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Crítica

Kozer, senda al Tokonoma

Estos poemas 'marcan un hito no solo para la zona orientalista de la poesía de habla hispana, sino también para la que gira o penetra en aquellos tiempos presocráticos, cuando dicen que Oriente y Occidente aún no se habían distanciado'.

Miami
José Kozer.
José Kozer. Blanco Móvil

 

                                                                           ¿La aridez en el vacío
                                                                            es el primer y último camino?
                                                                            Me duermo, en el tokonoma
                                                                            evaporo el otro que sigue caminando.
                                                                                                      José Lezama Lima

     
El mejor Kozer —sugiero— es el que no escribe sobre Kozer. Curiosa paradoja, falsa porque siempre se escribe sobre uno mismo, pero válida para agrupar motivos argumentales. Y para lanzar esta polémica observación: Sus poemas autobiográficos casi nunca alcanzan el fragor expresivo de su cuaderno Tokonoma, donde recorre los senderos poéticos en español hacia los detenimientos del budismo.

Disfrutamos de un homenaje implícito —entre otros— a la espiritualidad concentrada y sugerente de los haikús que nos legara José Juan Tablada. Tal vez a Octavio Paz y su versión de Sendas de Oku, la obra maestra de Matsuo Bashó. Aunque en el singular poeta cubano —uno de los muy pocos que hoy alcanza relevancia en el idioma—  no se trata de una específica composición como el haikú, sino de una filosofía cuya trivialización en Occidente oculta sus serenas honduras ontológicas, sus desafíos existenciales. Desafíos que Kozer ha experimentado —como Borges en su conocida conferencia incluida en Siete noches—; que logra transmitirnos mientras sus versos ingresan y emergen, porque "la entrada al templo no tiene entrada".

En hermosa y cuidada publicación en Madrid por Ediciones Amargord —que prestigiase en 2011 su Colección Transatlántica—, los poemas de Tokonoma marcan un hito no solo para la zona "orientalista" de la poesía de habla hispana, sino también para la que gira o penetra en aquellos tiempos presocráticos, cuando dicen que Oriente y Occidente aún no se habían distanciado, donde tachar algo de exótico era de muy mal gusto, indicaba ignorancia.

Parece que Cioran generalizaba demasiado en "Un infierno milagroso" —en Ejercicios de admiración— al afirmar que el budista alcanza, con más seguridad que el cristiano, el desapego y la serenidad. Estos poemas de Tokonoma, sin embargo, quizás le den algo de razón al cáustico escritor franco-rumano, aunque la espléndida poesía ascética y mística le tape la boca (reto a que algún poema budista alcance el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz). Un breve paladeo de las respiraciones versales de Kozer en las cinco secciones de Tokonoma muestra cómo desapegos y serenidades le son consustanciales.

Desde la suerte de proemio del poema "Wo" se abren las cinco secciones de Tokonoma, en una espiral o cilindro marcado por las sugerentes meditaciones. La primera, son concentraciones, así las va nombrando, a partir de Chang Hsu hasta "Apoya la mano derecha", en avance imprescindible hacia los desafíos de la iluminación budista. Aquí, desde luego, la señal al lector —aunque sea un lugar común— acerca una paradoja esencial, que te obliga a ir con mucha cautela: la difícil sencillez. Quizás porque parece sencillo y lo es. "Anula la obsesión de sus palabras", dice en "Wo".

Como al parecer "Corregir la insensatez corresponde a las normas", el consejo de Chang Hsu huye enseguida de cualquier didactismo. Como buen conocedor del budismo, el poeta sabe ironizar, irse tras el azar, aceptar la recomendación de "tomar siete palabras al azar". Lo lúdico como parte de la filosofía —aficiones muy orientales— va en estos poemas hacia un "destino" poco previsto, o apenas indicado. El lector relee no para estar seguro de lo que el autor ha dicho, sino para compartir con él las dudas ontológicas. He aquí una virtud de Tokonoma, siempre trata de dialogar, nada de confesiones donde el "yo" aburre. Nada —o muy poco— de ego suelto entre versos.

Las alternativas —"Concentración de Wang Wei"— no pierden el sentido del humor. Se trata de huir de oquedades, ir hacia la "blancura de incalculables/ ranuras". Pero sin perder el distanciamiento, ese que en Occidente siempre han querido psicólogos y psiquiatras que uno mantenga. Pero aquí —desde el budismo— se necesitan grados de concentración, que son —como se sabe— de aislamiento. Kozer transmite ese ir a la concentración, porque sabe —dice— que es la de "la inexistencia".

Si usted —respetable lector— no es dueño de su lentitud, busque otras lecturas. Tokonoma no es para usted. Pero si se decide a sumergirse, sepa que su disfrute reflexivo le va a exigir detenimientos, preguntas, hasta conjeturas… Porque de eso se trata, como en "Meditación", que inaugura la segunda sección. Allí "… Un paso al frente,/ tropieza con la/ sombra/ del Emperador", es decir, del Poder, de los poderosos en el Japón imperial o en el mundo de hoy.

