Lunes 21 de septiembre de 2026
Ya sabemos la cábala que se cierne sobre los viernes.
Cuando D. cuelga con su amiga —la que vive en Micro X, Alamar— sé que no será un viernes cualquiera. Vamos al rescate, y extracción, del esposo de su amiga, quien está a punto de implicarse en una pelea contra medio edificio. D. solo me pide este tipo de favores, al igual que el resto del piquete, cuando el asunto es de vida o muerte.
En esa zona de Alamar el servicio de agua potable está disponible cada 12 días, sin importar el régimen de apagones. Al primer vestigio de agua cayendo en las cisternas, el traqueteo suele ser la envidia de los mirmidones de Aquiles ante la inexpugnable Troya.
El esposo de la amiga de D. y su larga melena hippie no clasifican para esas batallas campales —sin reglas ni cortesías— que acontecen en la zona más popular y peligrosa de Alamar. Allí es tierra de leones. Más complicado que un tiroteo en un elevador lleno de personas.
Nuestro plan es extraerlos a ambos, y sumarlos al periplo que culminaremos en el Submarino Amarillo, con la banda Bonus en directo.
Justo cuando el almendrón atraviesa el túnel que separa el este y el casco histórico de La Habana, ya con los objetivos a salvo, el SEN (Sistema Energético Nacional) vuelve a tropezar. El SEN padece de poliomielitis y sus secuelas se concentran en sus extremidades inferiores. A cada rato tropieza y se cae.
Dos horas más tarde, un flemón en el lado izquierdo de mi cara se suma a la cábala de los viernes.
Martes 22 de septiembre de 2026
Los días del agua. Sería un buen nombrete para La Habana. Junto a los triciclos eléctricos, los deambulantes, los mendigos y los hurgadores de basura, pululan las carretillas rústicas con tanques y tanquetas de todos los tamaños y colores. Cualquier cosa que sirva para acarrear agua potable.
De los precios, ni hablar: 2.000 pesos un tanque de 55 galones.
Un recurso natural convertido en negocio. Así de sencillo. Sin trámites, ni impuestos, ni consecuencias a la vista. Ya luego el canoso despotrica contra el capitalismo y los monopolios, a quienes culpa de la pobreza del mundo.
El flemón en mi lado izquierdo me impide hacer fuerza física. Así que otros 1.000 pesos por este servicio añadido. Dos salarios básicos en un chasquido de dedos. Se jodió el flan que D. planificó para regalar al estomatólogo que me extraerá el molar defectuoso. Un flan, en Cuba, lleva una planificación y acuerdo absoluto de los miembros del núcleo familiar.
Huevos, aceite, azúcar, leche […] nadie en su sano juicio arriesga semejante selección si ello no implica llenar, literalmente, el estómago. Te pueden desheredar, o pedir el divorcio, si ese proyecto no tiene los resultados esperados.
Dice D. que hacer un flan en Cuba es el equivalente a una cirugía: puro nervio.
Miércoles 23 de septiembre de 2026
La Habana es desafiante, como una navaja sin dueño. También, cuando se antoja, reverbera, pendenciera y atorrante, como un niño pesetudo. Cada cartel es un acto de amor homicida, como diría mi amigo, el poeta J.E. Leer carteles en Cuba puede presuponer incluso un delito.
"Todo está frío, con o sin apagón."
Cuesta entender si el cartel es una advertencia recurrente que desafía a la dictadura —pese a sus apagones el hielo prevalecerá—, o si es simplemente un gancho para ilusos y todo está "fresco", como cada producto insular que se respete frente a la poliomielitis del SEN.
Mi insistencia frente al cartel llama la atención de un anciano que aparenta tener más de 200 años. "Si logra hacer hielo en las actuales circunstancias, le cedo un puesto al lado de Mendeléyev", dice y sigue de largo sin más. Suerte la mía de tropezarme con todos los locos y sus vericuetos.
Comprobaría si es veraz, o pura soberbia, el aviso dibujado a crayola sobre cartón. Pero llevo el dinero justo para la caja de cigarrillos y la lata de leche condensada cuyos precios, juntos, superan el salario estatal mínimo. Nunca salgo ni con la billetera ni con el celular a gestiones cerca de casa. Minimizo el daño en caso de asaltos.
