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Arquitectura

La Iglesia de San Francisco de Asís: restauración como lectura de la historia (II)

Como institución cultural y espacio patrimonial, San Francisco de Asís ha ganado una nueva arista como referente del barroco cubano y de la relevancia de la orden franciscana en Cuba.

Madrid
Interior de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Habana Vieja.
Interior de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Habana Vieja. Radio Enciclopedia

Con la restauración de la iglesia y convento de San Francisco de Asís acometida hace 32 años, el conjunto arquitectónico se resituó como obra excepcional de la arquitectura colonial cubana. Valorada y muy visitada desde entonces, ha prolongado sus lazos con la ciudad desde el ámbito cultural y patrimonial.  

Con la intervención de 1994, uno de los primeros elementos restituidos fue la Fuente de los Leones, recolocada en la plaza de San Francisco luego de que durante décadas permaneciera en el Parque de la Fraternidad, frente al Palacio Aldama. Ya sin riesgo de que el trasiego de vehículos y mercancías la dañara, recuperó el emplazamiento original recordando los tiempos en que servía de aguada a las embarcaciones, en el punto más neurálgico del puerto.

La intensa actividad portuaria de este enclave repercutió en el destino del inmueble religioso que, aunque nombró la plaza y el muelle colindante, perdió sus funciones originales en 1841. Desde 1843 se utilizó como espacio de almacenamiento, e incluso, para el alojamiento de funcionarios subalternos de la Aduana, viudas e hijos de empleados pobres. En 1856, concentró todas las dependencias del Archivo General de la Administración y poco después fue ocupado enteramente por oficinas de la Aduana.

En este proceso se construyeron desde el inmueble pasos superiores sobre las calles aledañas. Asimismo, después de que el huracán de 1846 destrozara el ábside de la iglesia, al fondo de ella y de los claustros se levantó un nuevo almacén de la Aduana. Era un edificio neoclásico, demolido en la década de 1950. Durante la restauración no se pretendió restituir ninguna de estas estructuras anteriores, ya que al menos el ábside incluido en el diseño original del templo barroco, interrumpiría la Avenida del Puerto.

No obstante, quedaba el corte inclinado de las naves. Según el arquitecto Daniel Taboada, al frente del proyecto restaurador, "para evitar ese efecto de corte inclinado en un salón tan importante como este, recurrimos a una cosa que en español se llama trampantojo […] O sea, hay que hacer algo pintado que dé la ilusión de que el espacio continúa. Eso es lo que se trató de hacer aquí, y prácticamente se logró". En ello trabajaron el ingeniero Pedro Rodríguez y el arquitecto Juan Carlos Pérez Botello, quienes recrearon el final de la nave central y la curvatura del ábside, es decir, la ilusión de la sección faltante del inmueble.

Para Taboada, esta coyuntura presentaba dos opciones: "o se ocultaba el derrumbe y la demolición con la pared lisa o se ejecutaba esta pintura. Yo opté por hacer la pintura porque lo otro era demasiada ruptura con el pasado del edificio". En este sentido vale destacar su respeto por la obra original, por ser fiel a la memoria histórica y cuidar que los elementos incorporados potenciaran el valor del espacio sin falsearlo. El trampantojo resolvió visualmente la cabecera amputada siglo y medio atrás, manteniendo la armonía estética del interior de la sala, y al mismo tiempo dejó la huella del corte, trasfondo del anexo de la Aduana.

Esta misma política, donde lo nuevo completa sin confundirse con lo original, fue aplicada por el arquitecto a detalles como los vitrales y la baranda del coro, donde puso marca de la obra restauradora certificando su edad.

En el caso de la escalera que conduce a la parte superior de la torre, cambió incluso su proyecto al encontrar evidencias arqueológicas luego de desmontar el tanque de hierro colocado allí cuando el edificio fue sede de la Dirección General de Comunicaciones, del Centro Telegráfico de La Habana y del Centro Telefónico Oficial, entre 1916 y 1957. Sobre ello aclara en entrevista con Roberto Santana: "Yo tenía un proyecto para la escalera de la torre de ramas simétricas, de descansos simétricos, de acuerdo con la altura de la fachada, pero cuando quitamos el tanque se descubrió la huella, el trazado original de la escalera de la época colonial. Entonces decidí olvidarme de mi proyecto y hacer la escalera actual, que es un poco incómoda, pero es similar, en su inclinación y altura de los pasos, a la escalera de la época colonial".

Es lamentable que la falta de mantenimiento posterior haya dejado inutilizada esta escalera a la visita pública. Su ascenso permitía ver la torre de cerca y disfrutar de una de las más espectaculares vistas de la bahía y la ciudad, sabiéndose además al interior de la torre más alta de la arquitectura colonial habanera.

El patrimonio mueble que acompaña hoy al edificio, como parte de la colección del Museo de Arte Sacro, contribuye sobremanera a conocer la historia del lugar, sobre todo en su primera etapa como institución religiosa. La primera referencia es la escultura del fraile misionero Junípero Serra, ubicada en el exterior de la iglesia. Dentro, un amplio catálogo de objetos hallados en las excavaciones arqueológicas realizadas en el sitio, exponen distintos aspectos de la vida doméstica de la comunidad religiosa que allí residió.

Asimismo, el museo exhibe un interesante conjunto de muebles que pertenecieron a distintas instituciones religiosas de la capital, y objetos de orfebrería empleados en la liturgia. Facilita además una mirada a la pintura religiosa de la época, incluyendo autores cubanos como José Nicolás de la Escalera (San José y el niño) y Vicente Escobar (Santa Gertrudis y Cristo Redentor); y varias tallas de madera policromada del siglo XVIII.

Probablemente la más recordada es la del Santo Cristo que hoy cuelga al final de la nave principal y que perteneció originalmente a la basílica. Taboada cuenta que era la figura exhibida en las procesiones de Semana Santa: "De aquí salía la famosa Procesión de la Amargura, que llegaba a la esquina de Oficios y Amargura, ahí doblaba y subía por toda esa calle que por eso se llamaba la calle de la Amargura y terminaba frente a la Iglesia del Cristo, que se consideraba el sepulcro, y el Día de la Resurrección empezaba allá la procesión y terminaba aquí de nuevo".

En su etapa actual como institución cultural y espacio patrimonial, la Iglesia de San Francisco de Asís ha ganado una nueva arista como referente. Lo es sin duda del barroco cubano, de la relevancia de la orden franciscana en Cuba y en el contexto latinoamericano. Lo fue también de la intensa actividad comercial del puerto habanero, y desde su restauración figura como caso relevante para el estudio de los principios y métodos de conservación del patrimonio edificado, como intervención sustentada en el conocimiento histórico, el análisis material y el respeto por la autenticidad de la obra.

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