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Patrimonio

Personajes populares en la memoria viva de la ciudad

'Hoy en día, la valoración del patrimonio urbano se concibe bajo una perspectiva que integra la dimensión que insufla vida a las ciudades. Ahí entran los personajes populares.'

Madrid
Músicos callejeros.
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Hoy en día, la valoración del patrimonio urbano se concibe bajo una perspectiva holística que integra la dimensión intangible que insufla vida a las ciudades. Superada la visión monumentalista que primó hasta bien entrado el siglo XX, lo material e inmaterial contrapuntean en una apreciación integral que entiende la enorme riqueza del entorno urbano por sus características físicas y también como espacio de socialización. En ese ecosistema, los llamados tipos populares son elementos fuertemente vinculados al paisaje, le identifican.

¿Cuántas memorias no guardamos de personajes pintorescos, oficios y modos de vida que marcaron acentos singulares en nuestro espacio de vida y en aquellos sitios que hemos visitado? Esos individuos, lejos de representar anécdotas marginales, actúan como portadores vivos de una memoria, que dota de singularidad y calor el espacio público.

Emilio Roig dedicó un volumen completo de su colección facticia a registrar lo que la prensa reproducía sobre aquellos tipos populares que durante la República aún pervivían. De este modo, recogió el trasegar por las calles cubanas de vendedores de billetes de lotería, aguadores, lecheros, yerberos, vendedores de baratijas, amoladores de chuchillos y tijeras, limpiabotas, etc. Todos personajes que han quedado impregnados en la memoria colectiva, pero que también existen en los recuerdos personales de quien estableció rutinas y costumbres en torno al consumo de sus servicios.

Aunque algunos han desaparecido del entorno cubano, todavía hay quien recuerda la visita diaria del lechero, el característico llamado del amolador y el socorro de la farmacopea tradicional que proveía el yerbero. Otros han mudado su proceder, pero en esencia, mantienen latente ciertos modos de vivir que, como decía Federico Villoch, no siempre dan de vivir. En ese sentido, es importante reconocer que algunos procederes son prácticas de sobrevivencia vinculadas a condiciones de extrema pobreza.

En 1940, un artículo del Diario de la Marina describía al trapero, el cual identificaba generalmente con un inmigrante chino que buscaba trapos viejos entre la basura y en las casas, para vender a las fábricas de papel de Puentes Grandes. En las últimas décadas esta figura pudiera asociarse a los recolectores de materias primas, quienes recorren kilómetros para buscar en la basura, restaurantes y cafeterías, latas, cartones, botellas, etc. que luego venden a la Empresa de Recuperación de Materias Primas del Estado.

Un artículo de Avance fechado en 1939 describe con cierto hastío a los "cuidadores de máquinas", hoy parqueadores, cuyo servicio siempre ha tenido más de improvisado que de regulado. Además de que, al final del día y después de varias diligencias le cuesta al conductor "más caro el capítulo de los cuidadores que el de la gasolina, aunque la use roja y especial".

Las vivencias descritas por el periodista en esa fecha se trasladan con total actualización a 2026, desde el pánico de dónde situar el vehículo, hasta lo que representa al bolsillo por un servicio relativamente útil y no elegido, pues según aseveraba "salvo honrosas excepciones, lo único que cuidan es que usted no se vaya sin abrir el portamonedas, porque algunos hasta le arañan el guardafangos para entretenerse en algo".

Por supuesto, tienen mención especial los vendedores ambulantes, los de escobas y otros enseres, hoy diríamos "de La Cuevita" por el sitio de donde se proveen; así como los dulceros y tamaleros. Siempre ha sorprendido las grandes áreas que abarcan en su incansable trasiego y, por supuesto, la manera de anunciarse. Desde hace siglos el pregón ha formado parte del patrimonio sonoro de la ciudad cubana, y como tal ha quedado reflejado en la literatura, la música y el cine.

