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Ensayo

El 'Libro de los Muertos de la UNEAC' y un silabario de efectos impredecibles

A fines de los 60 y en la década siguiente, en Cuba un grupo de poetas se dedicó a sepultar autores con sus epitafios, y un novelista fabricó trabalenguas de retratos de escritores.

Madrid
Reinaldo Arenas
Reinaldo Arenas Edizionisur.it

Entonces podía escucharse en ciertos círculos de La Habana este epitafio: "Jamás viajó ni a Nueva York ni a Roma,/ José Lezama Lima, vida vana,/ entre nosotros, en su vieja Habana,/ se dedicó a escribir, mató el idioma". Aunque Lezama Lima viviera todavía.

Por otros rincones de la ciudad recitaban esto: "No te embullas ni te guilles, Guillén, ni mucho menos te engalles, porque no tienes agallas. ¡Calla! o como payador de talla entónale una loa a la papaya de Maya Plisezcaya hasta que te salgan callos. Respeta a tu ayo o te parte un rayo, porque El Caballo solo quiere grillos y si te las das de gallo te engrilla, te engulle o te corta el cuello mientras tú aplaudes tu 'autodegüello'". Que hablaba de una muerte sacrificial de Nicolás Guillén.

A fines de los años 60 y durante la década siguiente un grupo de poetas se dedicó, desde el anonimato, a sepultar autores con sus epitafios.

Un novelista fabricó, por su cuenta, trabalenguas de retratos de escritores.

El grupo de poetas sepultó a Virgilio Piñera: "Yace Virgilio bajo esta losa fría;/ ya no podrá contarnos sus dolores,/ sus teatrales delirios y agonías./ (Por fin descansan él y sus lectores)".

Severo Sarduy cogió este ramalazo de parte del novelista: "¿Sabrá Zebro que él sobra lo mismo si escribe Kobra o quema todas sus obras, volutas de falsos Sèvres? Jamás sabia, jamás sobria. Macabra culebra ebria sobre ubres de otros orfebres ante los que se descubre, la pobre, que toda es cobre. Voluble como una cebra, sus obras son solo sobras que enhebra sobre otras hebras y sobre otros libros labra. ¡Y por extraño abracadabra por ese atraco ella cobra!"

Los hacedores de epitafios eran Luis Rogelio "Wichy" Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y Raúl Rivero, compañeros de generación los tres. A los que pudo haberse sumado Eliseo Diego, poeta de mayor edad que gozó de epitafio propio, ya fuera por despistar o por darse el placer de la autoburla.

Ellos sepultaron a Roberto Fernández Retamar con esta cuarteta: "Caminante, aquí yace Roberto./ (Por supuesto, Fernández Retamar.)/ Caminante, ¿por qué temes pasar?/ ¡Te juro por mi madre que está muerto!"

A diferencia de los epitafios, las invenciones del novelista resultaban de difícil clasificación. Estaban cerca del engolosinamiento verbal de algunos versos de Mariano Brull ("Viernes, vírgula, virgen/ enano verde/ verdularia cantárida") y Emilio Ballagas ("Tierno glú-glú de la ele,/ Ele espiral del glú-glú./ En glorígloro aletear"). Giraban en torno a un personaje. Eran, más que trabalenguas, trabagentes.

El novelista era Reinaldo Arenas. Su amigo-enemigo Roger "Coco" Salas, crítico de ballet, fue retratado por él de esta manera: "Comprometiéndose a conseguirle una cocuyera con su cornucopia, cuatro cortacutículas, un cao y un querequeté de Cacocún, conjuntamente con quinientas camisas caqui reculó descocado Coco cubriendo de caca la cavia del caco".

A juzgar por los epitafios, la muerte de esos autores acarrearía la liberación de aquellos que los leían, la liberación del idioma y la de quienes se paseaban entre tumbas leyendo inscripciones. Los epitafios eran bronca y homenaje, ajustes de cuentas generacionales.

Reinaldo Arenas extraía sílabas del nombre en cuestión y clonaba esas sílabas hasta condenarlo al suplicio de las moscas en papel adhesivo.

¿Qué razones hicieron que estas dos empresas trabajaran en simultáneo por aquellos años?

