Lunes 31 de agosto de 2026
Hoy fue día de interrogatorio con la policía política. "La G2", como todavía le llaman los cubanos que peinan canas al departamento más tenebroso del Ministerio del Interior. Son de temer y no deben ser subestimados si recordamos que no tuvieron piedad siquiera con sus propios generales.
D., como todo mi círculo de amistades y familiares, se preocupa cuando me citan a estos interrogatorios que ellos llaman "entrevistas". Generalmente lo hacen vía telefónica y sin cumplir ninguno de los requisitos que establece la ley.
El choteo, la mordacidad y mi convicción personal —de que nadie muere en su víspera— son las herramientas fundamentales que coloco ante ellos, y con las cuales también controlo los miedos que no me permito mostrarles.
De camino a la estación policial, La Habana está más sucia, maloliente, desanimada y susurrante. Es como esos antros que salen en las películas y que solo frecuentan los personajes apáticos al orden social. Es una fotografía que te hace sentir culpable de algo que ni siquiera precisas qué es, y que no quieres guardar.
En Cuba todos tenemos la sensación de cometer, o haber cometido, un delito.
Justo en el minuto de sentir esa sensación, diviso a la señora ciega que, en su clásica pose —sentada en el suelo con las piernas cruzadas—, pide limosnas en los portales de la avenida Reina. Por eso me siento incompatible con la G2 y con su poder: porque debería, entre otras infinitas cosas, dedicarse a combatir la pobreza.
Martes 1 de septiembre de 2026
Primer día de clases. No dejo de pensar en los muchachos del tecnológico. Esos que tienen que desplazarse en medios de transporte porque el colegio les queda lejos de casa. En mis tiempos, ese primer día era la emancipación. Coger una guagua para ir a clases era superior a tener novia.
Pero hablamos de una ciudad con cero transporte público. Tener hijos en el preuniversitario o en el tecnológico es un dolor de cabeza que se añade a la economía doméstica. No es cosa de juego un gasto de 500 pesos diarios, de lunes a viernes. Y eso solo en transporte, pues algo tendrán que merendar los muchachos, me recuerda la señora que vende sobrecitos de refresco instantáneo. Todos saben que esos refrescos son dañinos para el organismo, pero quién se atreve a dar ese tipo de advertencias a los familiares con niños que van al colegio.
Ya los colegios no garantizan merienda y almuerzo como antes.
Es un primer día de clases silencioso. El bullicio de mis tiempos no está. Tampoco el desfile de uniformados. La especulación de las mochilas nuevas, de los lápices "de afuera" y las gomas de borrar con olor a frutas. El reencuentro con "amiguitos del aula" y la premura de saber si coinciden en el nuevo curso.
D. me dice que me aparte del balcón. Que deje los recuerdos para luego. Tengo que acompañarla a llevar las dos niñas al colegio.
Miércoles 2 de septiembre de 2026
En La Habana los SMS tienen el protagonismo. El servicio de datos móviles es tan desesperante que nadie teme hablar abiertamente de la inminente muerte de alguien importante. Nadie está atento a la cola de la panadería. Todos están inmersos en sus celulares. El sonido de las notificaciones de mensajes es convulso. Casi una sinfonía desafinada.
Las miradas solo se alzan de las pantallas para cruzar información y preguntar a la persona cercana: "¿ya murió?".
Nadie quiere que la noticia del deceso —de Raúl— lo tome desprevenido. Aunque muchos intuyen que el impacto de una muerte como esa representaría muy poco sobre el destino inmediato y en la política actual del país.
Dos jóvenes sugieren comprar las bebidas alcohólicas desde ya, pues en lo que dure el duelo nacional, ocurra cuando ocurra lo inevitable, estará prohibida su venta. Un tercer joven previene sobre un toque de queda llegado el caso. Casi a coro, los que íbamos a bordo del almendrón, le respondimos que ya había un toque de queda impuesto por los apagones. De pronto, la muerte de alguien importante se vuelve un relajo.
El chofer lanza una pregunta en curva: "¿se llevará el vasito de leche a la tumba?".
Todos en el almendrón estallan en carcajadas, con lágrimas incluidas. El sonido de las notificaciones de mensaje nos regresa a la normalidad. Tengo la total certeza de que, cuando se produzca esa importante muerte, la nota oficial será dada por SMS.
Jueves 3 de septiembre de 2026
La discusión entre los dos revendedores, que luego devino en bronca, versaba sobre los respectivos precios de sus mercancías: la libra de pan de corteza dura y el paquete de salchichas.
Ninguno llevaba la razón, me actualiza el señor que vende churros rellenos. Y recalca que no hay razón alguna para que una libra de pan de corteza dura cueste 400 pesos. Tampoco para que un paquete de salchichas cueste 1.400 pesos… ni un churro relleno 200 pesos, le corrijo cuatro segundos antes del intercambio de trompadas entre el revendedor de pan y el revendedor de paquetes de salchichas.
El señor que vende churros rellenos me regala una mirada nerviosa. Lo tranquilizo casi en un susurro: "no se preocupe, en todo caso la culpa es del régimen que nos tiene así, comiéndonos vivos unos a otros". Su suspiro lo siento a mis espaldas pues, junto a otros dos, apartamos a los revendedores haciéndoles entender que ya era suficiente circo y que queríamos, lo más pronto posible, comprar pan y salchichas para continuar con nuestras respectivas sobrevidas.
En Cuba no se vive: se sobrevive. Y, a veces, ni eso, para estar comiendo tanta mierda.
La severidad de mis palabras, más el paso lento de un coche patrulla, logran dispersar lo que quedaba de circo. El señor que vende churros me extiende uno en son de paz. Lo miro con cara de pocos amigos y lo dejo con su brazo extendido y el eco de su voz tras de mí: "va por la casa".
Viernes 4 de septiembre de 2026
Apagón total.
Ese sentimiento de estar ” fuera de la ley “ en todo momento que padece el cubano, es consecuencia de una ingeniería social hábilmente tejida por años. El eje de coordenadas en Cuba, el x y, es la corrupción y el miedo: te obligo a “corromperte “ ( por medio de malas leyes que la gente no puede cumplir) y esto lleva a vivir con miedo. Así se controla mejor la sociedad.