Luiz Inácio Lula da Silva prometió, después de obtener su cuarto mandato, hacer el mejor gobierno de su historia. La ambición no es pequeña, pero tampoco lo serán los obstáculos. El presidente brasileño ganó la elección por un margen estrecho y se prepara para gobernar con un Congreso desplazado hacia la derecha, en el que el Partido Liberal (PL) de los Bolsonaro será la primera fuerza en ambas cámaras.
La victoria de Lula no vino acompañada de un cheque en blanco. El PL tendrá 121 de los 513 diputados, mientras que el Partido de los Trabajadores (PT) contará con 70 y la federación que encabeza llegará a 88. En el Senado, el partido de Bolsonaro dispondrá de 28 de los 81 escaños, frente a apenas nueve del PT. El presidente tendrá, por tanto, la legitimidad necesaria para ocupar el Palacio del Planalto, pero no los votos suficientes para transformar todas sus promesas en leyes.
Esto puede ser presentado como una dificultad para el próximo Gobierno, pero es también una muestra de normalidad republicana. La democracia no consiste únicamente en permitir que gobierne quien gana una elección. También debe garantizar que esa victoria no sea interpretada como un permiso para ejercer el poder sin límites.
Los brasileños eligieron la continuidad de Lula en la Presidencia y, al mismo tiempo, fortalecieron a sus adversarios en el Congreso. Puede parecer contradictorio, aunque refleja bastante bien la complejidad de una sociedad dividida. Una parte del electorado confió nuevamente en Lula, otra se movilizó para impedir el regreso del bolsonarismo al Ejecutivo y muchos optaron por colocar un freno legislativo al presidente. Las urnas no emitieron un único mandato, sino varios.
Lula deberá hacer lo que los gobernantes están obligados a hacer cuando los ciudadanos no les conceden una mayoría: negociar. Tendrá que buscar acuerdos con partidos del centro, gobernadores y sectores de la oposición para aprobar presupuestos, reformas y nombramientos. Su capacidad para gobernar dependerá menos de la retórica utilizada durante la campaña que de su habilidad para aceptar concesiones y construir mayorías diferentes para cada iniciativa.
Brasil tiene una larga experiencia con el llamado presidencialismo de coalición. Ante un sistema de partidos fragmentado, los presidentes forman mayorías mediante acuerdos con fuerzas que no necesariamente comparten su programa. En ese escenario, el llamado Centrão ocupa una posición decisiva. No constituye una alianza ideológica estable, sino un conjunto de partidos acostumbrados a negociar su apoyo a cambio de ministerios, recursos presupuestarios e influencia.
Esa dinámica puede facilitar la gobernabilidad, pero también degradarla. Existe una diferencia entre negociar políticas públicas y repartir parcelas del Estado para comprar votos legislativos. El desafío de Lula será encontrar acuerdos sin convertir cada votación en una transacción y sin utilizar la resistencia del Congreso como una excusa para eludir los límites institucionales.
Del otro lado, los legisladores también tendrán una responsabilidad. Controlar al presidente, modificar sus propuestas o impedir aquellas que consideren perjudiciales forma parte de sus funciones. Utilizar su mayoría para bloquear sistemáticamente al Ejecutivo o mantener al país en campaña permanente sería otra cosa. El Congreso puede convertirse en un contrapeso republicano, pero también en una fuente de parálisis.
Los primeros acontecimientos posteriores a la elección no invitan precisamente al optimismo. Un día después de la derrota, el juez Alexandre de Moraes ordenó a Flávio Bolsonaro entregar sus pasaportes y le prohibió abandonar el país, como parte de una investigación por presunto lavado de dinero en la que la Policía Federal alegó riesgo de fuga. El excandidato aseguró que cumpliría la orden y que permanecería en Brasil para organizar la oposición. Sin embargo, no entregó los documentos dentro del plazo, estos fueron cancelados y viajó con su familia a Estados Unidos.
La cercanía entre la elección y la medida judicial permitirá al bolsonarismo presentarla como una persecución política, con independencia de los fundamentos del proceso. La decisión de Flávio de abandonar el país, incumpliendo además lo que acababa de anunciar, tampoco parece el comienzo de una oposición dispuesta a construir acuerdos. El episodio anticipa un mandato en el que la disputa entre el bolsonarismo y las instituciones puede ocupar más espacio que la discusión sobre políticas públicas. Lula tendrá que negociar con un Congreso inclinado hacia la derecha, pero antes habrá que saber qué parte de esa derecha quiere ejercer un contrapeso republicano y cuál prefiere mantener al país en un estado de confrontación permanente.
En medio de esta nueva escalada, la elección dejó al descubierto otro problema posiblemente más profundo: la falta de renovación de los liderazgos brasileños.
