Sí y no. Lo no presumible es que Émile Michel Cioran siempre estuvo atribulado con el futuro. Un breve ensayo —recogido en Exercises d´admiration. Essais et potraits— así lo ilustra. Lo tituló "Acorralados en el futuro". Glosarlo —por la meritoria traducción de Rafael Panizo— nos adentra en el futuro. Viene acompañado de progreso y decadencia. De muchas frases donde mañana siempre será otro día, bajo la resignación ante lo inevitable y la huida de palabras quemadas por la repetición acrítica.
La frase rompehielos dice: "La existencia habría podido tener un sentido si nos hubiera sido posible evitar la pesadilla del porvenir". Trata de evitarlo, de que el futuro no se lo trague. Por eso de inmediato defiende el "eterno presente". Siempre al tanto de frases imbéciles —de imbéciles y derivados—, Cioran desde el primer párrafo no les da tregua. Nuestro "nefasto privilegio" —suerte de paradoja— es la ilusión tonta de que el "devenir" es un "principio positivo".
¿Cuántas veces no hemos oído hablar del futuro como tierra prometida a políticos de cualquier tendencia, sobre todo a dictadores (los cubanos aún víctimas del castro-comunismo lo sabemos muy bien) y a visionarios demagogos? La sabiduría popular lo ha caracterizado demoledoramente bien: "El futuro, como el papel, aguanta todo lo que le pongan". Y así es. Y así lo capta Cioran en su ensayo, donde admite que lo acorrala, lo rodea, lo cerca, pero logra escapar cuando neutraliza la promesa de que será mejor.
Antídoto contra la demagogia, Cioran —entre pocos ensayistas del pasado siglo, como Elías Canetti— no apuntó al futuro. El breve ensayo transparenta su punto de vista, que aquí comparto. De ahí que aclare —lúcido y mordaz— su admiración hacia los presocráticos, que supieron precisar la circularidad del tiempo: "La visión circular del desarrollo temporal de la Antigüedad no podía conducir a la idea de un progreso ilimitado tal como lo concebiría el optimismo moderno".
Respetuoso ante Nicolás de Condorcet y la Ilustración, Cioran, sin embargo, arremete contra la idea predominante entonces y aún hoy mantenida por pícaros e ingenuos de que el futuro implica mecánicamente progreso. Válido para quimeras y ensueños desiderativos, afirma: "Es la fascinación por el futuro lo que ha llevado a los seres a elaborar sistemas cautivantes". Esta es una muestra —entre otras— de cómo leer a Cioran nos ayuda a curarnos de "toda veleidad de entusiasmo".
Su estilo categórico intencionalmente contrasta con su amor por la duda. Dice: "Avanzar, es evidente que avanzamos, pero sin progresar". Y nos lanza su debatido, fatal pesimismo: "El hombre futuro lo habrá explicado todo, curado todo, denunciado todo, pero no habiendo encontrado el sentido de ese todo, no vemos cómo podrá sobrevivir a un universo desembarazado de justificación y de secretos".
Tal catastrofismo, por supuesto, nunca fue más que un gesto hiperbólico contra las tonterías optimistas de entonces, de ahora mismo. Es de suponer un toque fuerte de ironía y humor en sus conversaciones agridulces sobre el absurdo y la condición humana con Samuel Beckett, su amigo e interlocutor del barrio —cercano al Jardin du Luxembourg—; intercambios sobre curiosidades y dudas de la existencia que hoy siguen venturosamente esperando a Godot.
Nada mejor para romper la cerca del futuro que la recomendación del desapego, sugiere con su habitual lenguaje apodíctico. Pero sabemos que solo se trata de un ardid estilístico para removernos el piso ante su tonalidad autoritaria, mandona. Es imposible que el rumano-francés no se haya puesto esa máscara para atraer la atención de sus lectores. Su obra contradice aceptarlo de otra forma, no saborear la paradoja como una burla a los dueños de la verdad, de los que siempre se alejó, quizás a consecuencia del padre autoritario, como diría un freudiano.
"Se necesita una inmensa dosis de desengaño para poder vivir sin utopía y la idea de progreso es la utopía moderna por excelencia", admite. La analogía futuro-progreso despliega la tara. Cioran lo caracteriza como una tara, es decir, como si fuese una anomalía genética muy difícil de extirpar. Las ilusiones de la Revolución Francesa —vuelve a Condorcet— se han ido apagando poco a poco, entre guerras y posposiciones de libertad, igualdad, fraternidad… Añade que la advertencia bíblica sobre el peligroso Árbol de la Ciencia está cada vez más justificada. Y no olvidar que aún la Inteligencia Artificial apenas comenzaba cuando Cioran muere, el 20 de junio de 1995, a los 84 años, hace 30 vertiginosos años.
Tales dudas sobre las bondades de los avances científicos y tecnológicos, sin considerar sus peligros cotidianos, alimentan su noción contra el futuro como línea ascendente. Forma parte de un legado filosófico que cuenta con innumerables intelectuales que reafirman sus avisos. No porque favorezcan poses o actitudes pesimistas y nihilistas, sino porque nos abren los ojos ante engaños, recetarios con olor a comunismo, fascismo, populismo, liberalismo…También ante idílicas armonías ontológicas, ajenas a la naturaleza humana.
Exagera y asevera… Ese es el modo Cioran, que debemos tomar —reitero— con las reticencias implícitas. Aunque sea verdad que "No se puede huir del futuro", no debiéramos aceptar sin titubeos que "Fascinado y aterrado a la vez, el hombre se precipitará en él, acabará incluso por complacerse en él, puesto que el precipicio es él quien lo ha creado. Haga lo que haga, debe correr hacia su hundimiento, y esa complicidad con el abismo constituye su originalidad". Está claro pues que desde esa "originalidad" debemos poner entre paréntesis (nos aconsejaría Edmund Husserl desde la fenomenología) cualquier pantalla de computadora o teléfono inteligente que diga Futuro.
Parece cierto que "no se comprende nada de la historia si se ve en ella algo más que el desarrollo de una ironía incalificable". Lo mismo ocurre con el devenir, que Cioran califica de triunfo al revés, y que —por ejemplo— es válido para las obras artísticas y literarias. Que sean antiguas, modernas o contemporáneas no las hace mejores, no es un criterio valorativo sino descriptivo. Las tan abundantes falacias —de la novolatría a la originalidad— nos hacen repudiar cualquier intento por engañarnos, por convencernos de que el futuro puede exigir el sacrificio del presente. De nuevo muestro las cicatrices en mi espalda cubana, recuerdo que tras la revolución de 1959, pasé años creyendo en la historia, esa —como dice Cioran— "ceguera".
"¿Por qué nos confundimos en nuestras previsiones, por qué incluso los escépticos ceden con frecuencia a las tentaciones de la ingenuidad?", se pregunta el autor del Breviario de podredumbre. Su respuesta —curiosamente— no es demasiado categórica: "Porque es antinatural prosternarse ante la soberanía del sinsentido final".
Entre berrinches de utópicos versus realistas, de creyentes versus ateos, los agnósticos tratamos de conjurar "la pesadilla del devenir". Solemos encarar las paradojas emputecidas del futuro —del tiempo— al estilo de Cioran, sin dejarnos acorralar por lo inexorable.