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Narrativa

El animal Leticia

'A la hora de escribir este texto me he esforzado para que el recuerdo del miedo a la oscuridad no contamine el recuerdo del descubrimiento de Leti': un fragmento de novela.

Miami
Luces de neón.
Luces de neón. Barcelona Led

 

Cuando el viejo Jacobo Shoer, el más viejo de los judíos del Hotel Torregrosa, tocó a la puerta de nuestro cuarto aquel mediodía de agosto de 1964, mi curiosidad fue castigada con un brutal descubrimiento.

Mi padre abrió despacio, alerta contra una ficticia amenaza. La mano crispada en un tembloroso, inútil puño. A esas horas ya el alcohol había borrado las caras de los vecinos en su atormentada memoria. De manera que se viró hacia mí, con los brazos en cruz y unos ojos de súplica. Le dije que era Jacobo, el polaco del tercer piso, el padre de Leti. ¿Qué quieren?, preguntó mi padre, tambaleándose frente al impalpable viento de los borrachos. Acomodado a su repentina trinidad, Jacobo respondió: Queremos que Fabián nos cuide a Leti.

Era una proposición que ansiaban todos los muchachos del barrio: la perturbadora, casi erótica experiencia de lo abominable. Me puse los pantalones a la carrera. Ni siquiera me hice la raya del pelo. Al cerrar la puerta tras de mí, escuché a mi padre desplomarse en el sofá con un estrépito de periódicos y botellas. Ahí dormía, con los ojos abiertos o cerrados, hasta que a las cinco de la mañana se ponía en pie de un salto, corría a tomarse una jarra de agua helada y encendía un tabaco. Entonces, por unas horas, justo hasta el primer trago antes del almuerzo, era el hombre más lúcido, diligente y agradable que haya conocido jamás.

Los tres pesos por cuidar a Leti eran una fortuna para un chiquillo de doce años en un país donde podía cenarse con cincuenta centavos. No tenía que ser tanto, pensé, y enseguida me arrepentí de haber dicho lo que pensaba. Después de una cautelosa ojeada en derredor, Jacobo sacó un grasiento cartucho del bolsillo de su chaqueta y del cartucho un grueso fajo de billetes y del grueso fajo de billetes un único billete terso y crujiente que le arrebaté de un manotazo. Por sus ojos pasó la intención de reprochar mi falta de modales, pero lo ganó el susto de haber estado a punto de hacer un mal negocio.

Echamos a andar del segundo al tercer piso. Las ropas de Jacobo emanaban un vaho ácido. Al sudor sudado en agosto bajo un traje de invierno se agregaba el subterráneo tufo del atanor de los joyeros. (Un olor que solo se lava con un cambio de vida). Mientras subíamos las escaleras, Jacobo me daba instrucciones. La más importante: no tocar a Leti ni dejarme tocar por Leti. ¿Verdad que a ti te gusta Leti? Hay preguntas que obligan a mentir. Jacobo sabía que yo nunca había visto a Leti y no me atreví a decirle que sin verla no podía saber si me gustaba. Hoy no hubiera mentido. Las transgresiones lógicas acaban en transgresiones morales.

En el caos inmobiliario de aquellos años Jacobo había aprovechado para fundir cuatro cuartos contiguos. Todos en el hotel soñaban con apoderarse de uno o dos cuartos desocupados antes de que la Revolución se los diera a otra gente. Mi padre había intentado en vano quedarse con el cuarto de Euclides, un peluquero negro que huyó en una lancha a Miami. Vendió sus anzuelos y cañas de pescar, ahorró del Johnny Walker al ron Arrechabala (aún había Johnny Walker y ron Arrechabala) por unas cuantas semanas sufridas como años de abstinencia, pero no alcanzó a reunir los 3.000 pesos que los inspectores de la Reforma Urbana pedían por debajo de la mesa. Se decía que Jacobo había pagado una fortuna en sobornos por apoderarse de toda el ala oeste del tercer piso. Un cuarto multiplicado por cuatro que los resentidos vecinos llamaban La Tierra Prometida.

Al llegar a la puerta, Jacobo me pidió que no le contara nada a nadie. En su voz había una contenida desesperación que le restaba edad. Las tres cerraduras de la puerta cedieron con tres aceitados chasquidos. Entramos y me hizo a un lado. Su mano dejó una húmeda huella en mi brazo. Me advirtió que no me moviera ni encendiera el interruptor de la luz junto a la puerta. A Leti le hacía daño la luz amarilla de los bombillos. Había que encender el interruptor de la luz de neón en el extremo opuesto del cuarto. Neón, la luz del hombre moderno, me dijo Jacobo, y lo escuché avanzar a ciegas. El peso de la oscuridad y la profundidad del espacio despertaban en mí una atávica incertidumbre. Volví a ser el niño de la caverna.

Siempre le he tenido miedo a la oscuridad. Mis manos sudaban adentro de los bolsillos del pantalón. Todavía hoy las oculto en los bolsillos cuando estoy a oscuras. Como si la oscuridad me fuera a comer las manos. Hubo un momento aterrador en que dejé de escuchar los pasos de Jacobo. Tuve ganas de salir corriendo. Solo me aguantó el miedo al ridículo que acecha detrás de cada miedo. He reflexionado mucho sobre ese miedo mío a lo oscuro. Pienso y pienso y no encuentro su causa. Una amiga sicóloga me dice que debe ser una causa grave, puesto que no quiero recordarla. Resisto la simplificación. ¿Por qué no voy a poder recordar lo que sí quiero recordar? De más está mencionar mi desconfianza por el sicoanálisis. Desde la primera a la última página, Freud no me parece otra cosa que un novelista incapaz de lidiar con su envidia de Dios. Vladimir Nabokov, uno de mis héroes literarios, no perdía oportunidad de burlarse de la imposición freudiana. Decía que el sicoanálisis proponía la cura de los problemas del espíritu y la mente mediante la aplicación de los mitos griegos a determinadas partes del cuerpo.

