabó en una red de prostitución.
Yania era maestra en Cuba y miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas, pero su trabajo no le servía para apartar a su hija del hambre. "Lo que más me dolía era la leche que le quitaron a la niña. Lloraba mucho porque no podía comprarla en la calle, ni en las MIPYMES, porque un paquete de leche era la mitad de mi salario", relata.
"Ver a mi hija sufrir me impulsó" a buscar la forma de salir de Cuba. Sin parientes que le financiaran una travesía, tomó la decisión de aceptar otra forma de conseguir su objetivo.
Inés era trabajadora por cuenta propia en Cuba, pero tampoco conseguía mejorar las condiciones de vida de su hija y de su madre. "La situación de Cuba es terrible, pasábamos hambre, era muy doloroso ver a mi mamá y a mi hija malcomiendo", explica. "Yo soy una mujer luchadora, y muchas veces me levantaba sin nada que comer. La única forma de ayudar a mi familia era salir de Cuba".
Las dos mujeres se enteraron de la posibilidad de salir del país para trabajar en Surinam. En las redes sociales encontraron propuestas dirigidas a jóvenes cubanas. Yania consiguió el contacto de un traficante, Inés escribió a una publicación que vio en Facebook.
"Sabía que estaban pagando pasajes para Surinam y Guyana. El contacto era de un cubano que al final resultó ser un intermediario. Era un muchacho joven, bien parecido, que te pintaba todo muy bonito, casi que te enamoraba", dice Yania.
Las condiciones eran muy claras, añade. Buscaban chicas blancas, delgadas, bonitas, y había que enviar una foto. "No se especificaba para qué tipos de trabajo eran las ofertas, pero te dejaban entrever que sería como en un bar, de camarera o algo así", recuerda Yania. Asegura que nunca le hablaron de prostitución directamente, pero sí de que tenía que pagar el préstamo que le hacían para realizar la travesía.
Cuando fue "aprobada", le dieron el contacto de otra muchacha contratada (Inés) que viajaría con ella. Esto la alentó y le dio confianza a sus familiares, que estaban aterrados de que viajara sola. Aunque quienes pagaban el viaje nunca lo dijeron claramente, las dos intuían que la prostitución era el destino que las esperaba. "Nadie se gasta tanto dinero para camareras o bailarinas", razona Yania.
La despedida familiar fue difícil. Yania no le contó a su madre su sospecha de que su destino más probable era la prostitución. "Hasta hoy, no lo sabe, y no se lo pienso decir, para ella trabajo en un club", comenta. "Tengo vergüenza, no estoy orgullosa, es un trabajo humillante".
Inés sí se lo comentó a su madre. "Lloró mucho y me dijo 'cuídate'. Ella sabe que mi lucha es para ellas. Tuve un momento de arrepentimiento en el aeropuerto, casi no viajo, pero cogí miedo de que me hicieran algo", explica.
Yania e Inés creen que los que manejan este negocio de explotación de mujeres tienen conexiones en Cuba. Fueron advertidas de que, una vez pagado todo, si se arrepentían sufrirían represalias que podían ir desde golpizas hasta denuncias de tráfico de personas. "Hay una arrepentida que está presa por tráfico, cuando ella era la traficada", dice Yania, aunque no puede aportar más información.
Según datos de la ONU, las mujeres y las niñas son las víctimas principales de la trata de personas a nivel mundial. La causa fundamental es la pobreza. Más del 60% de estas mujeres y niñas son explotadas sexualmente.
La travesía comenzó en La Habana. Tras una escala de tres horas en Panamá, las dos mujeres llegaron a Georgetown, Guyana. "Estábamos aterradas porque no es fácil salir de tu país por primera vez sin conocer nada, sin dinero y sin internet para comunicarte, y ponerte en manos de los coyotes que nos esperaban en el aeropuerto", explica Inés. "Pero tengo que reconocer que la red que nos llevó hasta la frontera con Surinam fue muy eficiente", agrega.
Según cuenta, fueron seis horas de viaje en autos, atravesando bosques. "Cada dos horas nos cambiaban de carro y de coyotes; en total cambiamos tres veces hasta que nos dejaron en un río, cogimos una patana para cruzarlo y finalmente llegar al punto fronterizo. Allí medio dormimos solas".
"Por la mañana abrieron la oficina del punto, nos pusieron el cuño, y entramos en Surinam, donde ya estaba esperándonos un coyote", señala.
Después de un viaje de cuatro horas, las mujeres llegaron a Paramaribo, capital de Surinam. "Nos llevaron directamente a una casa donde ya había otras muchachas. El cubano que nos contrató nos presentó al patrón, un surinamés indostano", dice Yania.
Entonces, todo quedó claro y las cubanas confirmaron su presentimiento. "Nos explicaron que teníamos una deuda de 6.000 dólares a pagar en tres meses, que buscáramos nuestros clientes para pagarlas, y que teníamos que compartir el pago del alquiler de la casa, que era de 400 dólares".
Aunque la prostitución en Surinam es ilegal, está muy extendida debido a la permisividad de las autoridades. Es la principal fuente de trabajo de las migrantes dominicanas, brasileñas y cubanas entre otras.
En los últimos años ha sido notable el aumento de mujeres cubanas, aunque no hay cifras oficiales. Las trabajadoras sexuales se concentran en la capital y en las zonas mineras de extracción de oro, conocidas como Garimpos.
"Empezamos a trabajar al siguiente día de haber llegado, hicimos la calle", dice Yania. "Lo primero es conocer las tarifas (50 dólares por media hora y 300 por toda la noche), comprar preservativos y conocer los clubes que alquilan habitaciones que pagan los clientes. El pago al patrón es diario", dice.
"Ser prostituta es un trabajo que no le deseo a nadie. Yo en Cuba era una profesional y no me siento bien. Los hombres te acosan, se vuelven posesivos, como animales. Todo esto me tiene deprimida, mi único consuelo es llamar a Cuba y ver que a mi hija no le falta nada", concluye Yania, que ya pudo saldar su deuda con el traficante. Inés aún sigue "haciendo la calle".
En la segunda parte de este reportaje, ambas hablan de su situación actual y de cómo ven su futuro.
Los nombres de las mujeres que brindaron su testimonio a DIARO DE CUBA fueron cambiados para proteger su identidad.
Que lo tome con espíritu revoluciónario la exmilitante de la UJC,no es lo mismo un trabajo voluntario a que te paguen por minutos el uso del " conejo" .Ah y no se hagan las bobas,que los cubanos de comen....no tenemos un pelo.