Ninguna derrota se compone solo de derrota— pues
el mundo que abre siempre es un lugar
hasta entonces
insospechado…
William Carlos Williams
¿Qué hacer en el instante que me corresponde?
(ese que no se puede medir y te contiene).
Busco el calibre que calibre,
ayude a discernir
qué llevarse
cuando sea la hora;
descanso
para palpar de otra manera
lo que he cruzado,
¿qué musgos dañan
el don de comprender?
Cojo por donde dice:
"necesitas ser feliz";
el moho arrecia en las paredes,
para qué hablar del valle
o la planicie
que los pies fueron demacrando,
cuando creías que avanzabas más
eras atado,
así llegó la cuenta,
el precio a pagar,
la desaparición del paisaje cotidiano
que siempre te ayudó a proseguir.
Te paraliza el filo de la ruina
acaricias y sopesas:
la cuchara,
el artefacto de retirar la barba
de hundirla mezclada a la resaca
de una crema,
un jabón que posee transparencia
hasta su centro,
el rostro restaurado
como por un carboncillo
surgido en la habilidad
de una mano y su conducta.
Pienso en las edades que ensamblan
y en las que no ensamblan;
lo que no ocurre
en el segundo destinado
queda trunco,
ningún esfuerzo,
ni tenaza de carbono
lo rescata en el retardo
o la desesperación.
Las edades te enseñan
indagan tu lugar,
propician que el sabor de las cosas
habiten en la exactitud.
Desentraña las edades
y aspira a una armonía deslumbrante.
Estas son nueces que debes partir
impulsado por el deseo,
no dejes al paladar fuera de la contienda,
muerde la carne,
muerde lo que has visto pasar
y sigue compacto,
aunque hayan cambiado las edades
recibirás la recompensa.
Descubres, que puedes ver
en los ojos de un animal
la corriente marina, aquella que soñaste
o te obsequió una imagen
de la National Geographic,
simplemente hecha sonido
por la música new age,
escuchada cada noche antes de dormir;
ay el mar, el mar cósmico
derretido como un plástico.
En el jardín zen la gravilla se acomoda
parece levitar
o intrincarse en el sueño;
en el desastre los escombros están inquietos
alterados por la vida arrebatada;
ladrillos, barras de metal, madera roída,
muchas cosas que caen
en el embudo
y no logran proseguir.
Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Este poema pertenece a un libro en preparación.