(Puente de McAllen-Hidalgo-Reynosa)
3.
Aliándose en pequeños grupos o dispersos,
por el cielo los girasoles gritan
verdades extremas.
Sobre la baranda
una rama de mezquite
se doblega.
El viento la golpea con suavidad
y se detiene.
La movería hacia McAllen.
Pero tiene la orden de llevársela
para Reynosa
como si el viento fuera redondo.
O, acaso fuera Buda, que enloqueció de estar sentado
sobre este puente.
Aquí nada soportaría otro atardecer.
Puede que esto sea otra forma de humillación.
Tal vez, simplemente, la iluminación.
5.
El guardia tiene a la mosca posada sobre una oreja.
La mosca actúa con rapidez.
Le acaricia un grano
haciéndose la mansa.
Lo succiona,
haciéndose la viva.
Se recuesta sobre el tímpano
haciéndose la muerta.
El guardia quiere espantarla pero no puede
moverse
por una mosca, ni aunque le griten al oído
cosas horribles, cosas de moscas.
Ni aunque levante el vuelo para mudarse
a la otra oreja.
¿Qué la habrá traído?
¿Acaso el caballo que pasta a lo lejos?
¿O esa mujer un tanto jorobada?
¿Qué demonios arrastra dentro de esa maleta?
¿Acaso moscas?
¿Acaso moscas?
Para decidir qué atrapará
primero,
la vista al frente, el guardia espera
que acabe el turno.
Mientras,
avanzo con aquel recuerdo.
Imito al guardia, la vista al frente.
La vista al frente.
Antes de que la patearan Bertha Caluff escribió:
los gendarmes suelen ser gentiles con las chicas.
6.
A Lola la mataron porque andaba sola.
A Lola la mataron porque estaba distraída.
La mataron por celos por droga y rencor.
La mataron por puta
con la punta de una bayoneta.
Con arma blanca, pequeña,
sin filo
para que sufriera.
Para que se desangrara sobre una cama
y se arrastrara como su madre
que no viene a cuento
pero la parió.
La mató un ladrón.
Un proxeneta.
La mató mi abuelo cuando a mi abuela
la doblaba en dos.
Loco de ira, la mató el amante.
Tinto en rabia
un perro jíbaro,
de Gibara
aunque muerta
en La Habana fue.
A Lola que hasta tenía piano
para tocar a Beethoven
en las escasas horas
donde no chancleteaba
por esos barrios
buscando algo más que comida.
Le hubiera crecido la panza
y en lugar de a un viejo calvo
le hubiera dado de mamar
a otra clase de criatura.
Lola que se atrevía
a levantar rumores
hasta que un rumor la convirtió en leyenda.
Toda mujer debe temer esta hora.
La hora en que mataron a Lola.
La misma en la que yo me asomo por sobre la baranda
para observar de cerca el vuelo del zanate.
Y a quien descubro en esos ojos es a mi padre
feliz de haberse desprendido del cuerpo
por el que alguna vez partido tomó.
María Elena Hernández Caballero nació en La Habana, en 1967. Sus últimos libros de poesía publicados son Yo iba tranquila dentro de una bala (Verbum, Madrid, 2016), que compila la mayoría de sus libros de poemas, y La noche del erizo (Casa Vacía, College Station, 2018). Ha publicado la novela Negro en la costa (Ediciones Furtivas, Miami, 2025). Estos poemas pertenecen a un libro en preparación.