La autoconciencia del gremio de escritores, podría argumentarse. Como nunca antes, los escritores cubanos eran entendidos gremialmente, y aquellas eran las bromas privadas que un gremio se dedicaba a sí mismo. Eran también sucedáneos de una crítica literaria que se había hecho imposible. La salida, a través del humor, a la falta de libertades que trajera la conformación del gremio.

Porque una sola asociación agrupaba la vida literaria del país y los últimos espacios ajenos a ese asociacionismo estatal habían sido clausurados. Las divergencias de poéticas y generaciones, cursadas antes de grupo a grupo o de revista a revista, tenían ahora que caber dentro de unas publicaciones oficiales que desalentaban cualquier rasgo de desunión entre sus asociados.

Era el camino a la muerte de la crítica, la desaparición de los grupos literarios. La meta oficial estaba en reducir el panorama a dos contingentes —escritores revolucionarios y escritores contrarrevolucionarios— para proceder a exterminar al segundo.

En las polémicas literarias solía recurrirse a declaraciones de fe revolucionaria. Quien consiguiera hablar en nombre de la revolución pegaba el mandoblazo definitivo al contrincante, tal como pudo verse en los ataques de Jesús Díaz, director de El Caimán Barbudo, al grupo independiente El Puente y Ana María Simo. Y escribir la reseña de un libro podía atraer sobre el reseñista consecuencias políticas, como ocurrió a Heberto Padilla al ocuparse de la novela de Lisandro Otero Pasión de Urbino.

Desaconsejada la guerra literaria, quedaba la guerrilla. Y a eso se dedicaban los conspiradores poetas y el novelista Arenas. A meter en sepulturas a los indeseables otros, a encerrarlos en un infierno silábico. Obraban en secreto, con alevosía. Tenían el humor como coartada, siempre podrían aducir que eso que hacían era un juego de nulas consecuencias.

Reinaldo Arenas terminó por reunir sus diatribas en la novela El color del verano, publicada en 1990, póstumamente. Seis años más tarde, Jesús Díaz, amigo de Nogueras y Rodríguez Rivera y Rivero, recogió varios de los epitafios en su novela Las palabras perdidas.

Sospecho que hay aquí un dichoso trabajo pendiente para editores y diseñadores e ilustradores.

Lo digo por un cuaderno que reúna todos los epitafios, pues su número sobrepasa a los recogidos por Jesús Díaz.

Lo digo por entresacar de El color del verano esos breves textos y añadirles unas buenas imágenes terribles y formar con imágenes y trabagentes otro librito.

Uno constituiría El Libro de los Muertos de la UNEAC. El otro, un silabario de efectos impredecibles en aquellos niños que lo lean.


Antonio José Ponte nació en Matanzas, en 1964. Su libro publicado más reciente es "La Lengua Suelta" de Fermín Gabor (Renacimiento, Sevilla, 2020).

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3 comentarios

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El epitafio completo dedicado a Rocasolano, dice: "En sudario de fino guarandol / que otorgole el Ministerio de Cultura, / aquí yace el poeta Rocasol. El ano suprimiolo la censura." Autor: Wichi el Rojo. Saludos, Pepe, desde Las Palmas de Gran Canaria. Manuel Díaz Martínez.
Vamos recopilando...

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"Los epitafios eran bronca y homenaje, ajustes de cuentas generacionales." Sí, y tampoco era posible que Arenas y el trío de Rivero, Wichi y Guillermo hicieran sus epitafios de consuno, por el homosexualismo de Arenas. La reacción homófoba contra Arenas lo impedía, de la cual no estaba exento ese trío. Arenas fue pasto constante de burlas en la cafetería de la UNEAC y en la Escuela de Letras y de Arte donde estudió y eran alumnos también Wichi y Guillermo.

Wichi (Le decíamos el Rojo para distinguirlo de otro Wichi, el Negro) circula por teléfono un delicioso epitafio al holguinero que en rapto de "buen gusto" adoptó llamarse Alberto Rocasolano. Comienza: "Aquí yace el poeta Rocasol" El último verso dice: "El ano suprimiolo la censura". Rocasol, le responde con una denuncia política, cuando dice: "Y aunque el G2 me lo diga, el Colorado no es rojo". Apoyo proyectos de Ponte-Gabor, pero no en húngaro.