La Habana parece atrapada entre dos peligros opuestos: la ruina y el espejismo. Entre el derrumbe cotidiano y la promesa de una modernización acelerada que, en nombre del progreso, podría destruir lo que precisamente hace de ella un organismo singular. Como receptores de un vasto patrimonio heredado, urge que ganemos mayor conciencia urbana como ciudadanía, y así cuidar de transitar el mejor camino en tiempos de cambio.
Regenerar la ciudad no solo consiste en atraer inversiones para reparar edificios y calles, y menos aún en convertirla en una postal turística o en una ciudad tematizada. La regeneración urbana —si aspira a ser verdadera— implica reconstruir relaciones sociales, identidades barriales, y crear mecanismos sostenibles para que siga habitándose sin expulsar a quienes la sostienen. Implica preservar la identidad paisajística y la memoria histórica, al tiempo que se garantiza una calidad de vida moderna.
La experiencia internacional demuestra que muchas ciudades fracasaron al confundir renovación con sustitución, en negar el pasado o tergiversarlo. Desde los grandes proyectos inmobiliarios hasta modelos de turistificación agresiva, abundan ejemplos de centros históricos convertidos en escenarios vacíos, impecables para la fotografía, inviables para la vida cotidiana. La Habana y, por supuesto, otras ciudades cubanas, también corren ese riesgo. No obstante, debe conocerse que poseen herramientas para evitarlo.
Una de ellas es la experiencia teórica y práctica construida durante más de tres décadas por la Oficina del Historiador de la Ciudad y el Plan Maestro. En un país donde tantas instituciones fueron erosionadas por la improvisación, el centralismo y la asfixia económica, resulta significativo que sobreviva un cuerpo técnico capaz de pensar la ciudad desde una visión contemporánea, interdisciplinaria y profundamente vinculada al patrimonio y el desarrollo social.
Su Plan Especial de Desarrollo Integral (PEDI) del Centro Histórico es más que una instrucción urbanística. Es una declaración conceptual sobre cómo debe entenderse la ciudad. Desde las primeras páginas insiste en que el desarrollo urbano no puede limitarse al ordenamiento físico, también debe articular sostenibilidad institucional, cultural, ambiental, económica y social. Esta es una idea esencial para cualquier discusión futura sobre La Habana.
El documento reconoce que la planificación contemporánea ha evolucionado hacia la gestión integral del territorio para solventar problemas sociales, económicos, ambientales y patrimoniales de manera articulada. Esto supone que la ciudad no puede administrarse fragmentariamente, ni reducirse a operaciones constructivas aisladas. La Habana no puede ser vista como la suma de emergencias inconexas. El problema de la vivienda no puede desvincularse de la movilidad, el turismo de la habitabilidad, la recuperación patrimonial de la permanencia de los residentes. Cuando esas dimensiones se separan, aparece el urbanismo fallido: centros históricos convertidos en vitrinas y periferias condenadas a absorber las tensiones sociales.
No obstante, el deterioro extremo del parque habitacional, la presión turística y la necesidad urgente de financiamiento pueden empujar hacia soluciones rápidas y altamente especulativas. Es fácil imaginar un escenario donde la recuperación física de ciertas zonas derive en desplazamientos silenciosos, aumento desigual del valor del suelo y transformación de barrios en corredores turísticos homogéneos.
El Centro Histórico habanero ha constituido un laboratorio especialmente complejo. En apenas 214 hectáreas conviven más de 3.500 inmuebles de distintas épocas y tipologías, con un fondo residencial profundamente deteriorado y una alta densidad poblacional. El propio PEDI define el territorio como una "catástrofe permanente de baja intensidad", marcada por el deterioro constructivo, la fragilidad de las redes técnicas y la ocurrencia sistemática de derrumbes. La crudeza de esa definición obliga a entender que la regeneración urbana no puede sustentarse en operaciones de maquillaje urbano. Asimismo, requiere vastos recursos económicos, personal especializado y tiempo.
Por eso, junto al patrimonio construido y el tejido social, resulta importante defender las estructuras institucionales capaces de gestionarlos con criterios especializados. La solución no está en desmontar de golpe todo lo existente bajo la lógica de "refundar" la ciudad, sino en dotar a las instituciones que han demostrado capacidad técnica, visión estratégica y un amplio conocimiento del patrimonio local, de autonomía real, marcos legales coherentes, capacidad financiera y reconocimiento técnico.