A la hora de escribir este texto me he esforzado para que el recuerdo del miedo a la oscuridad no contamine el recuerdo del descubrimiento de Leti. Algunos dirán que esto convierte el recuerdo en ficción. Otros dirán que el recuerdo, al cabo, es ficción. ¿Una escritura honesta admite la diferencia entre imaginación y realidad? En su excelente estudio sobre Henry Fielding (The Unnecesary Thruth: History and Consciusness in Tom Jones, Oxford University Press, Londres 2015), el profesor Farid Triff expone la tensión entre este reductor prurito de veracidad y la tentación de saltarnos las leyes narrativas al uso. Frente a la angustiosa noción de que un exceso de conocimiento puede paralizar al escritor, señala Triff, el magistrado Fielding acabó por tomar la ley en sus manos, dicho sea literalmente. Fundador de una nueva provincia de la escritura, decretó Fielding, el autor está en libertad de crear las leyes que le den la gana.

Mi recuerdo del descubrimiento de Leti comienza, pues, con el primordial zumbido de la electricidad adentro de los tubos de neón. A medida que pasan los años, el zumbido demora más en hacerse luz. En efecto, la electricidad tiene que atravesar el territorio de mi memoria, con las ciudades vividas y soñadas, con sus turbulentos y anchos ríos, sus agotadoras planicies, sus océanos, montañas y desiertos. Si estuviera escribiendo el guion de la película de Leti, aquí necesitaríamos desplegar un mapa con los nombres de esos mil lugares. Sobre el mapa, entonces, una línea avanzaría de lugar en lugar, igual que en Casablanca (Michael Curtiz, 1942) una línea con punta de flecha va trazando la ruta por tierra, mar y aire que debieron emprender Ilsa (Ingrid Bergman), Rick (Humphrey Bogart)  y el culo tieso de Lazslo (Paul Henreid) para escapar de los nazis. Así, cuando la línea del mapa terminara en esta cabaña de los bosques de Tallahassee, pasaríamos a la escena en que Jacobo danza como una marioneta en el parpadeo de la luz durante el par de segundos que los átomos del gas de neón tardan para excitarse con el zumbido de la electricidad.

Una vez que en la película se haga la luz del hombre moderno, me encontraría con la espalda pegada a la puerta de las tres cerraduras, queriendo gritarle a Jacobo que no voy a cuidar a Leti y regresar a tumbarme en mi cama para desarmar y rearmar mis rompecabezas de indios y cowboys, mientras mi padre duerme con los ojos abiertos o cerrados. Era lo que tenía que hacer cuando aún estaba a tiempo. En esos rompecabezas, al igual que en unos pocos libros también abandonados por mi madre, yo me nutría de silencio, personificaba mis opuestos, aguardaba el despunte de las hojas en mi prohibido árbol. Pero lo cierto es que en la vida real, o más bien la ficción que hoy recuerdo como la vida real, no abrí la boca. Tal como estuve detenido por la oscuridad, ahora me detenía el lechoso resplandor del neón. Mucha luz tampoco deja ver. Impaciente, Jacobo me pedía que me le acercara. Lo pensé dos veces, temeroso de caer a un abismo de impenetrable claridad.

He visto ciudades arrasadas por los bombardeos. Al volar paredes y techos, la intimidad de los moradores queda expuesta a la mirada de todos. Se hace teatro lo que un minuto atrás era santuario. Uno quiere entrar a ver qué hay en las gavetas de ese despedazado armario rojo, repasar los títulos de los tomos desparramados como pesados pájaros muertos, oler el guiso que humea en una hornilla, cerrar la llave del agua que se desborda sobre las alfombras. A pocas horas, todavía con los cadáveres alineados en la calle, en espera de que Hipnos y Tánatos les pasen revista, los sobrevivientes retoman las ruinas de su rutina. La pared invisible sustituye a la pared visible. Los fragmentos de los espejos rotos asumen la elemental absorción de las imágenes y reanudan el ajetreado tránsito de las almas. Los libros vuelven a los libreros con sus alas plegadas, un niño devora el guiso con los ojos clavados en un televisor sin pantalla, una mujer se ducha a la intemperie con escandaloso deleite. Quizás, vuelve a escucharse un piano. Asentado por la humedad de la noche, el polvo recupera el olor a tierra.

El cuádruple cuarto de Jacobo tenía esa condición de pública catástrofe. Tanto más desconcertante, tanto más incitante a un morboso fisgoneo porque las ruinas estaban bajo techo, ocultas por paredes de formidable ladrillo catalán. Las originales divisiones interiores de los cuartos habían sido derribadas a mandarria. Sobre las losas del suelo, las marcas de las derruidas divisiones figuraban un inconexo laberinto. Enanas cordilleras de escombros serpenteaban entre los cráteres de los mandarriazos. Fragmentos de yeso habían quedado adheridos a las columnas de hierro, como la carne medio cruda en torno al hueso. Grandes y lujosamente tapizados, algunos muebles delataban el secreto de otra casa y otra época. Rodeado de acartonados zapatos de hombre y zapatos de niña con talla de hombre, un catre militar parecía una balsa abriéndose paso en un naufragio. Inodoros, duchas, puertas de closets, fregaderos y fogones se sucedían entre cajas desfondadas y cerradas sillas de tijera.

Al final, la jaula.

 


Andrés Reynaldo nació en Calabazar de Sagua, en 1953. Su libro publicado más reciente es El problema de Ulises (Hypermedia, Madrid, 2015).

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