Cuatro días después de las elecciones generales del 12 de abril, Perú sigue sin conocer los resultados oficiales completos. La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ha procesado alrededor del 93% de las actas a nivel nacional, según su último reporte difundido este jueves, pero la proclamación definitiva se mantiene pendiente.
La única certeza que existe tras la votación del pasado domingo es que Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, avanzará a la segunda vuelta del 7 de junio. Con aproximadamente el 17% de los votos válidos (más de 2,65 millones de sufragios al 93% escrutado), lidera con holgura el conteo y se encamina a su cuarto balotaje presidencial sin haber alcanzado nunca la jefatura de Estado.
El panorama para el segundo cupo es de una incertidumbre inusual incluso para los estándares peruanos. Sorpresivamente, el izquierdista Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) ha escalado al segundo lugar con el 12,011% (1.874.697 votos), desplazando por una mínima diferencia al exalcalde de Lima y figura conservadora Rafael López Aliaga (Renovación Popular), quien registra el 11,898% (1.844.691). Muy cerca aparecen Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno), con una propuesta más tecnócrata, con el 11,060% (1.719.988) y Ricardo Belmont (Partido Cívico Obras) con el 10,150% (1.578.796), un antiguo alcalde de Lima envuelto en diversos escándalos.
La dispersión registrada no es casual. Con 35 candidatos presidenciales en la contienda —un número inédito—, ningún postulante superó el 17% en los conteos preliminares. Las cifras magras de todas las opciones —incluso de Fujimori— evidencian una desconexión profunda entre la oferta política y la ciudadanía. Según reportes periodísticos, la campaña se caracterizó por una "alta dispersión del voto" y un electorado que, pese a la polarización histórica entre fujimorismo y antifujimorismo, optó por opciones regionales, personalistas o de nicho.
El politólogo Gonzalo Banda, citado por el canal France 24, pronosticó este escenario de "pulverización del voto" ante la multiplicidad de aspirantes y la falta de liderazgos nacionales consolidados.
Keiko Fujimori, hija del exdictador Alberto Fujimori, vive su enésima prueba de resistencia política. Esta será su cuarta participación en una segunda vuelta (tras las de 2011, 2016 y 2021). Nunca ha logrado el sillón presidencial, pese a haber estado muy cerca en ocasiones anteriores. Su ventaja actual, aunque modesta en términos absolutos, es suficiente para garantizarle el pase porque la ley exige el 50% más uno para ganar en primera vuelta, umbral inalcanzable en un tablero tan fragmentado.
La candidata celebró los resultados preliminares llamando a la calma y ofreciendo personeros para esclarecer cualquier duda, mientras López Aliaga, quien escoltaba a Fujimori en diversas encuestas previas y ahora desplazado al tercer o cuarto lugar según el avance del conteo rural, denunció fraude y pidió nulidades sin presentar pruebas para sustentas sus denuncias.
El proceso electoral mismo ha sido calificado de "atípico" y "caótico" por diversos medios desde la capital peruana. La votación debió extenderse al 13 de abril en 13 centros de Lima donde no llegó el material electoral, afectando a más de 52.000 ciudadanos. La detención temporal de un funcionario de la ONPE por presuntas omisiones y las críticas al jefe del organismo, Piero Corvetto, han alimentado el debate sobre la organización.
En los cuatro días posteriores a las elecciones, en suspenso dada la ausencia de un resultado definitivo, no se ha alterado de forma significativa la vida cotidiana del país. Las calles de Lima y las regiones siguen su ritmo habitual: mercados abiertos, transporte público funcionando y agenda diaria sin interrupciones mayores.
El interés sobre lo que finalmente ocurra electoralmente parece concentrarse en los medios y en los analistas políticos, pero la anomalía de la ausencia de resultados definitivos no ha trastocado la rutina de millones de peruanos. Es, en palabras de corresponsales extranjeros, un "limbo electoral" que genera expectación periodística pero no convulsión social.
Esta situación revela rasgos estructurales de la democracia peruana. La fragmentación del voto no es nueva, pero en 2026 alcanza niveles récord. Como explica el politólogo Jorge Aragón, Keiko Fujimori funciona como una "marca" consolidada que no necesita presentarse: "No tiene que pelearse por hacerse conocer, es una marca bien posicionada, te guste o no". Aragón estima que esta podría ser la oportunidad de llegar al poder para esta figura conservadora cuya vida política ha estado plagada de escándalos y acusaciones de corrupción.
Por otra parte, analistas coinciden en que la dispersión del voto obedece a la fatiga política tras años de crisis institucionales, presidentes interinos y un Congreso que ha destituido a cuatro mandatarios en la última década. El electorado castiga a las opciones tradicionales y premia —o al menos mantiene vivas— candidaturas personalistas o regionales.
Desde el punto de vista regional, el mapa es heterogéneo y refuerza la tesis de la fragmentación. Fujimori domina el norte y la selva, mientras Sánchez capitaliza el voto rural y andino. Este candidato reivindica al destituido expresidente Pedro Castillo, quien llegó a la Presidencia en 2021 en una votación antisistema y luego tuvo un Gobierno traumático que concluyó con su intento de desconocer al Congreso.
En tanto, López Aliaga se fortalece en Lima y Callao, y Nieto y Belmont recogen apoyos puntuales en el sur. Este mosaico hace imposible anticipar quién finalmente se hará con la jefatura de Estado, aunque Fujimori tenga la maquinaria electoral y haya quedado liderando la primera vuelta.
Si Sánchez consolida el segundo lugar —impulsado por el recuento de actas rurales—, el duelo sería entre la política conservadora y la izquierda que reivindica a Castillo. Si López Aliaga repunta, el enfrentamiento sería entre dos figuras conservadoras, aunque de estilos distintos. En cualquier caso, el ganador de junio necesitará construir mayorías que hoy parecen esquivas.
El verdadero veredicto llegará en junio, cuando los peruanos regresen a las urnas con la certeza de que, más allá del resultado, la política nacional sigue necesitando reconstruirse para reconectar con la sociedad.