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Estoy en Cuba

'Míralo por mí, Jorge, no puedo asomarme tanto a ese ataúd'

Ya nadie pregunta aquí por los días de la semana, sino por qué producto ha subido de precio: el periodista Jorge Enrique Rodríguez escribe su bitácora desde La Habana.

La Habana
Una hoja de ventana como pieza decorativa.
Una hoja de ventana como pieza decorativa. Diario de Cuba

Lunes 2 de noviembre de 2026

Rusia no es lo mismo que la Unión Soviética, rectifico a los policías ocupados en decomisar las fosforeras, justamente cuando iba a comprar cuatro.

En sus clásicas poses de sheriff del condado, intentan convencerme que el decomiso es por nuestro bien, en tanto los precios de las fosforeras se elevaron hacia otra galaxia por culpa de "los especuladores y acaparadores". En tono de "deja ver cómo te explico alumno poco aplicado", le rectifico que si las fosforeras cuestan entre 500 y 600 pesos es, simplemente, porque el régimen ni las produce, ni se interesa por importarlas y venderlas en establecimientos estatales.

Según las cábalas de la historia, es probable que la dictadura en la Isla se evapore dentro de unos tres años, cuando arribe a los 70. Más o menos los años que duró la dictadura soviética. Pero la policía insular, es sabido, lleva menos luces que la ciudad cuando se cae el SEN.

Olvidando la circunstancia, uno de los sheriff del condado saca una cajetilla de cigarros, y pide fuego entre la media docena de presentes. Le indico que encienda con una de las mismas fosforeras que intenta decomisar. Su compañero de apagón mental le indica que no, con un disimulado gesto de cabeza.

"Continúe con su venta, pero intente bajar un poco los precios", zanja la situación quien parece ser el sheriff de mayor rango.

Sin dejarme terminar, D. me dice que tengo sangre para los policías.

"Y para los locos, no te olvides de eso".

Martes 3 de noviembre de 2026

Es un país abandonado, a dos pasos de la total desolación.

Su nombre es Dylan, vive en el sur de Estados Unidos, y me lo encomienda un gran amigo para que lo acompañe en un recorrido por La Habana profunda. No quiere hospedarse en hoteles, ni comer en restaurantes estatales, ni subirse en el bus de dos pisos desde el que se contempla la ciudad por encima del hombro.

Todo lo malo se ha conjugado en esta isla: una dictadura comunista gobernada por militares, un ascenso alarmante del envejecimiento poblacional, una migración masiva, un machismo y un racismo tan estructurales que una contemplación simple no lograría percibir. Sobre la pobreza solamente habría que contabilizar la cantidad de personas hurgando en la basura, y los niños apostados en los semáforos vendiendo bagatelas.

Ninguno de los materiales sobre la Isla, realizados por youtubers, lo ha convencido.

A lo sumo pintorescos. Con mirada de reojo. Siempre con ese sabor que delata la ignorancia sobre el hecho de que no vas a documentar un país, sino una plantación o hacienda administrada por los últimos hijos del marxismo-leninismo.

Desde la acera de Coppelia, Dylan observa el hotel Torre K. No todos los días, en el mundo occidental, se construye un hotel fantasma con el presupuesto de una termoeléctrica. Como los militares y los comunistas no son tontos, solo queda la opción de una operación de lavado de dinero.

Mientras cocina, única condición impuesta por Dylan para ser mi amigo, me revela que también está informado sobre la suerte que correría cualquier cubano que hable en voz alta de las mismas cosas contempladas por él.

Tampoco olvida el único pago aceptado por su estancia, la última novela de William Faulkner.

Miércoles 4 de noviembre de 2026

Sentado en el rellano de un edificio sostenido por la divina providencia, el anciano rompe en menudos pedazos, y con rabia, billetes de diez y veinte pesos. Casi la mitad de su jubilación.

En la Isla ya no existen los días normales. Ni los aburridos. Nadie pregunta por el día de la semana, sino por qué producto ha subido de precio. A la coreografía de la comparsa insular se añade un nuevo pasillo: los negocios no estatales dejan de aceptar billetes de cinco, diez y veinte.

