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Estoy en Cuba

La revolución tiene casi 70 años sin haberse explicado a sí misma

'Nunca me acostumbro, ni lo haré jamás, a que los niños tengan que mendigar': el periodista Jorge Enrique Rodríguez escribe su bitácora desde La Habana.

La Habana
Restos de un triciclo infantil.
Restos de un triciclo infantil. DIARIO DE CUBA

Lunes 12 de octubre de 2026 

Los lunes son días de señales complejas. Cada tic es inconexo con el siguiente, y entre sí mismo. Una resaca con pantalones a media asta, los apoda D.

Al igual que el hambre, cada señuelo te aborda sin que jamás alcances a otear la sensación de infinito, justo en el minuto en que florece el flamboyán y La Yaro se persigna. Tras cada floración, entre mayo y agosto, algún pecador emprende su retorno hacia el Creador.

Abandonar el alquiler, que habito desde mayo de 2018, desconfigura el sentimiento de trinchera —cierta poética de complicidad con el entorno— y nos distancia del flamboyán.

Por primera vez en ocho años, en el piquete decidimos acometer una fiesta o reunión extendida. Era, además, mi primera vez como anfitrión. En ocho años, solo mi voz enojada ha sobrepasado el volumen de mi playlist, en una barriada que jamás duerme y cualquier canción se escucha a las horas más inusuales.

El piquete es gritón. Esa es una verdad indiscutible. También estridente en las carcajadas cuando la tríada D., M., y T. alcanza la meta de la quinta cerveza y se desborda el buen humor, el choteo y la irreverencia. Supuse que asimilar un apagón dominguero de casi veinte horas consecutivas, sin música, pero en voz alta, no sería pedo que rompiera calzoncillos.

No creo en las coincidencias. Mucho menos en el azar concurrente. No importa los años que hayan transcurrido, un opositor y periodista independiente molesta, y aprende a escuchar entrelíneas.

Martes 13 de octubre de 2026

Mi silencio y enojo acompañan el recorrido que me lleva a la barriada de Miraflores.

Necesito barajar nuevas opciones de alquiler que sean, a su vez, compatibles con mi salario de reportero y con la convulsión semanal de los precios en la Isla. El triciclo va más lento que el dictado de una maestra de segundo grado, y la pareja frente a mí dialoga, precisamente, sobre el asunto que me trae inquieto.

Normalizar a quien cometió varios actos de pederastia es, indiscutiblemente, un tremendísimo error de juicio y de moralidad. Dos cualidades casi en peligro de extinción en el tejido social. Interrumpo a la pareja con una interrogante: ¿cuánta gente hemos visto hurgar entre los basureros durante nuestro trayecto?

El "uff, muchos", lo expresan casi a coro.

Nadie se interesa por ellos, ni sobre cuáles circunstancias les condujeron hacia esa condición anómala. Pero esa anomalía no puede usarse, bajo ninguna excusa, para olvidar que el excampeón de boxeo del que muchos ahora hablan cometió uno de los más deleznables delitos. Las dos oraciones intimidan al resto de los pasajeros. El conductor, mirándome por el retrovisor, me grita un "gracias varón por poner las cosas en su sitio".

En la pausa obligatoria del semáforo, cerca del destino final, el conductor exige el pago del pasaje. Menos usted varón, en mi triciclo nunca más tendrá que pagar, y cuando se baje, permítame un abrazo de los de antes.

Mi silencio y enojo no se alivian; pero quisiera multiplicar panes, peces, y a este conductor.

Miércoles 14 de octubre de 2026

Si cada mañana despiertas enojado por lo que sucede a tu alrededor, entonces eres bienvenido al lado oscuro, joven Jedi. Estás, justamente, en los umbrales de entender que los comunistas secuestraron al país. Y junto a la Isla, somos rehenes por decisión propia, aunque esta verdad te sorprenda más amargamente que el hecho de no tener un vaso de leche diario para tus hijos.

Reaccionar con rabia, justificada de una manera u otra, contra los precios del revendedor de compotas importadas, es olvidar lo esencial: que la revolución, esa entidad a la cual tributas y ante la que no alzas la voz, hace décadas abandonó a nuestros hijos, sobrinos y nietos. No solo les privó de compotas y leche, sino de cualquier otro tipo de derechos, de libertades y, por ende, de futuro.

