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Narrativa

Trabajo conseguido

'Obvio, otra cuestión importante es que tienes que tener mucho cuidado con los inspectores. Porque llegan cuando menos te lo imaginas...'

Holguín
Intervención urbana de Luzinterruptus.
Intervención urbana de Luzinterruptus. La Piedra de Sísifo

Soltó la risa, incontenible, cuando recordó la pregunta de su amiga: ¿cómo había conseguido tal trabajo? Fácil, le dijo. 

Coges un saco, nailon, trapo... lo que tengas a mano. Seleccionas algunos libros que quieras vender, ya te los leíste, no te interesan más, no te interesaron nunca, estorban por toda la casa, se riegan de nada... por lo que sea, los recoges. Los pones en tu mochila. Tomas un pomito con agua fría, porque puede ser que los vendas rápido, puede que tarde su poco. Y también sería bueno que llevaras una silla para tener donde sentarte, porque estar de pie todas esas horas, créeme, es bien cansón.

Sales de tu casa y te pones a pensar dónde ubicarte mejor. Por supuesto, por donde pase mucha gente. Aquí las posibilidades es que los vendas lo antes posible, claro está. Yo escogí irme para la tapia porque, como sabes, la gente del centro tiene que ir al mercado que está en el otro lado, y la gente que vive en el lado del mercado tiene que ir al centro. O sea, pasa tanta gente que es imposible que no puedas vender algo en ese sitio. 

Obvio, otra cuestión importante es que tienes que tener mucho cuidado con los inspectores. Porque llegan cuando menos te lo imaginas, y al no tener papeles, pues pueden pegarte una multa, o llevarte a la estación de policía y pasar un mal rato con ellos, de esos que se los vas a contar a todo el mundo y va tomar tiempo en olvidarse. Pero bien, volviendo a tu pregunta, así fue como lo conseguí.

Tuvo que volverse a reír, pero ahora un poco más a discreción cuando recordó que temprano, tempranito, acabado de acomodar los libros, los del lado superior izquierdos que es para donde primero se mira, los que se muestran en la fila de abajo, los del medio, los de todos lados, los más pequeñitos arriba de los grandes, sin que estos oculten sus títulos y autores, las revistas también si se tienen, estaban todos acabados de acomodar, cuando se asomaron dos clientas. Una señora negra, gruesa, alta, que era y parecía giganta, y la otra más joven.

—Mira, ¡tiene este libro! Dígame, ¿cuánto cuesta? —lo señaló la giganta. 

—30 pesos, señora  —respondió ella con una sonrisa. 

—Está muy bien. ¿Tiene usted cambio para un billete de 500 pesos? —preguntó en buen espíritu. 

—Óigame, quisiera yo costar 500 pesos, señora —reaccionó ella con más risa aún. 

—No me diga eso, por favor, no diga eso —dijo la giganta con sinceridad, que daba la impresión de ser una médica internacionalista por su elegancia. De ese tema casi siempre le interesaba solo a los del mundo de la medicina —Mire, yo voy allí, cambio y de regreso le compro el libro si no lo ha vendido. 

—Muchas gracias. Aquí estamos —le respondió.

La señora giganta no regresó y el libro todavía lo tiene en el bolso. Pero ahora la verdad que no se está riendo de nada. Porque como ese libro, no está vendiendo ninguno, y de eso hace días. Se sabe que todas las ventas están malas. La crisis es general. Pero lo mejor que puede hacer es buscarse otro negocio, porque este como que ya no procede más.

Ahora recuerda su conversación con la amiga. De cómo se las arregla para vender sus libros, y le va a preguntar a la amiga si hizo por fin lo que ella le dijo. Y si no, pues con ella explorar otras posibilidades. Según cree, este ya no funciona como antes, y tiene que reorientarse. Está pensando en esto, una y otra vez, y francamente le cuesta trabajo pensar en otra cuestión. Lo intenta incluso, pero no. 

Los tiempos están complejos y las soluciones no tan a la mano. En esto está mientras se aclara el día y van a dar las siete de la mañana.


Lien Estrada nació en Holguín, en 1980. Es Master en Teología por el Seminario Evangélico de Matanzas y Master en Bioética por la Universidad Católica de Valencia. Ha publicado el libro de cuentos Se busca otra plaza.

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