Lunes 19 de septiembre de 2026
Ya no se escucha, como antaño, el bullicio de las escuelas.
En cualquier barriada, antes de las ocho de la mañana, el desfile de niños hacia sus respectivos colegios era un espectáculo: los que iban enojados o dando perreta, los que ya correteaban detrás de las hembras con algún que otro susto entre manos, los siempre silenciosos Testigos de Jehová, los que exhibían a pecho hinchado sus espectaculares trabajos prácticos.
Madres, padres, abuelos o tíos, siempre detrás; platicando sobre los últimos chismes del barrio, pero atentos a que sus chiquillos no se propasaran en su naturaleza jodedora. En la puerta de cada colegio esperaba algún maestro, o la directora misma, para ir apaciguando a esa manada que estaría dando guerra hasta las 4:30 de cada tarde.
Actualmente la marcha es silenciosa.
El rostro de cada madre, o padre, describe el cansancio que implica garantizar la merienda, el uniforme planchado, libros y libretas en orden. Ya no comentan chismes, sino que hablan de "la cosa" que cada día está malísima, de los precios que no descansan porque "la cosa" ya no produce cosas, de que todos los días alguien se va del país por culpa de "la cosa".
Llevar a las hijas de D. al colegio nunca me deja ileso. En cada ocasión contemplo la tristeza haciendo metástasis. El saludo breve con los ojos y apenas un mutis asomado a los labios. El hastío no da para estrechones de manos, besos o abrazos.
En ocasiones D. me recuerda mi promesa de hacerla reír siempre. Llora porque soy implacable en la contemplación de un país.
Pero siempre me besa luego.
Martes 20 de octubre de 2026
No toda sabiduría popular es sabia.
Crecí escuchando a mis mayores afirmar frases como "amigo es uno solo". O describiendo aquellas características que ese único amigo debía cumplir para ser nombrado como tal. Ni qué decir sobre la amistad entre varones y hembras. Con la voz más severa, y de manera unánime, advertían: "imposible".
La recaída del virus estomacal apenas me ha permitido cubrir la distancia de aproximadamente cuatro metros entre el baño y la mesita del ordenador. D. toca "a botasilla" y el piquete se activa, primero por WhatsApp y luego recorriendo La Habana para buscar lo necesario.
Lo que hemos hecho desde hace tres décadas.
Cuando los malestares físicos me limitan el movimiento, no suelo pensar en la proximidad de un fin ni en otras tonterías afines. Me pregunto cómo se las arreglan los ancianos solos, sin familiares, sin la solidaridad de vecinos, con un sistema de Salud Pública disfuncional y en harapos. Me pregunto si esos ancianos vivieron bajo las mismas normas de mis mayores: con un solo amigo, y que no fuese mujer.
Al menos un 80% de los cubanos no sobreviviría sin una red solidaria de familiares, amistades, vecinos. Nadie puede bregar en soledad dentro de un país donde su régimen solo conoce el lenguaje y la acción hostil contra el pueblo.
Las mujeres del piquete están próximas. Su natural alboroto las delata siempre.
Miércoles 21 de septiembre de 2026
Los chismes de farándula opacan a las eternas colas de jubilados intentando cobrar, en efectivo, sus chequeras. El bafle con "música urbana", en la plenitud de un apagón, se traga el llanto de niños hambrientos y asediados por mosquitos. La bronca entre adolescentes malcriados e impertinentes silencia el grito de auxilio del próximo feminicidio.
La yuma me guiña un ojo. Su escaneo lascivo, y el trío que desafina a Antonio Arcaño, no me distraen del posible arrebato que se teje en la esquina. Su "enséñame La Habana bonita" me activa el enojo. Le respondo que en La Habana bonita no nos dejarán entrar: es solo para militares. Declino la invitación a un mojito que no es mojito; quizás en 1998 le hubiera devuelto los besos más lindos de su vida.