El tipo que vende yogurt en la otra acera se da por vencido y cierra su negocio suicida. Justo frente a su casa, un basurero compite contra sí mismo en las modalidades altura, longitud y densidad. Y en ese mismo basurero los hurgadores sacan pomos que luego venden a no se sabe quién. Quizá no sean los mismos pomos del yogurt, pero la vista hace fe.
Un bolero me saca de las reflexiones de uso, y recuerdo la intromisión de D. en las bitácoras. Dice que "debemos" incluir al final de cada día una canción recomendada. Que no sea ni alegre ni evasiva, dice. Mujeres.
Jueves 24 de septiembre de 2026
Un pequeño percance me dinamita la sincronización del día. No puedes imponerte reglas de vida, para luego relajar el perímetro y soliviantar sus tesituras.
El paseo de la avenida 70, al oeste de La Habana y en pleno corazón de Playa, suele ser bastante tranquilo. Los dos o tres voyeurs que corresponden a cada barriada, sentados en sus bancos bajo el frescor de las yagrumas, no representan peligro, premeditado o espontáneo.
Los dos individuos supuran a mares, eso sí, el nervio previo a la adrenalina que implica cometer un acto de mucho riesgo.
Evitar mi contacto visual y la consiguiente lectura corporal de ambos, los delata. Con la mirada en sus manos, para verificar que no portan armas a la vista, calculo cómo reducir todavía más mi enroque perdedor. O evitar la fatalidad en la derrota. Misma altura y mismo peso que los míos. Ellos, unos veintipicos de años más jóvenes, pero muy desincronizados. El horario les juega en contra. 11:00 de la mañana implica más tránsito de personas, por ende, más posibilidades de auxilio.
Luego entiendo por qué me eligen, siendo el menos vulnerable entre la señora que comercia viandas en una carretilla, la chica veintipicona que imprudentemente está absorta en un inventario de espaldas a la calle, y el señor que arregla el triciclo eléctrico con varias cajas a bordo.
Solo yo llevo el celular en la mano. Imagino que se habrán decantado por el modo arrebato y fuga, y no por el asalto con intimidación.
Pero ceden a mi paripé de sacar rápido el pañuelo del bolsillo trasero, y envolver los espejuelos como si fueran un arma. De no haber evitado el contacto visual se hubieran percatado del timo. Rompo, por primera vez en décadas, una de mis más estrictas reglas. Y estoy a segundos de pagar seriamente la indisciplina.
Viernes 25 de septiembre de 2026
"No hay moros en la costa. El enemigo decide, aún, no invadir. Cuba no es Venezuela."
Esos dos niños jugando a la guerra, con una treintena de soldaditos y otra media docena de artefactos bélicos en miniaturas, dan un vuelco a los pensamientos gritones. Esos que aturden a cualquier ser humano con ínfulas de politología, obligado a madrugar para obtener pasaporte y carnet de identidad.
Viajar en un desvencijado almendrón, a través de La Habana, es como vivir la vida dividida en sílabas. Los trozos que diariamente se desploman, no son aquellos ruidosos y trágicos en su conclusión. Hablo de los apagados. En los que ya nadie se reconoce, ni conoce, ni alza la mirada. La hostilidad de la sobrevida citadina, y en la ínsula toda, solo forja el desgano por la buenaventura.
Ya tampoco quedan colas. Solo ancianos ante las panaderías estatales y ante los bancos que ni efectivo les pueden ofrecer. Las únicas aglomeraciones, notables, acaecen ante las embajadas europeas.
He querido, a mi cuenta y riesgo, realizar una encuesta. ¿Qué espera un habanero al final del día? Con la primera respuesta, de una señora ataviada en uniforme que recordaba a las peleteras de los 80, el plan de la encuesta se esfuma: "no llegar a mi casa… seguir caminando hasta que me muera".
Gracias al altísimo, D. me espera en casa con esa sonrisa suya donde me dejo morir todas las veces.
Como dice Alina Barbara López, una “crisis civilizatoria”.
Según el autor, un flan lleva "Huevos, aceite, azúcar, leche..." ?Aceite en un flan? Pero bueno, todo en lo que escribe suena tan falso que no debe sorprender.
Usted lo que quiere son fotos del flan para su jefe. Y si no, no.
Good! (el relato, no lo que viven los cubanos)
Yo creo que en los campos de concentración que manejaba la Alemania nazi, tenían mejor calidad de vida.
Saludos don Jorge