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Estoy en La Habana

Me despierta a deshora para regalarme tres laticas de sardinas

'Los revendedores son una especie creada por las iniquidades de la revolución': el periodista Jorge Enrique Rodríguez escribe su bitácora desde La Habana.

La Habana
Cuaderno de notas.
Cuaderno de notas. Diario de Cuba

Katerine no existe. Es un invento de Odalys, cuando pegar un tarro lo requiere. Lo gritó su vecina, por la sencilla razón de instalar un ladrón de agua y dejar sin acceso al recurso natural a media vecindad.

Una federada no comete semejante acto, ironizó en un susurro el esposo de la vecina quien, por más señas, es uno de los revendedores del barrio —la competencia del güajiro Dubái— que manosean los precios como si del abalorio de un devoto se tratara. En definitiva, me corrige D., los revendedores son una especie creada por las propias iniquidades de la revolución.

Por primera vez D. emplea el término Revolución y no Gobierno. Un paso de avance, pienso, mientras intento enterarme qué vende Gretel, la muchacha más divertida en kilómetros a la redonda. Gretel no vende nada, sino que regala a niños y a cualquier grupo etario, unas chambelonas de sabores frutales, marca Luminox Alien, cuyas paletas son fluorescentes. Las regalaba a cambio de que le guarden las paletas, que luego ella pasa a reciclar.

Así ilumino pequeños espacios de la casa, y ahorro las lámparas recargables. Me dice.

Si esto clasifica como acción performática afirmativa, o como resistencia creativa, lo dejo para expertos. Me concentro en la atronadora mención de la madre del canoso que dirige el país. Es Cari otra vez: porque dónde cojones se ha visto que un tanque de agua potable de 55 galones cueste 2.000 pesos.

Lo que cuesta es el agua Cari, responde alguien. Y Cari le menta la madre también al anónimo rectificador.

Martes 18 de agosto de 2026

El hambre nos mata, pero la patria os contempla orgullosa. Es la conclusión que, tras una voz machacona que delata además su acento foráneo, un hombre insiste para convencer a media docena de cubanos que intentan leer los trámites consulares de una embajada X en su mural.

No estaba presente cuando se inició el rifirrafe y, por ende, no estaba enterado sobre cuáles motivaciones se intercambiaron y empujaron al forastero a cometer un acto que suelo ameritar como suicida.

El extranjero no era objetivo por ninguno de los cuatro puntos cardinales en existencia. Creo que ni siquiera lo intentaba. La mirada de los nacionales allí congregados delataba que ellos no habían cruzado el tapón del Darién —todavía— pero que sí estarían en disposición en caso de tener que huir tras el linchamiento.

Mi objetivo era no ser testigo de este tipo de delitos; aunque en otras circunstancias bien podría ser autor único y absoluto. El yuma era un tremendo impertinente; el vendedor de dulces ofertaba sus eclear a precio final del mundo; dos policías trataban con marcada hostilidad a un chico y su patinete, y del mural informativo no sacaba nada en claro.

Justo en el límite prorrogado de mi paciencia, me escribe D. un sms. El asunto es sobre un sismo —D. escribe terremoto— que se experimentó en las cercanías de calle Galeano.

Miércoles 19 de agosto de 2026

En la isla ya no quedan días. Apenas se logra distinguir uno de otro. Ya no hay días favoritos, ni atravesados, ni aburridos. Es lo mismo contra lo mismo.

Se dice, entre la gente jaranera, que fue una solución del ministerio de Energía y Minas, por mandatorio del Partido Comunista, para reducir el consumo de crudo y minimizar los cacerolazos y apagones. Y sí, pudiera hasta creer que fuera cierto. Entre jarana y jarana, los comunistas de esta área geográfica han dado muestras fehacientes de hacer y decir cosas como esta, de reducir el número de días por semana.

D. me advierte que el bonche, la jarana y los rumores no son herramientas eficaces contra regímenes dictatoriales. Intento explicarle sobre las indagaciones al choteo de Mañach, pero me lanza esa mirada internacional de "dormirás en el sofá".

Las colas para adquirir los uniformes escolares comenzaron. Son eventos donde los periodistas independientes sacan bastante lasca y reportajes. Como cada año, invariablemente, las tallas de los uniformes escolares no llegan a satisfacer siquiera el 50% de la demanda. El porciento restante, sea cual sea el número, tiene que conformarse con llevarse a casa una talla de uniforme hasta tres veces más grande.

"Me sirve para hacerme un paracaídas", bonchea una madre al salir de la tienda.

Siento la mirada de D. sobre mi espalda.

Jueves 20 de agosto de 2026

Las personas no andan en sus cabales. Cada día es una pelea por sobrevivir y a cada lado que miras el mensaje es desolador. Cada mañana te levantas, y cuando al mediodía estás despierto realmente, te golpea la sensación de que poco importa lo hecho: tienes que volver a empezar cero.

Ante mis ojos, y de un fregadero que te reta a buscar un mínimo espacio donde depositar lo usado y sucio, la cafetera hace un sonido que augura desastre. Pienso, como primera opción, que la calidad del café ha tupido la cafetera. Luego descubro que me faltó ponerle el agua. Pospongo poner en orden la cocina y el fregadero. También comprobar si la cafetera se ha salvado. No estoy para malas noticias mañaneras.

Me percato que no he podido comprar ni la mitad de lo que necesito y apunto con letra impecable en un trozo de papel. Entre lo que apunto, por supuesto, está el aceite. En cada lista, cada mes, siempre falta algo. No conozco a un solo cubano que haya alcanzado el parnaso de completar toda la compra.

A partir de ahora mandaré al carajo las listas. Iré a por libre a ver si tengo mejor suerte.

Viernes 21 de agosto de 2026

La casera toca mi puerta muy temprano. Me asusto porque es un horario inusual para cometer semejante acto. Todos mis cercanos saben que despertarme antes de las diez de la mañana es una declaración de guerra. Sé que no es por el pago, pues siempre, y como regla inquebrantable, tengo adelantado par de meses. Mi casera tiene a su anciana madre con todos los achaques de la edad, y de Cuba. Además, tiene a su esposo encamado desde hace par de años.

Me despierta a deshora para regalarme tres laticas de sardinas, una lata de leche evaporada y otra de leche condensada. Me niego de plano a aceptar semejante y tan enorme dádiva. Me dice que no se mueve de allí hasta que yo acepte. Pocas personas, infinitamente poquísimas, me ha visto o escuchado llorar. Me derrumbo en un llanto al que ella se une. En ambos llantos se evidencia el dolor, la impotencia, la rabia, y también la irreductible convicción de negarnos a normalizar el proceso de morir de hambre, que es el objetivo del régimen.

Han pasado horas y todavía sigo observando las cinco latas. Al final del día decido guardarlas y mentirle. Dentro de par de semanas, cuando sé que su despensa estará en cero, se las regalaré de vuelta. Lo único malo es que sé que volveremos a llorar, con los mismos sentimientos a flor de piel. 

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2 comentarios

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Profile picture for user Pedro Benitez

Picadillo de cubano en cámara lenta.

Excelente crónica. Personas asistiendo a su propio funeral todos los días. Un país entero muriendo.