La vivienda social fue una deuda no saldada en la Cuba prerrevolucionaria que, después de 1959, se asumió como proyecto político durante tres décadas. Entonces, la construcción masiva de viviendas no resolvió el agudo déficit habitacional y legó, en su mayoría, inmuebles de baja cualificación técnica, artística y ambiental. Desafortunadamente, la errada concepción de la directiva —que privilegió cantidad sobre calidad— unida a la carencia de recursos y mano de obra capacitada, desarrolló una arquitectura pobre para pobres. Cierto es que a algunos les proveyó de un espacio doméstico básico necesario, pero no contribuyó a su enriquecimiento espiritual, ni fue capaz de incidir positivamente en el entorno urbano.
No obstante, algunos ejemplos se salvan y trascienden como referentes de una proyección arquitectónica mejor considerada que conjugó arte, bienestar social y ahorro de recursos, para estructurar un conjunto arquitectónico económico pero eficiente. Cuando se pudo reunir talento profesional, creatividad y compromiso social, se diseñaron inmuebles que funcionaban como viviendas con todas sus capacidades y confort, y al mismo tiempo facilitaban espacios de interacción social y aliento comunitario, entornos de vida que también exaltaban la belleza funcional de la arquitectura y del paisaje circundante.
Un ejemplo distintivo es el conjunto habitacional de Tallapiedra que el arquitecto Fernando Salinas construyó entre 1961 y 1962, en el barrio de Jesús María. Este proyecto tuvo la doble dificultad de insertarse en un espacio urbano consolidado y de alto valor patrimonial. Su distribución fue durante mucho tiempo criticada porque rompió con la manzana tradicional. Sin embargo, actualmente una nueva mirada de los especialistas le ha perdonado la transgresión, al detectar en su diseño valores e intenciones que apuntan hacia la exaltación de la belleza y la calidad ambiental del espacio habitado.
Situado en la supermanzana creada entre las calles Águila, Revillagigedo, Puerta Cerrada y Avenida del Puerto, formó parte de las primeras acciones que en la capital sustituyeron antiguas cuarterías y viviendas insalubres por edificios modernos. Tras demoler las antiguas viviendas y consolidar las pequeñas manzanas en una sola, el nuevo conjunto de viviendas sociales se articuló en seis edificios de cuatro niveles cada uno. Agrupados en pares, formaron tres grupos comunicados entre sí por jardines exteriores.
Aunque el conjunto de Tallapiedra no representa una arquitectura de alto estándar, es reconocido por la calidad del espacio público y privado que generó y las visuales que favorece gracias a la distribución espacial y concepción curva de los inmuebles, donde Mario Coyula reconoció los rasgos petaloides recurrentes en otros diseños de Salinas. Esto cualifica sobremanera el espacio de vida, sobre el que el arquitecto del complejo de Tallapiedra teorizaba en 1991: "El ambiente puede ser, o el desolador entorno de la pobreza, o la aburridora mediocridad que tantas veces recorremos, la cultura que habitamos o el arte en que pudiéramos vivir todos cada día de nuestra existencia. Existe una directa relación entre la salud física y mental y la calidad generalizada de los ambientes de vida".
Cuando Salinas propuso una supermanzana en La Habana Vieja, lo hizo siguiendo las corrientes de su época, signadas por la ruptura con lo vernáculo, cosa que evidentemente hoy no se aceptaría. A pesar de ello, no reprodujo la serialización de bloques típica del momento, sino que acudió a un diseño más orgánico del inmueble y su entorno, enlazados por una gran fluidez de los espacios.
Esta es la primera lección de diseño ambiental que hace notable el conjunto de Tallapiedra. Al decir del arquitecto Julio César Pérez Velázquez, la cualidad paisajística de esta obra se "manifiesta en la secuencia de perspectivas semiabiertas y cerradas, concavidades y convexidades, entrantes y salientes, el carácter articulado de los planos horizontales y una fuerte presencia de curvas y líneas que en determinados puntos se convierten en rasgos vegetales. Esta cualidad no solo se aprecia en las áreas exteriores, sino en las relaciones visuales desde los interiores hacia el resto de la ciudad y la bahía. En ello influye la disposición de locales como la sala-comedor y los balcones, que dan tanto hacia los patios interiores como hacia el paisaje circundante". De este modo, apunta que el arquitecto superó el esquema generalizado de edificios de apartamentos, definido por una fachada principal y otra secundaria, lo que puede generar "áreas libres subutilizadas".
El propio Salinas reafirmaría su intención de evitar en Tallapiedra la arquitectura serializada y anodina que caracterizó posteriormente la vivienda social en Cuba, al decir que: "Siempre estuve en contra del anonimato vigente en los conjuntos habitacionales de nuestro país, donde los edificios se denominan por el sistema constructivo, su altura o sus siglas: doce plantas, gran panel, E.14, IMS, moldes deslizantes, LH, que pueden ser las siglas de un plano en un archivo, pero no capaces de identificar el espacio cotidiano de vida de la gente. Se trata de un falso tecnicismo que revela en el fondo una actitud superficial y burocrática de los funcionarios estatales".
Con su proyecto de Jesús María, puso en valor el diseño arquitectónico personalizado y también el espacio público, generando zonas de parque al interior de los tres grupos de apartamentos. Buscaba con ello dotar de identidad al conjunto arquitectónico y a su vez favorecer la marca de una comunidad vecinal. Todo ello en un entorno entonces considerado el slum de la capital.
La segunda lección importante que transmite, aun tratándose de un proyecto de vivienda social, es el valor de los detalles que dan unidad formal a la obra. La línea curva que define los edificios y el juego entre el espacio abierto y cerrado de los tres bloques, se expresa también al interior de las cajas de escaleras. Concebidas a cielo abierto, fluyen en una curva continua de gran plasticidad y dinamismo. Asimismo, apunta el diseño de los senderos que conectan los edificios a través de los jardines, y que se van transfigurando en escaleras, para luego ser bancos y además los bordes de las jardineras. Estas mismas formas suaves, orgánicas, vegetales, definen los jardines, las fuentes, las decoraciones del pavimento y algunas ventanas.
Una segunda etapa del proyecto incluía la construcción mimética de 528 viviendas más, para lo cual debían demolerse 11 manzanas inmediatas. Por fortuna esta segunda fase no llegó a realizarse. En primer lugar, por la gran pérdida que hubiera supuesto para el patrimonio local y, en segundo, porque la repetición indiscriminada del proyecto hubiera vulgarizado la originalidad de su diseño.
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Todo lo que se construyó desde 1959 en adelante es de mala calidad, reñido con su ambiente, y lo peor de todo, el mantenimiento brilla por su ausencia. Creo que al régimen no le salió nada bien, salvo hacerse millonarios sobre la base del hambre y la represión del Pueblo.