Se trata —reitero— de un cuaderno poco común, tanto por su temática como por los modos que Kozer emplea para presentarla, en diagonales, como en "Satori" en la sección cuarta cuando exhibe las profundidades del budismo, donde insinúa al lector que converse con el poema. Una rápida entrada a la IA nos da una idea: "En el Zen, satori es: la caída instantánea del yo que pregunta. Por eso la repetición —satori— no es redundante. Es casi un ejercicio zen: volver al punto donde la palabra apunta, no a lo que la palabra explica". Después la IA me dice: "Si quieres, puedo llevarlo hacia su relación con el kenshō, con Dōgen, con el haiku, o con la estética del vacío (ma)". Es decir —logrado o no—, el poema no es epidérmico, nada de rápidos mensajes en los medios, que tanto dañan las entendederas.

"El monasterio del cuerpo", como dice la "Satori" que comienza "El nombre de los Maestros", es aquí para lectores dispuestos a estar alertas ante las trivialidades, aunque sepan —Kozer y sus lectores lo sabemos— que es imposible, que cotidianamente siempre salimos embarrados por alguna trivialidad. Algunas hasta agradables. En esta dirección los poemas de Tokonoma, el "rubí del loto" —verso metáfora en otro "Satori"—, advierten sin equívocos que las tonalidades del cuaderno van y vienen de lo coloquial, avanzan más cerca del conceptualismo modernista que leemos en Ezra Pound y en T. S. Eliot, pero mandan "a/ casa de las quimbambas" la mayoría de las frivolidades cotidianas.

Bromas y superposiciones temporales no dejan de estar presentes, como en los buenos thrillers. Kozer sabe —con ejemplar sagacidad— intercalarlas en los poemas.  Así también incluye los colores —"azafrán en primavera", en otro "Satori"— para también armar un prisma, una diversidad que llega a preguntas tan simpáticas como esta: "¿de cuándo/ acá hay agua oxigenada/ en un claustro budista?"

Los méritos estilísticos de este cuaderno no solo están en evitar enumeraciones —casi siempre aburridas, de inventarios en almacenes—, sino en cómo logra por elipsis que las glosas intensifiquen los motivos temáticos, tal como nos regala "Meditación de Kiyowara Fukayabu", que termina con un "disolverse al verse/ alcanzado por la luna/ al recomenzar las fases/ de su recorrido". Hay una maestría en la inclusión de frases populares. A pesar de ciertos giros escatológicos, variedades decorativas que logran ambientar coloquialmente los poemas, pero a riesgo de vulgarizarlos, llevarlos al kitsch; como el "miembro viril" en la primera "Contemplación" de la sección tercera. Aunque a veces trate de ser procaz y por suerte apenas lo consiga, como al final del "Satori" que comienza "Ánades".

Añado una pregunta tal vez enojosa o enojada: ¿Por qué segmenta así? Supongo que muchos lectores se pregunten junto conmigo qué justifica tantas segmentaciones, un escanciar que no parece obedecer a necesidades argumentales de entrecortar, aunque en última instancia puedan ser señales que contribuyen a que Kozer pida detenimientos, serenidades, como el budismo. Y que quizás por ello incluya una pregunta de respuesta implícita en otra "Contemplación", que trata de limpiar la duda: "¿Algún modo de/ cortar de una vez/ por todas para/ siempre el diálogo,/ de por sí entrecortado?"

Al final del cuaderno se halla "Satori (ma non troppo)", donde la carcoma simboliza lo efímero o el tiempo, sube la tensión dramática, identifica los desvíos de antiguas sabidurías, desvíos que hoy de tanto lamentarnos nos dan de frente, hasta convertirse en perogrulladas.

Ni huir hacia una tercera persona —en otro "Satori"— nos libra, se lamenta el poeta, de la premura contemporánea, de los males actuales de nuestra civilización, que identifica –reitero— por sus efectos, sin los didactismos entorpecedores que surgen cuando los escritores creen que no han sido comprendidos, que necesitan explicar.

El hexagrama 66 del I Ching dice que el sabio "para anteponerse al vulgo, se pospone". Quizás la mayor cualidad de los poemas de Tokonoma, se halle en cómo logra posponer las conclusiones existenciales, metafóricamente insinuarnos que posponemos llegar a algún sitio vacío. Y que por esta "aridez en el vacío" del tokonoma  —según el epígrafe de Lezama- debe admirarse el respeto que José Kozer regala a sus lectores. Ese "Retrato de septuagenario con adolescente" es su senda al tokonoma.

 

En Aventura, abril y 2026 , tras celebrar el pasado 28 de marzo su 86 cumpleaños.

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