De cualquier manera, los revendedores y el sector no estatal en su conjunto no dirigen, deciden ni diseñan nada en estos lares que, a duras penas, se les puede llamar nación, país o patria.

La discusión no pasa a mayores, ni la sangre llega al río, en los hacinados portales de la avenida Monte. Porque cuando hablas de "la política sucia", escasea la vergüenza para erguir la cabeza y sobran los temores de que aparezca "la meta".

Contendientes y testigos se dispersan y camuflan entre la infinitud de mercancías que esos portales pueden soportar.

Me quedo al pairo. Con todas las ganas de lanzarme al martirologio en un día tan impropio como un miércoles. Con tanta ira, que ni siquiera el titán Atlas habría padecido semejante peso sobre sus hombros.

D. me pregunta por el cargador de teléfono que, en principio, fui a comprar a Monte.

Jueves 15 de octubre de 2026

Entre las grandes signaturas marcadas por la revolución se ubican las desapariciones.

Nada perdura, a excepción de las mentiras gubernamentales. Todo tributa a la inconsistencia; a las ausencias sin las debidas explicaciones. De hecho, la revolución tiene casi setenta años de edad sin haberse explicado a sí misma.

Ninguna conversación cotidiana e informal, entre cubanos, podría asumirse concluida sin preguntar cuáles destinos emprendieron la toronja y la lima, el canistel y el zapote, el caimito y el anón, el rábano y el nabo, el chayote y el berro.

Las confituras más vulgares —masarreales, rollitos, piononos— que reinaban en las extintas meriendas escolares, se adentraron por los mismos trillos que cremerías, dulcerías y pizzerías de barrio. No hubo cine que lograra resistir el tamborileo del Partido Comunista marcando el compás de la revolución.

Sobre el ángulo más trágico de las desapariciones —el que ocupa a las personas—, nunca ha sido permitido su mención, ni siquiera como fría estadística, en agendas o programas del discurso oficial. Para la revolución, en la Isla las personas no desaparecen, sino que están "ausentes del hogar", sin importar cuánto tiempo haya discurrido entre tales "ausencias".

Hablamos de un archipiélago de aproximadamente 110.000 kilómetros cuadrados, donde la revolución factura, mediante sus comités de defensa, un número indeterminado de delatores o chivatos por cada cuadra.

Mi interlocutora durante este recuento de memorias, una señora de 82 años, nunca ha dejado de pedir a Yemayá, desde octubre de 1984, por el bienestar de una hija y un nieto. Ambos desaparecidos cuando iban de camino a la Habana Vieja.

Viernes 16 de octubre de 2026

Con la vejez mi apetito es insaciable. 

Me explica la psicóloga que es un caso neto de ansiedad. Aunque ningún otro malestar físico o mental concurra en este cuerpo indisciplinado. Explicación que no logro concebir. Si alguna meta he logrado en los últimos tres años es, precisamente, comprender que no todas las guerras me pertenecen.

Alguna que otra las tendrá que librar el prójimo o, en su defecto, algún que otro rey con resaca dominguera.

Una cosa es indiscutible: cualquier hora es santa de mi devoción para montar una comelata con los alimentos más dispares e incongruentes entre sí. Mi sistema digestivo vive en vilo ante semejante osadía. El asunto es que me apetecía un pan [de corteza dura] con tortilla de cebolla, sin importar los precios que ese antojo podría alcanzar en esta villa olvidada de Dios y de su vicario.

En mi niñez, con tres o cuatro pesos, te atarugabas con ese platillo, básico y sencillo, durante un mes con sus treinta días. Era más difícil conseguir una sartén, que la mitad de una granja de huevos, una hectárea de cebolla y la producción de mes y medio en la panadería del barrio.

Nunca me acostumbro, ni lo haré jamás, a que los niños tengan que mendigar. Dos niños, ocho y nueve años de edad respectivamente. La mesura me alcanzó para no liarme a cocotazos con la media docena de adultos que, ante la petición de los niños, los miraban con cara fea.

El abrazo de dos niños, y luego el pacto sellado con un apretón de manos [a la vieja usanza] es de lo que, también, la dictadura en esta Isla nos priva.              

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