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Perú

Un cómico de televisión daría una sorpresa en las elecciones de Perú

'Su ascenso refleja el hastío ciudadano hacia las figuras tradicionales y la búsqueda de alternativas frescas, aunque carece de experiencia en cargos públicos'.

Brasilia
Carlos Álvarez, humorista y candidato presidencial.
Carlos Álvarez, humorista y candidato presidencial. Ticketmaster Perú

La campaña electoral en Perú está en su recta final, de cara a las elecciones previstas para el próximo domingo. El país andino elegirá, además de jefe de Estado a la totalidad del Congreso. La fotografía de las encuestas es reveladora de una crisis: ningún candidato suma más que los votos en blanco, mientras que Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori y líder histórica de Fuerza Popular, se consolida como la favorita para garantizar su pase al balotaje.

Es tal vez lo único seguro, según los últimos sondeos difundidos antes de la veda de encuestas que prevé la ley en Perú. Y la sorpresa en este 2026 la podría dar un cómico de la televisión peruana, Carlos Álvarez, del partido País para Todos, revelando el hastío ciudadano y la falta de opciones que satisfaga el deseo de un cambio democrático en Perú.

Un simulacro de votación realizado por la empresa privada Datum para el diario El Comercio señaló que Fujimori recibe un 18,1 % de los votos válidos, en lo que se excluye los votos en blanco y anulados, tal como hará el jurado electoral. El resto de encuestadoras ubican a la ya cuatro veces candidata presidencial como la más votada pero muy lejos de evitar un balotaje.

En este estudio de opinión pública de Datum, con trabajo de campo entre el 1 y 4 de abril, Fujimori aparece seguida de Carlos Álvarez con 10,8%, quien viene en ascenso y desplazó del segundo lugar, que venía ocupando largamente en los sondeos, el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, quien aparece con 10,3%.

Estas proyecciones, junto a estudios de Ipsos y del Instituto de Estudios Peruanos, prevén a Fujimori como la principal contendiente para la primera vuelta del 12 de abril de 2026, con miras a un balotaje el 7 de junio. Su campaña ha enfatizado la maquinaria electoral entre simpatizantes, consolidando un núcleo duro de apoyo, especialmente en Lima y regiones como el norte y la selva.

La novedad radica en el ascenso de Carlos Álvarez, actor y humorista conocido por sus imitaciones en televisión, quien ha escalado posiciones hasta disputar el segundo lugar. Su crecimiento ha sido notable en Lima, donde pasó de cifras marginales a cerca del 18% en algunas mediciones urbanas.

Álvarez, candidato de País para Todos, partido en el que se inscribió para poder ser candidato dado que así lo exige la legislación peruana, ha capitalizado su perfil outsider y su estilo directo, incluyendo el uso del humor en debates. Defiende que "un poco de humor nunca hace daño" y critica la división política y la inseguridad.

Su ascenso refleja el hastío ciudadano hacia las figuras tradicionales y la búsqueda de alternativas frescas, aunque carece de experiencia en cargos públicos. Analistas señalan que su mensaje de "gobierno consensuado" y su presencia mediática han seducido a votantes desencantados, especialmente jóvenes y limeños.

El panorama es altamente volátil. Con más de 35 candidatos y alrededor de un tercio del electorado (hasta nueve millones) aún indeciso, muchas cosas podrían cambiar el día de la votación. Además de los ya mencionados existen otros cuatro candidatos que suman cada uno alrededor de 5%. La fragmentación es tal que el ganador de la primera vuelta podría hacerlo con menos del 20% de votos válidos.

Este escenario electoral no surge en el vacío. Perú atraviesa una profunda crisis de legitimidad institucional, marcada por el desgaste acelerado de su clase política. En los últimos diez años, el país ha tenido ocho presidentes, con sucesivas vacancias y transiciones forzadas. La polarización extrema, como promovió Fujimori en las elecciones de 2021, los escándalos de corrupción y la percepción de que los políticos priorizan intereses personales sobre el bien común han erosionado la confianza ciudadana.

La debilidad presidencial en la última década, por otro lado, ha empoderado excesivamente al Congreso en detrimento del Ejecutivo, generando "autoritarismo legislativo". Como señala Carlos Meléndez, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), esta dinámica ha permitido que elites parlamentarias operen con escaso control, fomentando prácticas clientelistas y bloqueos institucionales.

El politólogo Meléndez ha advertido en medios de prensa que la falta de renovación genuina podría replicar "tsunamis electorales" como los de Alberto Fujimori en 1990 o Pedro Castillo en 2021, donde candidatos outsiders capitalizaron el descontento en la recta final.

La comparación con 2021 resulta inevitable y preocupante. Hace cinco años, un maestro rural desconocido, Pedro Castillo, emergió con un discurso izquierdista de cambios radicales y ganó la Presidencia con un respaldo inicial mínimo que se infló en las semanas decisivas. Su gobierno terminó en crisis, con vacancia por "incapacidad moral" tras un fallido intento de disolución del Congreso.

La elección de un outsider sin estructura ni experiencia profundizó la inestabilidad: protestas masivas, parálisis económica y mayor descrédito institucional. En este 2026 la ausencia de alternativas de renovación genuina del sistema político plantea un riesgo similar. La clase política tradicional —representada por Fujimori, López Aliaga y otros veteranos— enfrenta un rechazo generalizado.

Estudios recientes indican que el 80% de los estudiantes universitarios considera que la clase política no ha mejorado en los últimos 20 años, atribuyéndolo principalmente a la corrupción y la falta de transparencia. En un contexto de crecimiento económico relativo pero persistentes problemas de seguridad, desigualdad y desconfianza, un nuevo Gobierno frágil podría agravar la crisis de representatividad.

Académicos consultados en diversos análisis coinciden en que, sin una renovación real de las elites políticas —incluyendo reformas partidarias, mayor transparencia y mecanismos de rendición de cuentas—, estas elecciones podrían profundizar la crisis de legitimidad, que ya tiene largos años anidada en el país andino.

La campaña ha estado marcada por debates intensos sobre seguridad, corrupción y unidad nacional, pero el trasfondo es el mismo: un país que, pese a su resiliencia económica, sufre una erosión constante de confianza en sus instituciones. Ante esto, la sorpresa del cómico Carlos Álvarez con posibilidad de disputar la Presidencia en una segunda vuelta, no es un fenómeno aislado, sino síntoma de problema mayor.

Ante esto, el verdadero desafío para el Perú postelectoral parece ser si el sistema puede generar gobernabilidad legítima o si repetirá el ciclo de inestabilidad visto desde 2016. Desde distintos puntos de vista, estas elecciones ponen a prueba la madurez democrática peruana.

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