El apartheid económico se ensaña con aquellos que sostuvieron la épica imaginada por una cuadrilla de barbudos que jamás ejercieron otro oficio que no fuese aquel de "revolucionarios profesionales". Las consecuencias recalan sobre todos esos ancianos que, desde las dos o tres de la madrugada, organizan colas frente a bancos y cajeros automáticos. 

D. intenta atajarme, pero no a tiempo para interrumpir la discusión con el anciano. Avergonzado, no acepta que le reponga un solo peso. Le hago saber de mi solución implacable: no me moveré de ese rellano hasta que el edificio se derrumbe sobre mí.

Tampoco le diré mi nombre. Me aseguro de que jamás haya visto tanta tozudez en un prieto. Las carcajadas de ambos se esfuman cuando media docena de muchachones, que también hacían la cola para las pizzas, pasan y le dejan al anciano 200 o 300 pesos cada uno. En billetes de 50 o de 100.

Dile tozudos a ellos también.

D. viene con tres pizzas y sus respectivos refrescos. Los ojos del anciano, llenos de lágrimas, son un dolor que no se alivia.       

Jueves 5 de noviembre de 2026

¿En qué parte de la Isla se alberga el decoro?

El cansancio y la paciencia pidieron asilo político en los márgenes del oprobio. Patria y orgullo, huérfanos de toda querencia, lloran ante los precios de la sobrevida, del mismo modo que llora el niño pegado a la vidriera de la tienda que exhibe golosinas.

Las opiniones se dividen, irreconciliables, con el llanto del niño de fondo: hambre o malcriadez.

Sin lograr ver la ira en mis ojos, D. intenta adivinar mis intenciones, y apenas escucho su "no puedes salvarlos a todos". Esta vez se equivoca. Mi primera reacción no es consolar al niño, que al igual que la madre, evidencia que miseria y pobreza se quedan cortos para describirlo.

Si nadie va a romper esas vidrieras, o a apaciguar el hambre de ese niño, o a culpar como es debido a la dictadura, o a liarse a trompadas conmigo, entonces que se callen o sigan de largo con sus vidas. La malcriadez la tengo bajo mis pantalones.

El hombre fortachón que custodia la puerta es quien único sostiene mi mirada. La hostilidad que supuro le hace repensar su primer impulso, o quizás su ángel guardián le recuerda que tranquilidad viene de tranca.

No puede ser la rabia el timonel de mi comportamiento. Divago sobre esa encrucijada, y mi nombre en la voz de D. me devuelve el ancla. Volteo la cabeza y ya no hay nadie en el portal, solo ella con el niño en brazos y la madre que los escolta.

O esta dictadura se cae, o habrá que resucitar a los mambises en esta Isla olvidada por Dios.

Viernes 6 de noviembre de 2026

Nunca en puerto alguno hubo tanta angustia por un SMS que no llegó.

Una familia en torno a un teléfono. La misma familia, horas después, sin apenas creer que uno de sus miembros yace en capilla ardiente. Los apagones, la ciudad entera a oscura, la delincuencia, el país que ya no sirve ni es seguro. Entre pésame y pésame se escuchan esas justificaciones que no alivian la desgracia prevenida por el SMS que nunca llegó.

Escribe en cuanto llegues. Así despiden las familias a cualquier miembro que tenga que aventurarse a una gestión. Cada semana, la noticia de un cuerpo que aparece en un paraje o entre los escombros de un solar yermo, implica el rezo de otras familias para que Dios les guarde de no atravesar semejante calvario. Que el SMS "llegué sin problemas" no se tarde.

Hace diez años la familia aconsejaba a sus jóvenes con el uso del condón. Ahora no importa la promiscuidad, sino aprender a transitar una ciudad que todas las noches se transforma, literalmente, en una boca de lobo. Y no estás en una fábula. Eres parte del plan que acecha en la oscuridad, pero no lo sabes; ni tu madre que junto al beso en la frente y la bendición te recuerda el "escribe cuando llegues".

"Míralo por mí Jorge, no puedo asomarme tanto a ese ataúd", me implora el padre de Oscarito mientras mis brazos son lo único que impiden que llegue a derrumbarse.

Lo supe cuando el SMS no llegó.

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