"El miedo, o el recuerdo del miedo,
o la conciencia de no haber tenido,
en realidad, el miedo suficiente".
Condorcet escribió que no entendía el sentido de escribir en verso, enredando lo que se podía expresar claramente en prosa. Esta observación, tan ciega cuanto radical, me sugiere un experimento: reescribir "claramente" un poemita mío y ver qué sucede. El resultado podría ser, por ejemplo: "De pronto recuerdo el miedo que tuve en determinadas circunstancias y tomo conciencia de que no fue un miedo proporcional al tamaño del peligro que corrí".
Oops, lo que el poema podría tener de interesante se ha ido por el agujero y lo que queda es de una espantosa banalidad; claramente, la glosa resultante de mi "experimento Condorcet" no es la misma cosa dicha más claramente sino otra cosa dicha de un modo súper ramplón. Eso podría abrir paso a considerar qué es lo que la glosa dice que aniquila el poema o, lo que es lo mismo, qué es lo que la forma del poemita decía que la glosa no dice.
Veamos: el poema, para empezar, empezaba con "el miedo", no tenía un sujeto ni un verbo conjugado (tipo "yo recuerdo"); el recuerdo aparecía como sustantivo, y no en primer lugar, sino en segundo, después de "el miedo" mismo y antes de "la conciencia". En el poema, no había el relato de una acción o dos acciones sucesivas, sino tres "cosas" coordinadas por dos "o". Los tres términos ligados mediante las "o" son objeto de una gradual expansión: tres sílabas para "el miedo", siete para "el recuerdo del miedo", dos endecasílabos completos para "o la conciencia de no haber tenido, etc".
Dicho de otro modo, al principio se trata casi de unos ladridos con su repetido acento en "e" (miédo, recuérdo, miédo), solo después hay un poco más de variedad y extensión, luego viene lo peor: no importa cuánto miedo se haya tenido, no era suficiente. Fue escrito hacia el 82, poco antes de acabar la dictadura que asoló mi país entre 1976 y 1983, cuando uno se paraba a pensar y empezaba a calibrar hasta qué punto se había salvado por un pelo de la tortura y la muerte (a calibrar más o menos, porque yo creo que era y es un asunto imposible de calibrar del todo). Y uno no podía terminar de entender cómo había sobrevivido sin volverse loco de pánico.
En su día el poemita surgió, raramente, entero y armado, como Atenea de la cabeza de Zeus partida de un hachazo. Al igual que aquella diosa, estos versos son un poco secos, habitados como están por solo tres abstracciones, un caso raro comparado con mis otros trabajos de esa época, ambiciosos en el manejo del sonido y las imágenes, composiciones de 20 o 30 versos que acumulan figuras y conceptos, saltando de una cosa a otra, como queriendo ganar la pelea con una seguidilla de ganchos de derecha e izquierda, propinados uno tras otro, sin dejarte pensar. Acá, siendo un poema más breve, es todo lo contrario, se va masticando lentamente el miedo, que se expande a medida que se lo mastica. Se me ocurre que el miedo no tiene predicado porque no puede tenerlo, porque es como una alucinación, el verbo implícito es "existe", "es", "está", o bien hay una secreta anacrusa, el antiguo "oh" poético. El miedo, en suma, no es sujeto de una acción, está fijo, o tal vez sea uno el que se queda catatónico, atinando tan solo, en lugar de repetir "el miedo, el miedo, el miedo", a intercambiarlo con su versión presente, renovada (el recuerdo, "che nel pensier rinova la paura") y luego su amplificación, la conciencia de lo insuficiente de aquel miedo.
Todo esto es lo que se pierde en el "experimento Condorcet" y lo que, por el contrario, estará dando vueltas por ahí si el poema está logrado, lo cual no me está permitido juzgar a mí. Pero sí puedo decir que es por estas cosas que escribo poesía, porque creo en la potencia de la organización de la frase, en el imperio de la elipsis, en la música de las letras y las palabras, en el ritmo de los versos y de los espacios que separan los versos, porque sueño con una expresión que no explique sino que haga presentes las cosas y los sentimientos.
Daniel Samoilovich nació en Buenos Aires, en 1949. Reunió su poesía en Rusia es el tema (Poemas reunidos 1973-2008) (Bajo la Luna, Buenos Aires, 2014). Ha traducido a Horacio, Shakespeare y Katherine Mansfield, entre otros autores. Entre 1986 y 2011 dirigió una de las grandes revistas de la lengua: Diario de Poesía. Sus libros más recientes son El libro de las fábulas y otras fabulaciones (junto a Eduardo Stupía, Pre-Textos, Madrid-Buenos Aires-Valencia, 2022), Berisso 1928-La vida futura (Bajo la Luna, Buenos Aires, 2023) y Estética del error. Apuntes sobre arte y poesía (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2024).