Desacelero el paso. Atravesar Jesús María con apuro puede ser malinterpretado por quienes acechan, entre penumbras, a los incautos. El ecobio que me requiere con urgencia me grita desde su balcón y me lanza las llaves. El gesto es una bienvenida que afloja las miradas: soy de zona.
Su hijo, detenido por ICE en Estados Unidos desde hace seis meses, enfrenta una posible deportación. Comprende mi ética irrestricta que se niega a respaldar que su hijo pertenecía a un grupo opositor. Agradece mi consejo: describir Cuba como Víctor Hugo describió su Francia; que los jóvenes no tienen presente y, por ende, tampoco futuro; que retornar a la Isla es como ingresar al corredor de la muerte.
El abrazo sincero y su atenta mirada me acompañan hasta la avenida donde estoy a salvo de un barrio que no cree en lágrimas.
Jueves 22 de octubre de 2026
¿Cuáles derechos, papá, cuáles derechos?
La veintena de personas que esperamos abordar los triciclos eléctricos volteamos la cabeza con la misma sincronía que un equipo de nado sincronizado. El muchacho, de unos 22 años, refleja en el rostro impotencia, hastío, cansancio. El padre, de uniforme militar con tres estrellas, recio, marcial, acostumbrado a dar voces de mando. Evalúa el entorno mientras sujeta al muchacho por el brazo y le dice algo al oído.
El muchacho reacciona, sin brusquedad, pero no mide el volumen de su voz.
Hay que ser ciego, los últimos jóvenes que están presos o a la espera de ser sentenciados solo expresaron su criterio en redes sociales. Nada más. ¿Te los tengo que enumerar?
Los presentes, como si el tiempo se hubiera detenido, olvidamos nuestras propias vidas que, en ese instante, dejan de ser importantes: pasajeros, choferes, buquenques. Las miradas van del muchacho al coronel y viceversa, como si del desenlace de este conflicto dependa también el destino nacional.
El coronel percibe que el silencio no está a su favor. Opta por batirse en retirada, pactar tablas. Propone al muchacho concluir la conversación en casa. Este, firme, riposta que retroceder en su decisión no es opción: dejará los estudios y se irá a México.
Una señora, que de la emoción se ha agarrado a mi brazo, me dice bajo: nunca había visto a un comuñanga beber de su propio chocolate. Sin importar una posible represalia, le grita al muchacho: Dios te bendiga mijo.
Viernes 23 de octubre de 2026
El Partido Comunista debería instaurar un consejo de ancianos, como en las comunidades primitivas, para sustituir al unicameral Parlamento que, en definitiva, ni pinta, ni da color.
La conclusión y sugerencia dejaría sin palabras al exdelegado que, minutos antes, se ha inmiscuido en la conversación de dos ancianos. En la cola de una panadería se suelen escuchar más verdades que en cualquiera de los medios de prensa estatales.
Es una obviedad, pero hay que anotarla.
Cada ciudadano de la tercera edad, jubilado y con una chequera, es un recordatorio de que la revolución puede archivarse en la gaveta de los "fracasos históricos".
Ambos ancianos retan al exdelegado con un inventario breve: educación, salud pública, servicios, agricultura, industria. Nada queda en pie luego de casi siete décadas de un experimento que no llegó a puerto alguno. Ni siquiera el internacionalismo proletario, que a la postre no dejaría huella ninguna en las disímiles naciones donde le permitieron ese capricho y testarudez a Fidel Castro.
La transportación ciudadana está en manos del sector no estatal. Asimismo, los servicios básicos, la venta de medicinas, de alimentos, de enseres del hogar, de las divisas, y hasta los maestros repasadores. Resulta difícil, para no apuntar que imposible, mencionar cuáles bienes y servicios puede garantizar el Estado.
Ante el abrumador inventario de los ancianos, el exdelegado pregunta a los panaderos si tarda mucho la salida del lote, y emprende la retirada sin esperar la respuesta. Uno de los ancianos le grita que no se olvide de mandar saludos de su parte a sus dos hijos, radicados en Estados Unidos.
La cola estalla en carcajadas.