Fui pasando una a una las fotografías maravillado de que no hubieran sido reproducidas por Nedo, ni antes por Wuchterl y Hubner, sobrecogido por esa como soledad espectral. Iba ya a cerrar el tercer cuaderno, cuando saltó esquinado un rostro que, indudablemente, no podía ser sino el de Hans. Un Hans a esa edad en que se cobra conciencia de la muerte, de mirada algo más aquietada y distante, como si ya no se le fueran a salir los ojos por encima de la pajarita de paño estilo victoriano que realza una elegancia palaciega, por no decir principesca. Me había detenido en decenas de imágenes, no cabía otra sorpresa, pero al disponerme de nuevo a cerrar el cuaderno otro Hans me asalta: este adolescente, bajo un sombrero de copa negro, brilloso, sentado tranquilamente en una silla de mimbre, en un patio que no puede ser otro que el de la casa de Neuwaldegg. Me detengo, ahora sí, como si pudiera adivinarle la mente; constato al menos un rictus de arrogancia, de juguetona socarronería, bajo la boca apretada y dolorosa. Y ya no me quedan dudas cuando descubro una nota al margen que indica, casi como insistiendo, que ha sido Rudi —otra vez invisible, tras la lente— el fotógrafo. Es verano, 1895. Hans tiene —nunca sabremos con exactitud— entre 17 y 18 años. Y entonces pienso que un mismo juego pulsional, un mismo acting, lo compele desde niño a sacar pecho; pero que el desafío que se plantea ahora, en ese preciso momento, al ocupar tan traquilamente esa silla de mimbre, ese verano, en Neuwaldegg, es definitivo. Debo acabar de una vez, cerrar este cuaderno sin fin, esta interminable fantasmada, me digo, cuando topo con una imagen atenazante, de esas que cortan el aliento. Sí, con una imagen clave, que ciertamente tenía delante pero es como si la conociera de mucho antes, como si la hubiese ensoñado largamente: Hans en una barca de velas. ¿Hans? ¿No sería Ludwig? Quiero estar seguro. No solo eso, estoy obligado a estarlo. Algunos indicios mostrarán que sí, que aquel adolescente de espaldas solo podía ser él. Con gorra. Inclinado. Al fondo de la embarcación, sosteniendo una suerte de palanca trasera que hace las veces de timón. Entregado a su esparcimiento favorito. Es más, enfervorecido. Pensé entonces en ciertas escenas infantiles y, como apuntan las crónicas de su muerte siguiendo el comunicado de la familia, en su costumbre de salir a navegar. Sería una preparatoria, con el horizonte por único punto de mira, me dije convencido.
Sonó el timbre. Era el cartero. Traía —no lo había olvidado pero temía que el encargo nunca llegara, que fuera un timo— el guion de Sebald. Sí, en esos días de extrema soledad y abatimiento mi única resolución no escapista consistió en registrar mar y tierra, y claro, no me lo podía creer: "Leben Ws [film] –IMGE, Mumbai (Bombay)". Era el derrotero. Tenía ahora delante ese anhelado e insólito guion, esa improbable "hoja de contactos" con que Sebald pretendía rescatar, no la vida, sino la muerte de Ludwig y sus hermanos, o, con más exactitud, sus respectivas rutas de muerte agazapadas en esas imágenes que eligió para su soñada película. En efecto, Sebald entendió que la soledad y huida a los parajes menos esperados equivalía en los Wittgenstein tanto a la salvación como a la muerte. Reparé en esa premisa. Y en lo que hubiera podido hacer con aquel montón de fotografías, en cuáles habría elegido: y caí en la cuenta de que, en cualquier caso, las había anticipado. No solo esta o aquella, sino también ésa: la de Hans en su barca de vela, con la diferencia de que en su comentario sobre el mayor de los Wittgenstein visionó una barca vacía, sin timón ni palanca de mando: "Das Boot des Bruders Hans. Anscheinend steuerlos" (Leben Ws, 328). Esa oración suelta pero precisa, esa sola solitaria línea, me dije, lo dice todo. Ante el ánimo que me embargaba eché en falta alguna foto de Karl en Montecarlo rodeado de partidarios, riéndose de sus propios chistes, de la jugosa propina que acababa de dejar.
Esa noche, como por instinto, volví a las "Pinceladas tiburonescas" encontrando apuntes como estos:
El mayor tiburón blanco de la historia fue capturado en Cojímar en 1945. Medía 21 pies y pesaba 10.000 libras.
La boca del Morro siempre estuvo atestada de tiburones. Seguían de cerca a las gabarras que arrojaban al mar los tanques de basuras.
Si La Habana dejó alguna marca en Louis-Ferdinand Céline, entonces Dr. Destouches, es la de esos tiburones hambrientos que aguardan con las fauces abiertas la carne podrida de alta mar.
Cayo Cruz. Etc.
No seguí. Nada de eso venía al caso. Me fui a la cama temprano. A la mañana siguiente experimentaría sin embargo la mayor de las sorpresas: Petrus resucitó. Se disculpaba. Fue conciso. No hubo modo de dar con la crónica madre. Había que conformarse, aseguraba así de concluyente, con el hallazgo que realizó en los Libros de Actas de Autopsias y Expedientes de cadáveres del Necrocomio Municipal que, en esta ocasión, vertía en su totalidad: "Autopsiado 0049-H. Expediente A-37/02. Secreto sumario. No identificado. Edad: 20 a 30 años. Raza: Caucásica. Causa de muerte XII-158: Afecciones producidas por causas exteriores. Sumersión. Tratado por el procedimiento de Hofmann. A expedir en 48 horas para exhumación en fosa común, salvo prórroga del requerimiento judicial. Habana, 10 de abril y 1902. Drs. Cuervo y Barroso". A continuación, recordaba las iniciales estampadas en hilo de seda en la camiseta del occiso y, sin insistir esta vez en el lamparón, certificó de determinante mi descubrimiento de que M. A. no era sino H. W. Únicamente añadía alguna que otra precisión de orden médico sobre el cadáver resultando que la "extrema desfiguración" sería compatible con lesiones postmorten causadas por un escualo pequeño, tipo gata o jaquetón, por otra parte abundantes en el interior de la bahía. De estos, acrecentaba, algunos hacían la ruta de la basura acompañando a la gabarra desde Cayo Puto hasta el depósito a mar abierto.
Pedro Marqués de Armas nació en La Habana, en 1965. Sus últimos libros de poemas publicados son Cabeças e outros poemas (Hedra, São Paulo, 2008) y Óbitos (Bokeh Press, Leiden, 2015). Ha publicado los ensayos Prosa de la nación (Casa Vacía, 2017) y Artaud en La Habana (Casa Vacía, 2019), y las novelas La vida trunca del coronel Felino (Aduana Vieja, Valencia, 2016) y El mayor de los Wittgenstein (Potemkin Ediciones, Barcelona, 2026), al cual pertenece este fragmento.