Parecía el tiempo de los emprendedores, pero yo nunca he sido emprendedor. Cuando tuve en mi poder cierta cantidad de dinero, lo invertí todo en una librería de segunda mano. Un negocio de compraventa de libros usados.
La librería de viejo existía desde mucho antes: ocupaba un pequeño local en los bajos de un edificio del Vedado, en la calle I, esquina con la calle 25. A unos metros de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana.
Se llamaba Cuba Científica. Y yo la compré con todos los libros dentro.
Presumo que el nombre tendría su explicación en esa proximidad con el ámbito universitario. Cuba Científica pudo haber sido alguna vez una librería dedicada a la venta de volúmenes teóricos y técnicos, destinados a la enseñanza especializada, y después el tiempo y la devastación editorial la reconvirtieron en la librería de viejo que yo conocí, donde ya se remataban toda clase de libros.
No sé. Nunca pregunté.
Pero una cosa era segura: si no le habían cambiado el nombre antes, yo tampoco lo haría.
Aquella fue la librería de mis años adolescentes, donde compré mis primeros libros y me los llevé a casa pedaleando una bicicleta china. Aquella fue la librería de mis últimos años de estudiante, el refugio adonde siempre iba a husmear, a matar el tiempo cuando no estaba en clases, o cuando me saltaba las clases.
Porque yo terminé estudiando allí mismo, en la zona, a solo unos metros. Terminé estudiando en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana. Donde me gradué de Licenciatura en Bioquímica y donde, casi simultáneamente, me despedí de la bioquímica para intentar convertirme en escritor.
Ahora no soy nada y no soy nadie. Y nunca lo seré. Eso lo tengo claro.
Si he sido algo, si he sido alguien, he sido lo que alguna vez llamaron "autor de ficciones experimentales". Una etiqueta generosa y de sabor optimista para calificar a quien escribe cosas estrafalarias, desestabilizadas, poco amables, poco legibles.
Una lengua excéntrica, por decirlo rápido y mal. Perder la lengua.
No se me ocurre nada más opuesto a un emprendedor.
Ya instalado en mi nueva, es decir, en mi vieja librería, me senté tras el mostrador donde estaba la caja registradora, a esperar la visita de mis primeros clientes.
Tuve la fantasía de verme llegar a mí mismo, mucho más joven y con ese entusiasmo de lector polilla que los años se encargarían de quebrantar.
Tantos recuerdos.
Yo era aficionado a los policiacos, al terror fantástico —Poe, luego Lovecraft— y, sobre todo, a la ciencia-ficción. La ciencia-ficción fue durante mucho tiempo el argumento principal de mis visitas a Cuba Científica. Una sci-fi que era pródiga en carcasas soviéticas y del Este europeo.
Estos géneros circulaban en el país con un logo característico. Cada título lucía en portada un dragoncito encerrado dentro de un círculo. Era el sello de la Colección Dragón, fundada por el periodista y escritor Oscar Hurtado.
Pero eso, el origen, el nombre propio, lo supe después. En la práctica no tenía importancia quién había creado qué colección, ya que toda empresa editorial pertenecía al Estado, empezaba y terminaba en el Estado. Y el Estado, por los tiempos en que yo me hice lector, era sinónimo de penuria y escasez en todos los órdenes. Garantía de aislamiento total. Además de dueño de todas las librerías, el Estado era también el único distribuidor. Resultaba difícil conseguir libros nuevos en ediciones extranjeras, novedades de autores contemporáneos. La isla era aquel dragoncito encerrado dentro del círculo.
Allí me encerré yo en los años 90. Ediciones cubanas de los 60, 70 y 80. Décadas de un futuro más luminoso, un futuro que nunca alumbró. Páginas amarillentas y con agujeros de polilla. Muchos agujeros.
Eso era todo lo que había.
No llegó la hipotética versión más joven de mí mismo. En su lugar, entró a Cuba Científica una mujer abanicándose con una revista. En el aire que la rodeaba había dos cosas: belleza y cansancio. Las dos en abundancia.
Tenía, según supe después, treinta años, recién cumplidos, pero su aspecto era infinitamente más juvenil. Tal vez a causa del abanicado, llegó hasta mí una ráfaga del olor de su piel. Capté algo ahí bajo el sudor, algo que me hizo pensar en años fuera del país, al otro lado del circulito y del horizonte, más allá de cualquier sensación de encierro.
Tiene que haber sustancias así. El equivalente geopolítico de las feromonas.
La visitante paseó la vista por los estantes y las mesas sin demasiado interés. Muy pronto sus distraídas ojeadas empezaron a incluirme a mí también. Era obvio que solo había entrado a la librería para escapar unos minutos del intenso sol de la calle. Seguramente tenía un sitio mejor a donde ir, pero tampoco estaba apurada.
De pronto dijo:
¿Me recomiendas algo?
Sin pensarlo mucho registré una hilera de libros, dejé caer algunos al suelo con inesperada torpeza y puse en sus manos un ejemplar polvoriento, impreso por la editorial Letras Cubanas en 1983. Muchos años antes de que ella naciera.
Era la antología de Oscar Hurtado titulada Los papeles de Valencia el Mudo.
Un volumen que recogía la obra, escasa y ya completamente ilegible, de un autor de segunda o tercera fila.
Pero un autor al que le gustaban muchas de esas cosas que a mí, durante mucho tiempo, también me gustaron.
Los llamados subgéneros.
La fantasía especulativa, los saberes “duros”.
(...)
Jorge Enrique Lage nació en La Habana, en 1979. Ha publicado cinco libros de cuentos y tres novelas: Carbono 14. Una novela de culto (Altazor, Lima, 2010), La autopista: The movie (Caja China, La Habana, 2014) y Cuba Científica (Ediciones Contrabando, Valencia, 2025).
Jorge Enrique Lage participará en la mesa redonda "Novela de los últimos tiempos: Memoria, imaginación y lenguaje", como parte del IV Encuentro LAT de Editoriales Independientes por la Literatura Latinoamericana, en Casa de América de Madrid, el próximo miércoles 29 de octubre a las 6:00PM.