Luiz Inácio Lula da Silva, fundador del Partido de los Trabajadores (PT) e ícono de la izquierda brasileña y latinoamericana, logró este domingo 25 de octubre una remontada inédita desde la redemocratización del país, al imponerse en la segunda vuelta con alrededor del 51,75% de los votos válidos frente al 48,25% de su rival, el senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL).
Los datos oficiales del Tribunal Superior Electoral (TSE), con más del 99% de las urnas escrutadas, no deja margen para dudas, la diferencia superó los cuatro millones de sufragios. En la primera vuelta del 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había liderado con cerca del 47% frente al 45% de Lula da Silva, una ventaja de algo más de dos millones de votos que el oficialismo logró revertir en apenas tres semanas.
Es la primera vez en la historia brasileña que un candidato que termina segundo en la primera ronda se impone en el balotaje.
Tras la sorpresa de la primera vuelta, ya que Lula da Silva se mostraba triunfante por la ventaja que le daban las encuestas previas, el presidente reelecto se sumergió de lleno en la comunicación digital, un terreno que hasta entonces había desdeñado. Quienes lo conocen de cerca señalan que el octogenario líder político, que durante años se jactó de no usar celular, adquirió uno y comenzó a grabar videos en formato selfie con lenguaje directo y menos producción.
Paralelamente, la militancia de izquierda en Brasil organizó el llamado "Exército do Lula", un canal de WhatsApp impulsado por el diputado André Janones que llegó a superar varios millones de seguidores y sirvió para distribuir consignas, memes y ataques diarios contra el hijo del expresidente conservador Jair Bolsonaro, apresado e inhabilitado políticamente tras su participación en lo que el sistema de justicia determinó fue un intento de golpe de Estado hace cuatro años.
El objetivo de las acciones digitales era "desconstruir" a Flávio Bolsonaro, destacando tanto debilidades reales de su programa —como dudas sobre la continuidad de políticas sociales— como exageraciones o narrativas simplificadas que circularon con intensidad en grupos familiares.
Al mismo tiempo, el Gobierno decretó o anunció ayudas para micronegocios en barrios populares, medidas que habían impulsado a Bolsonaro en la primera vuelta, y adelantó pagos o reforzó transferencias como el Bolsa Familia, que tenía años sin aumentar. Analistas de medios profesionales como Valor Econômico o Estadão describieron el giro como una corrección táctica urgente: menos "helicóptero" y más calle, más redes y menos discursos formales.
A Lula da Silva se le suele describir como un animal político. Cumplirá 81 años este 27 de octubre y en esta corta campaña entre la primera y la segunda vuelta, según analistas, demostró una vez más su capacidad de adaptación. La prensa internacional lo ha retratado así durante décadas: un metalúrgico que fundó el PT, lideró huelgas bajo la dictadura, perdió tres elecciones antes de ganar en 2002 y, tras la prisión anulada y el regreso en 2022, vuelve a imponerse.
Sin embargo, la jornada del domingo 25 expuso tensiones poco habituales en el sistema electoral brasileño. El magistrado del Supremo Tribunal Federal (STF) Cristiano Zanin ordenó prorrogar el horario de votación hasta las 7:00PM en todo el país, a petición de la campaña de Lula da Silva, que denunció problemas en el transporte público en varios estados.
La decisión llegó cuando ya había comenzado el recuento y apenas minutos antes del cierre oficial a las 5:00PM. Zanin, que había sido abogado de defensa del presidente de izquierdas en procesos vinculados a la Operación Lava Jato, justificó la medida por la "gravedad de los hechos". Posteriormente aclaró que solo aplicaba a las mesas que aún no habían cerrado.
Tanto la campaña petista como la de Bolsonaro habían solicitado extensiones, pero la intervención de un juez con vínculos previos tan estrechos con uno de los candidatos generó cuestionamientos sobre la apariencia de imparcialidad. El Ministerio Público Electoral se había opuesto a alterar el horario fijado por ley. En un sistema que habitualmente cierra urnas de manera uniforme y confía en la Justicia Electoral, el episodio alimentó sospechas, aunque no hay evidencia de que haya alterado el resultado final.
La victoria, ampliamente celebrada por la izquierda latinoamericana y sectores progresistas globales como un freno al avance de la derecha y un triunfo de la continuidad democrática, no necesariamente constituye una buena noticia para la salud institucional del país.
Brasil emerge de una polarización extrema. El Congreso elegido es el más conservador desde la redemocratización, lo que anticipa un cuarto mandato de Lula da Silva marcado por negociaciones difíciles, presiones fiscales (que aumentarán por sus promesas en campaña) y dificultades para avanzar agendas ambiciosas.
Los propios aliados reconocen el desgaste del Gobierno en temas como la inflación percibida por la gente, los escándalos de corrupción y la fatiga que envuelven al PT, otra vez con varios años en el poder. La estrategia de la segunda vuelta combinó verdades sobre las promesas del rival con narrativas de miedo sobre posibles cortes a programas sociales; ese estilo, eficaz electoralmente, profundiza divisiones en lugar de tender puentes, que serán necesarios para poder gobernar.
El contraste demográfico añade otra capa de inquietud. Según proyecciones de entidades oficiales de Brasil y datos de las Naciones Unidas para 2026, Brasil tiene una población de alrededor de 214 millones de habitantes y una edad mediana de aproximadamente de 35-36 años. El grupo de menores de 40 años, es muy cercano a la mitad de la población, con una base joven significativa y un envejecimiento gradual.
Un país donde la mayoría de los ciudadanos aún no ha cumplido o apenas supera los 40 años será gobernado por un octogenario que, al concluir su cuarto periodo en enero de 2031, habrá acumulado alrededor de 16 años en la Presidencia.
Será la persona con más años al frente del Ejecutivo en la historia moderna democrática de Brasil, superando a otros líderes y acercándose a récords históricos como el de Getúlio Vargas, aunque este último gobernó en parte bajo dictadura en sus poco más de 18 años como presidente.
Lula da Silva ha sido candidato presidencial en siete ocasiones (incluyendo derrotas en 1989, 1994 y 1998). Su longevidad política es excepcional, pero plantea preguntas legítimas en el propio seno del PT sobre renovación generacional, concentración de poder y la capacidad de las instituciones para evitar personalismos prolongados.
Este domingo, en Brasil, la legitimidad de las urnas es clara. Sin embargo, la combinación de una campaña digital agresiva, medidas populistas en los días previos usando el poder que le da ser quien gobierna, una intervención judicial de un exabogado del candidato-presidente y la perspectiva de un liderazgo octogenario en un país joven no garantiza un fortalecimiento democrático.
Realmente creo que el pueblo de Brasil se merece a su Presidente, al Bandido Lula Lalona, un país con gente completamente descerebrada, penetrada por el comunismo internacional, dónde el homosexualismo impera en la sociedad, la nueva Sodoma y Gomorra, ahora con la continuidad de un Presidente convicto por ladrón y libre "por un tecnicismo", el gran descaro de la extrema izquierda, estoy convencido que no se merecían a Bolsonaro, los brasileños merecen seguir viviendo en la mierda. Brasil no tiene remedio.
¡Me alegro, que se jodan!