Esta mañana, 13 de octubre, falleció en La Habana el arquitecto Daniel Taboada Espiniella. Con su muerte el patrimonio arquitectónico cubano pierde uno de los hombres que más contribuyó a su rescate. Testigo de ello es el catálogo de su obra restauradora, donde se incluyen íconos de la arquitectura habanera como el Castillo de la Real Fuerza, el Convento de Santa Clara, la Basílica de San Francisco de Asís, la Casa de la Obrapía, el Palacio Aldama, la Casa del Conde de Barreto y el Banco Nacional de Cuba, entre otros. Fuera de la capital inmuebles relevantes como el Teatro Sauto, el Palacio Junco y el Fuerte El Morrillo, en Matanzas, extienden el impacto de una vida dedicada a poner en valor nuestra herencia constructiva.
"Cuando uno llega a pensar que la ciudad es su casa, entonces la ciudad puede vivir, puede vivir mucho más tiempo", comentó Taboada en una entrevista al documentalista Roberto Santana. Una convicción que marca su trayectoria y transmite el gran sentido de pertenencia que asumió con su profesión.
A pesar de la larga experiencia, consideraba que la restauración no se agota en el dominio de las técnicas constructivas: requiere investigación histórica, conocimiento de los materiales, capacidad crítica y, sobre todo, una conciencia clara de la responsabilidad que implica intervenir un bien heredado como testimonio irreemplazable de la experiencia colectiva.
Nacido en La Habana, el 8 de junio de 1931, Daniel Taboada estudió Arquitectura en la Universidad de La Habana entre 1949 y 1955, cuando se graduó con una tesis dirigida por el arquitecto Alberto Prieto. Académicamente, se formó en un momento en que confluyeron varias de las figuras más prominentes de la arquitectura cubana moderna. Fue discípulo de Antonio Quintana, con quien estudió las recién inauguradas obras del Retiro Odontológico y el Retiro Médico. Joaquín Weiss, autor de los textos referenciales de historia de la arquitectura cubana, le proveyó una sólida base teórica que le permitiría desarrollar con éxito su labor como restaurador.
Ambas enseñanzas se observan integradas a sus dos etapas fundamentales de trabajo. Primero, como arquitecto moderno en el estudio de Moenck y Quintana, donde se incorporó recién graduado y del que llegó a ser arquitecto asociado. Entonces participó en algunas obras significativas del movimiento moderno cubano, como las Cabañas del Sol y el Club Náutico de Varadero, y la ampliación del hotel Kawama. También trabajó en el proyecto del edificio concebido para el Banco Nacional de Cuba que, tras la Revolución, se inauguró como Hospital Hermanos Ameijeiras.
Disuelto el estudio Moenck y Quintana en 1964, comenzó a trabajar en la recién creada Comisión Nacional de Monumentos, en la que permaneció el resto de su carrera. Entonces inició su labor como arquitecto restaurador, como le gustaba identificarse. Las obras realizadas a partir de la década de 1980, las hizo como miembro del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM) y más delante de la Oficina del Historiador.
Su trabajo como investigador y consultor y las numerosas publicaciones que realizó ampliaron la proyección de sus conocimientos más allá de las obras en las que participó. También desarrolló un amplio trabajo como formador, insertando nociones especializadas en Patrimonio en la Facultad de Arquitectura del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (CUJAE), donde ejerció como profesor titular adjunto; y en el máster en Conservación y Rehabilitación del Patrimonio Construido del CENCREM, pionero en Cuba en este ámbito.
Una de sus contribuciones más significativas a largo plazo fue su papel al frente de la Cátedra de Arquitectura Vernácula de la Oficina del Historiador. Fundada en 2003, esta cátedra ha contribuido a consolidar ese campo de estudio, promover investigaciones y encuentros, y extender el interés por un patrimonio cuya importancia no siempre ha recibido la atención que merece. Daniel Taboada fue, sin duda, su gran referente: una figura capaz de reunir experiencia, autoridad intelectual y compromiso con la transmisión del conocimiento.
Su labor trasciende porque más allá de la información técnica se empeñó siempre en formar una manera de mirar, de investigar antes de decidir y entender que el arquitecto no es el dueño de la obra sobre la que actúa. Es, en todo caso, responsable de su conservación y de su entrega a las generaciones futuras.
Muchas de sus obras fueron premiadas reconociendo de manera independiente la restauración acometida. Personalmente, otros reconocimientos dieron cuenta de la consideración que mereció de conjunto su trabajo. Entre los más recientes están: Premio Nacional de Arquitectura (1998); Primer Premio Arquitecto en Actividad Pública de la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos (FPAA) (1999); Hijo Distinguido de La Habana Vieja (2000); Premio Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio (CICOP) (2005), España; Premio Nacional de Patrimonio Cultural por la Obra de la Vida (2015) y Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante (UA) (2022), España.
La muerte de Daniel Taboada deja un vacío difícil de llenar. Pero su legado se extiende a toda Cuba y alcanza a los profesionales que encontraron en él una referencia para comprender la conservación como una disciplina de conocimiento, rigor y compromiso público.