Lula comenzará su cuarto mandato poco después de cumplir 81 años. Su adversario fue Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, actualmente en prisión por su participación en el intento de impedir la transferencia democrática del poder. Así, la mayor democracia de América Latina terminó eligiendo entre un dirigente cuya carrera política comenzó hace medio siglo y el heredero del apellido que dominó la derecha durante los últimos años.
El problema, en otras palabras, es la incapacidad de los partidos brasileños de ofrecer alternativas que no dependan de una persona o de una familia.
El PT gobernó Brasil durante buena parte de este siglo, pero no consiguió producir un sucesor con la fuerza electoral y la autonomía política de Lula. Dilma Rousseff fue el intento más exitoso: llegó a la Presidencia respaldada por él, logró después su propia reelección y gobernó durante más de cinco años. Sin embargo, no consiguió reorganizar el partido alrededor de su liderazgo ni preparar una nueva generación capaz de continuar el proyecto. Su destitución mediante un juicio político por irregularidades presupuestarias —en medio del impacto que el escándalo de Petrobras provocaba sobre el PT y la clase política— puso fin a su Gobierno y devolvió progresivamente a Lula al centro de la vida partidaria.
Fernando Haddad fue candidato presidencial cuando Lula no pudo presentarse —porque estaba preso—, pero nunca dejó de ser percibido como su representante. Incluso después de regresar al poder, Lula continuó ocupando prácticamente todo el espacio político de su movimiento. La experiencia de Dilma demostró que el lulismo podía transferir votos durante un tiempo; la de Haddad, que esa transferencia tenía límites. El partido que construyó uno de los liderazgos más importantes de América Latina todavía no encontró la manera de imaginarse sin su fundador.
Algo parecido, aunque más reciente, sucede con el bolsonarismo. Su identidad continúa organizada alrededor de Jair Bolsonaro, y ahora se proyecta mediante sus hijos y otros integrantes de la familia. En lugar de transformarse en una derecha institucional con dirigentes propios, se consolida como una dinastía política sostenida por el apellido, la lealtad personal y un relato de persecución que la salida de Flávio hacia Estados Unidos probablemente reforzará.
La polarización refuerza este fenómeno. Cuando cada elección es presentada como la última oportunidad para salvar al país, queda poco espacio para promover nuevos liderazgos, revisar errores o discutir programas. Los candidatos dejan de competir por sus capacidades y pasan a representar uno de los dos bandos. Lula se vuelve imprescindible porque solo él podría derrotar a un Bolsonaro, mientras que cualquier Bolsonaro conserva apoyo porque promete enfrentar a Lula y al PT.
Todo este escenario muestra una democracia institucionalmente resistente, pero políticamente empobrecida.
Lula sabe que para hacer el mejor gobierno de su historia no necesitará imponer más, sino negociar mejor, aceptar límites y construir acuerdos que vayan más allá de su coalición. El PT y el Partido Liberal tendrán también una responsabilidad menos inmediata, pero igualmente importante, dar lugar a nuevas generaciones y voces de líderes políticos que contribuyan a la transformación del mayor país sudamericano.
Brasil demostró que sabe distribuir el poder y limitar a quien gobierna. Durante los próximos cuatro años deberá demostrar que también es capaz de renovar a quienes aspiran a ejercerlo. Una democracia necesita contrapesos para el presente, pero necesita alternativas para el futuro.
Excelente artículo: aunque el autor firma desde Madrid, no podría haberlo descrito mejor viviendo aquí en Brasil.
Institucionalmente resistente jajajaja: Ahí si que se paso cuatro cuadras. Un presidente que estaba preso y fue sacado por un tecnisismo, cuya esposa e hijos estan haciendo negocios millonarios. Una corte suprema formada por jueces pro-lulistas incluyendo uno cuya esposa la agarraron haciendo negocios millonarios con un banquero, no vaya si faltara la institucionalidad que seria de ese pais. DDC tiene una extraña simpatía por Lula, no$$$e que puede estar pa$$$ando
Ja, Ja, Ja Don Pepe .... cosas de la vida ... por eso dicen que es mejor deber dinero que favores ...
Que manera de justificar un FRAUDE electoral ... manda papelitos ...
Lula empezó mal porque se impuso ante la Justicia para limitar (y tal vez encarcelar) a Flavio Bolsonaro. Las bolsas se cayeron en la región y habrá que empezar a ver que hará el viejo sindicalista, y sobre todo, quién es el vice presidente. Por otro lado, la huida del hijo de Jair no está bien.
por que no esta bien? se piro antes de que lo metieran preso. No le critico a nadie la pira