Aunque está por verse el devenir político de Brasil en los próximos años, analistas y observadores ya daban por descontado que la fecha del 25 de noviembre de 2025 podría ser un parteaguas en la historia brasileña. Ha sido el día en que se confirmó la pena de 27 años de prisión para el expresidente conservador Jair Bolsonaro.
El Supremo Tribunal Federal (STF), la máxima corte del país sudamericano, declaró firme la sentencia condenatoria contra el expresidente y con ello se cerraron todas las puertas legales dentro del país. Jair Bolsonaro deberá estará preso por más de un cuarto de siglo y lo que queda por definir es el lugar de reclusión. La Defensa ha solicitado se le conceda la casa por cárcel en vista de que tiene 70 años y presenta varios problemas crónicos de salud.
La decisión, que ratifica la condena por los delitos de abolición violenta del Estado democrático de derecho, intento de golpe de Estado y asociación criminal, no solo marca el fin de la libertad del expresidente, sino que representa una suerte de bomba de fragmentación, según observadores, en el escenario político de Brasil, a escasos 11 meses de las elecciones presidenciales de octubre de 2026.
Lo que para un sector del país es el triunfo de la institucionalidad frente a la barbarie del 8 de enero de 2023 (cuando turbas de seguidores de Bolsonaro atacaron las desde de las poderes públicos), para otro sector, aún inmenso y movilizado, es la confirmación de una persecución judicial implacable. Esta sentencia ahonda la polarización en Brasil.
La mayoría del pleno del STF, consolidada en una sesión tensa y blindada por un fuerte dispositivo de seguridad en la Plaza de los Tres Poderes, en Brasilia, desestimó el último recurso presentado por la Defensa. El magistrado relator, Alexandre de Moraes, figura central en la cruzada judicial contra el bolsonarismo, fue tajante en su voto final: "La democracia no negocia con quienes intentan exterminarla. La pena es proporcional a la osadía del ataque contra la República".
La sentencia de 27 años supera incluso las expectativas de los juristas más severos, quienes calculaban una pena cercana a los 15 o 20 años. Al declarar la sentencia firme, este martes, el Supremo brasileño ordena la ejecución inmediata de la pena. Ya no hay apelaciones posibles a instancias superiores en el país, ni decisiones internacionales (por ejemplo, de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que puedan suspender la detención de Bolsonaro en el corto plazo.
El caso no ha estado exento de disputas públicas. Uno de los incidentes más reseñados en los días previos a este fallo definitivo fue el conflicto en torno al monitoreo electrónico.
Tal como reportó DIARIO DE CUBA, la tensión escaló cuando la Policía Federal intentó instalar una tobillera electrónica como medida cautelar previa a la sentencia firme, y luego el incidente en el cual se suprimió su libertad condicional al intentar destruir este dispositivo.
Con Bolsonaro fuera de juego físicamente, pero omnipresente simbólicamente, la gran incógnita es cómo impactará esto en las urnas en menos de un año.
Carlos Eduardo Siqueira, politólogo y consultor de riesgo político con base en São Paulo, advierte sobre el error de confundir la "muerte jurídica" con la "muerte política". Siqueira, quien ha asesorado a campañas electorales conservadoras, sostiene que la severidad de la pena podría tener un efecto bumerán.
"Al condenar a Bolsonaro a 27 años, una pena que en Brasil no suelen cumplir ni los asesinos seriales o los líderes del narcotráfico debido a los beneficios procesales, el Supremo Tribunal Federal le está regalando a la derecha la narrativa perfecta", explica Siqueira.
"Si le hubieran dado ocho o diez años, el debate sería sobre la legalidad de sus actos. Con 27 años, el debate se traslada a la desproporcionalidad y la venganza institucional. Esto no desmoviliza al bolsonarismo; lo transforma en una religión política. Están creando un mártir", sentencia el analista.
Por su parte, la doctora Mariana Alencar, profesora universitaria, quien ha mantenido una postura crítica sobre el activismo judicial del STF sin ser partidaria del expresidente, señala que el encarcelamiento altera la dinámica de la oposición.
"Hasta ayer, Bolsonaro era el candidato natural, aunque estuviera inhabilitado, porque él ocupaba todo el espacio. Ahora, con la certeza de que no estará en la boleta y ni siquiera en la calle, se abre la carrera pragmática" para escoger su sucesor, plantea la profesora.
Encuestas proyectan que la decisión del expresidente sobre a quién pasarle el testigo estará entre dos opciones para darle finalmente su respaldo de cara a la candidatura presidencial en 2026, donde enfrentar al actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, el octogenario referente de la izquierda brasileña y latinoamericana que buscará su cuarto periodo presidencial.
En primer lugar figura, Tarcísio de Freitas, el actual gobernador de São Paulo, quien es visto como la opción "técnica" y viable. Podría combinar el voto duro del bolsonarismo con un voto de centro que quiera distanciarse de la perpetuación de Lula da Silva en el poder.
Sin embargo, según revelan las encuestas, entre las bases del bolsonarismo viene creciendo el apoyo a "la carta emocional", que sería Michelle Bolsonaro, la ex primera dama. "Tiene la oratoria evangélica, la imagen de madre perseguida y la conexión directa con el núcleo duro. Sin embargo, su inexperiencia administrativa es un riesgo frente a un Lula da Silva que venderá estabilidad", explica Alencar.
Finalmente, medios de prensa en Brasilia destacan que la prisión de Bolsonaro, si bien es algo que Lula da Silva ha celebrado, podría ser un arma de doble filo para el Gobierno. Políticamente, Lula da Silva necesita a Bolsonaro como el "coco", el enemigo perfecto que justifica la unión de un frente amplio heterogéneo, que no solo reúne a la izquierda.
Con Bolsonaro preso y silenciado, las contradicciones internas del Gobierno de Lula da Silva, tales como economía y seguridad pública, podrían pasar a primer plano.
Bolsonaro fue el mejor presidente de la historia de Brasil. Hoy en día lo bueno es malo y lo malo es bueno; quien debe estar preso es Lula.