La sostenibilidad institucional es una condición indispensable para cualquier proceso urbano a largo plazo. Las ciudades no se regeneran mediante impulsos episódicos ni voluntarismos políticos. Requieren continuidad, monitoreo, actualización y capacidad de adaptación. Esa dimensión técnica y estratégica suele ser invisible a la ciudadanía. Pero las ciudades más habitables del mundo han sido resultado de sistemas complejos de planificación, regulación y concertación entre múltiples actores. Las nuestras necesitan fortalecer esa capacidad de articulación, evitando superposiciones burocráticas y, sobre todo, otorgando competencia real a quienes están capacitados, y aplicando las leyes y normas que han integrado en el país lo más avanzado en términos de gestión urbana y patrimonial.
Como sociedad, necesitamos también abandonar la falsa dicotomía entre conservación y desarrollo. La preservación patrimonial no es un obstáculo económico, sino un recurso exclusivo que confiere valor agregado a la ciudad, si es bien gestionado. Porque, si solo se entiende como mercancía, termina vaciando de significado y degradando el tejido urbano que lo sustenta.
Otro desafío mental está en asumir que regenerar la ciudad llevará mucho tiempo. Las ciudades históricas no admiten transformaciones brutales sin consecuencias irreversibles. Cada intervención modifica equilibrios sociales, visuales, ambientales y culturales sensibles. Tenemos obras contraproducentes como Alamar y la Torre K como testigo de ello.
La presión por resolver con presteza el colapso habitacional y económico no debe terminar favoreciendo fórmulas destructivas, abrazadas como signo de progreso. Para ello, debemos crecer en cultura urbana, entender que reconstruir también significa reformar la capacidad ciudadana de imaginar y proteger el espacio habitado. Debemos aprender a pensar la ciudad como un pacto colectivo y no como un territorio disponible para la improvisación y el saqueo.
Como Sport Casino apunta, el grado de deterioro de algunos objetos urbanos, como por ejemplo los que se encuentran en la calle Reina, Monte, el Cerro y otros puntos fuera del casco historórico es tan definitivo, que no vale la pena reconstruirlos, sino edificar algo útil sobre ellos. En esa ruinas no habría nada más que hacer que la réplica de lo que fue, y eso es más costoso que invitar a Foster a que diseñe algo nuevo.
En una Cuba nueva hay que establecer prioridades y una de ellas es un plan urbanístico concreto de construcciones y remozamientos urgentes y no concentrarse sólamente como lo hizo Eusebio Leal en el centro histórico, mientras la ciudad y otros objetos arquitectónicos también importantes, se destruían por completo. No hay que mirar para atrás lo que se perdió, se perdió lamentablemente.
Entiendo perfectamente el punto de vista de Yaneli, que como excelente profesional defiende sus intereses, tal como otros profesionales halan hacia los suyos, pero discrepo en algunos puntos. Dado el grado extremo de deterioro y miseria en que se encuentra Cuba, habrán que poner en pausa o hasta pasar por alto en una eventual transición, pues si bien no dejan de ser importantes, no son una emergencia para la reconstrucción de un país completamente en ruinas.
El costo de salvar tantas edificaciones en ruinas, que serían mucho mayor que la opción de demoler y construir nuevas, será un lujo que la hundida economía que heredará el país no se podrá dar, aunque nos duela.
Las prioridades que tendrán que asumir las nuevas generaciones que dirijan al país tendrán que estar basadas en mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos; energía eléctrica, agua potable, alimentación, transporte, empleo digno, salud y lo demás quedará para el día que se pueda.
La Habana esta destruida,por un sistema diabolico,has estado en Caracas? ,la misma novela,eso no tiene solucion, apenas sobrevivira un pequeño casco historico,no mas.....
No dudo de las bondades del trabajo de conservación del patrimonio de la Oficina del Historiador. Desde afuera, como lo he visto yo desde sus inicios, parecía una isla diminuta en medio del caos urbanístico de la inmensa, destruida y variopinta arquitectura de la ciudad de La Habana. Todo ello a pesar de que como isla, bajo un sistema de gobernanza errado y vertical, el PEDI no ha logrado desarrollarse a plenitud, ni el llamado casco histórico tampoco, por mucho esfuerzo, voluntad y conexiones con las altas esferas del régimen se tuvieran. Si el sistema aplasta todo alrededor, ¿qué sostenibilidad institucional puede existir para esa "isla" en Cuba? El Plan como tal es un buen punto de partida bajo un sistema futuro que permita la conservación y desarrollo de la ciudad de La Habana, como lo explica la autora. Y como punto de partida, sujeto a las modificaciones que la visión más amplia para la ciudad demanden.
¿A cómo van las especulaciones sobre el costo del metro cuadrado en zonas privilegiadas de La Habana? Recuerdo hace 30 años cuánto le ofrecían al poeta César López por su terreno-casa en el Malecón entre H e I, la cuadra después del Parque Martí. Coincidí con un comprador de New York...
¿Cuánto?