El arquitecto Mario Coyula recuperaba en una memoria de juventud la figura habitual de estos tipos populares, integrados por derecho a la memoria colectiva: "Por la Calle 13 pasaba un dulcero ambulante llevando al hombro un tablero plegable y una gran caja con dos tapas de vaivén. Lo llamaban Mevoy por su pregón alarmista que movilizaba a los niños temiendo que en realidad se fuera. Después supe por Miguel Barnet y Enrique Pineda que cubría todo El Vedado. No sé dónde reaprovisionaba su caja, que parecía inagotable. El andar inquieto de Mevoy contrastaba con el sedentarismo del barrigón tamalero estacionado en la esquina de 23 y 12. Su icónico '¡Pican!' engañaba al oído y parecía brotar de cualquier parte menos de aquella humanidad estática y distante".

Estos vendedores han sido tan queridos como cuestionados por su socorro del hambre y el capricho, y por la duda sobre lo saludable de la consumición. Decía un artículo de prensa no fechado por Roig que "los más comunes son menos escrupulosos […] se observa que el merengue en plato, por ejemplo, después de un recorrido, tiene tanto merengue como de cemento a fuerza de recoger polvo; resultando un manjar de azúcar, clara de huevo y mampostería: algo así como la obra colectiva de un repostero y un albañil". A lo que añadía: "El cuidado más grande de todo dulcero es que en los dulces no meta más que él los dedos; pero no sabemos que nadie cuide de que los dulceros los tengan más limpios que el comprador".

Un oficio controversial pero que ineludiblemente permanece, ha sido el de los "trovadores". De ellos se ha apuntado la imposición de un servicio no siempre deseado ni disfrutado por el cliente, pero que parece incuestionable para una isla musical. Sino obsérvese la vigencia de esta nota publicada en Avance, en 1939: "Deberían ponerse de acuerdo los dueños de todos los kioskos de 'la frita' para confinar a sus mayores enemigos en un territorio lejano, porque a cualquiera se le indigesta un 'perro caliente' oyendo a los herederos directos de Carlos Gardel".

El alcance de estos oficios está en su presencia constante y permanencia como parte integrante del entorno urbano, y también por su capacidad organizativa y manera de hacer. Según reseñó R. Pertierra en 1938, "en Cuba hubo un tiempo en que el limpiar botas llegó a ser una institución, criolla por el modo como era practicada". Este grupo llegó incluso a formar sindicato, traspasando las fronteras del oficio marginal, para reconocerse como colectivo y proteger sus derechos y condiciones laborales. 

Sobre una de sus reuniones sindicales en un pueblo del interior de Cuba relató Pertierra: "En el portal de una casa tomaron asiento los componentes de la asamblea, formando un círculo alrededor del 'Sr. Presidente' que ocupaba el quicio de una puerta; gracioso efecto el que producían los 'delegados' sentados sobre sus 'cajoncitos' y más aún la gravedad con que eran escuchados los oradores, que con un vocabulario saturado de 'haigas' y 'antonces' enfocaban con seriedad los puntos básicos de 'la justisia sociá' y en cuya reunión se tomó el acuerdo de implantar el precio mínimo de cinco centavos, acuerdo que fracasó al ser aplicado cuando el capital fue al retraimiento".

Muchos otros tipos populares pudieran reseñarse vinculados al paisaje cubano, el cual merecería una aproximación diferenciada por regiones, pues cada espacio ha tenido los propios y personajes singulares. En todo caso, no solo deben ser vistos como figuras pintorescas de la calle, sino como componentes fundamentales del patrimonio cultural inmaterial integrado al entorno urbano. Ellos actúan como soportes vivos de la memoria colectiva, de la identidad local y la cotidianidad. De ahí la importancia de diseñar políticas de salvaguardia inclusivas, de apoyo social y laboral, evitando su folclorización o mercantilización orientada al turismo.
 

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