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Arqueología

La memoria material que existe a los pies de La Habana

Se trata de una de las fuentes documentales más sólidas para reconstruir nociones en torno a la vida doméstica, el comercio, la dieta, la indumentaria y otros aspectos de la Cuba del pasado.

Madrid
Una damajuana encontrada en la excavación de O'Reilly 312, en La Habana Vieja.
Una damajuana encontrada en la excavación de O'Reilly 312, en La Habana Vieja. Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador/Facebook

Bajo nuestras ciudades reposan numerosos vestigios de épocas pasadas. Un universo objetual cuya dimensión es solo imaginada con precisión por los arqueólogos, y que, sin duda, constituye una de las fuentes documentales más sólidas para reconstruir nociones en torno a la vida doméstica, el comercio, la dieta, la indumentaria y otros aspectos de la sociedad pasada. Buena parte de esos objetos quedó depositada en las letrinas de las viviendas y comercios, antiguos desechos que hoy constituyen un tesoro para la historia local.

De La Habana se sabe que, por su puerto, fue una ciudad que vivió durante siglos del comercio. Esta actividad fue su principal fuente generadora de riqueza y como tal perfiló la vida social y económica, definiendo sus relaciones culturales y políticas con el resto del mundo.

En variedad y abundancia llegaron productos de todas las latitudes al poco tiempo de fundada la villa. Los registros aduanales certifican el enorme trasiego de enseres y víveres que surtieron las flotas y a la población local. Estos productos importados convivieron con la industria doméstica para abastecer de lo necesario. En ese sentido, los vestigios arqueológicos hallados bajo la ciudad moderna, complementan sobremanera la información sobre lo que se consumía y utilizaba en la capital.

Dando una mirada a los enseres utilizados en la cocina cubana, podrá observarse su vastedad, como ejemplo de otros grupos de objetos que hoy forman parte de los museos arqueológicos de la ciudad.

Entre los distintos tipos de vasijas encontrados, están los de "tradición aborigen". Es decir, ollas, cuencos, potes y burenes confeccionados por descendientes de aborígenes cubanos que, al menos hasta el siglo XVIII, fabricaron y comercializaron estos objetos en la capital. En 34 sitios arqueológicos excavados en La Habana Vieja se han encontrado evidencia de este tipo de cerámica, demostrando su uso extendido y popularidad.

Se sabe que el principal centro productivo fue Guanabacoa, pues incluso la arcilla era extraída de yacimientos cercanos. Era una cerámica sencilla, sin ornamentación, con apenas pequeñas incisiones en el borde de ollas y cuencos que, en ocasiones, ofrecían un detalle. Este menaje no incorporó nada del imaginario aborigen, pero sí utilizó el método del acordelado, enrolletado o coiling —a pesar del uso extendido del torno—. La técnica consistía en modelar la vasija a partir de rollos o cordeles de barro. Aún húmedos se alisaban antes de hornear.

En ellos se han encontrado restos orgánicos, pero, sobre todo, su recurrente ennegrecimiento exterior constata su uso en la cocción de alimentos. Una de las piezas más llamativas, es un burén con decoración incisa hallado en O'Reilly 312. Es el primero con esa característica en documentarse en La Habana. También destaca por su localización en la letrina de un inmueble que, desde 1913, se conoció como tienda "La Catalana", pero cuyo registro más antiguo data del siglo XVIII como vivienda. Lo cual certifica, al menos en esa fecha, la fabricación y consumo de casabe.

Para almacenar y comercializar bebidas como el vino, un producto de importación muy solicitado en Cuba, se utilizaron pipas, barriles, botijas, botellas, canecas, damajuanas o garrafones. Estos recipientes formaron un catálogo muy diverso de objetos hechos en cerámica y vidrio, útiles para la transportación, almacenamiento y consumo, y por tanto habituales en almacenes, comercios, bodegas y viviendas.

En la propia excavación de O'Reilly 312, realizada entre 2019 y 2023, se encontraron varios en excelente estado de conservación. Algunas botellas de vidrio conservaban incluso la etiqueta de papel, por lo que se sabe contenían cervezas de las marcas Bass y McEwans Pale India Ale, de Glasgow. Igualmente se halló con su etiqueta un frasco de medicina de la droguería San Juan, de José Marqués, situada en San Ignacio 29.  

Según los arqueólogos Arlene Cordero y Roger Arrazcaeta, en este conjunto destacaba "una damajuana, botellón o bombona de color verde olivo iridiscente, elaborada mediante el soplado libre en un molde; presenta labio aplicado y paredes gruesas, con mayor grosor en la base. Este tipo de recipiente solía utilizarse para vino, ginebra, ron, aguardiente o agua, entre otros líquidos. Relacionada con ella se halló el fondo de una cobertura de fibra vegetal, posiblemente de mimbre, pues era común cubrirlas con un forro de este material para su mejor manejo y protección".

Entre los productos europeos importados, la cerámica ha sido la evidencia arqueológica más abundante. Abarca todo el ajuar de la vajilla, y recipientes empleados en cosmética, farmacia, adornos y juguetes. La procedencia es muy diversa, así como la factura y técnicas decorativas. Los hallazgos arqueológicos confieren a nuestros fondos museográficos un catálogo bastante completo y universal.

Ejemplos interesantes son los platos de mayólica italiana florentina descubiertos en la excavación arqueológica de la antigua ferretería Isasi (Mercaderes 162). En 2006, allí se encontró por primera vez el Caribe, una de tipo Montepelupo azul sobre blanco (1500-1550), también un plato muy hermoso de tipo Montepelupo policromado.

Otro ejemplo singular es el de la faïence révolutionnaire (fayenza revolucionaria) hallada en el aljibe-letrina de Teniente Rey 159; y también en el castillo de San Severino, en Matanzas. Este tipo de obra fue producida en Francia entre 1789 y 1794, y emplea el árbol como símbolo de liberación. Según describen los arqueólogos Ivalú Rodríguez y Antonio Quevedo, el plato de Teniente Rey 159 "fue hallado, fragmentado y posteriormente restaurado", es de "fayenza francesa de pasta compacta, de color crema a salmón, con esmalte blanco azulado craquelado. La pieza presenta como decoración central un pequeño árbol muy esquemático —probablemente un olmo— en tonos verde, azul y ocre. En el marli, cerca del borde, cenefa sencilla formada por una línea dentada y otra de finos trazos en azul, verde y ocre".

En general, la cultura material que pervive bajo nuestros pies revela una ciudad conectada, diversa y marcada por el comercio. Cada excavación arqueológica recupera objetos que permiten reconstruir prácticas de consumo, hábitos domésticos, circuitos comerciales y vínculos con sociedades naturales y extranjeras. En ese proceso, el contexto arqueológico resulta fundamental, porque su asociación con la pieza la transforma en una fuente histórica fiable. Así, donde en otro tiempo los objetos perdían su utilidad, la arqueología encuentra pistas necesarias para devolverles significado, y La Habana recupera fragmentos de su memoria.

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3 comentarios

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Deja que el cangrejo y su canalla se entere del valor monetario se la llevan para Panama al Seguro.

Si no se apuran no van a poder reconstruir nada;ese sistema es como las termitas...!

Gracias. Probablemente todas las villas originales escondan tesoros arqueológicos de gran valor, no solo San Cristóbal de La Habana.